sábado, 27 de julio de 2019

LA PLUMA QUE DANZA ALREDEDOR DE LAS LETRAS





LA PLUMA QUE DANZA ALREDEDOR DE LAS LETRAS
 

​Dicen que la vida es una combinación de poesía y prosa. Existen manuscritos antiguos, redactados por maestros cuyo legado ha sido ignorado durante décadas. Obras inéditas, inmersas en el olvido, que aguardan la oportunidad de expandir su sabiduría. Es un misterio que ha fascinado a los eruditos durante siglos. Tomemos como ejemplo la Biblia: un libro traducido a infinitas lenguas, sin fronteras, cuya autoría original permanece en la sombra. Hoy, sus réplicas pretenden transmitir incluso a los hombres más austeros —o a los agnósticos— la capacidad de contemplar una teoría teológica sobre el origen del mundo.

​El arte de escribir es una historia atemporal que condiciona el futuro. A menudo, ese rastro queda impreso en los corazones por circunstancias imprevisibles, sin necesidad de que el autor sea un experto académico. Escribir va más allá del aprendizaje ortodoxo o la convención didáctica; no busca nutrir al lector con tecnicismos, sino cautivar y conmover el alma.

​Las letras, al igual que la música, dejan constancia de temáticas complejas. Es necesario dejarse llevar por la esencia que el escritor transmite; una esencia que embriaga los sentidos y energiza la mente, ideal para ser debatida en un diálogo moderado. Leer con asiduidad nos permite evolucionar en una sociedad a menudo competitiva. La lectura es esa melodía plácida que nos acompaña a través de una trayectoria llena de enigmas.

​Hay quienes definen el escribir como el espejo de un aura intangible. Nuestro bagaje vital puede fusionarse en un relato donde el drama y el hedonismo se solapan, enmarcando momentos de placer junto a los fracasos que causan indignación. No todo lo que escribimos tiene un carácter realista: a veces, sostenemos el bolígrafo para dejar volar la imaginación, haciendo emerger el ingenio para crear personajes heroicos o derrotados por sus propias debilidades. La habilidad de transgredir los cánones dogmáticos permite al lector sumergirse en escenarios atípicos.

​El público infantil posee un criterio agudo. Su inocencia, ajena a la ideología adulta, le permite disfrutar de historias con una capacidad innata para discriminar lo mediocre y resaltar lo que aviva su asombro. Obras como Platero y yo, El manuscrito del segundo origen o El principito transportan a los lectores hacia espacios llenos de alegorías. Los niños son la generación idónea para fantasear sin límites.

​La lectura nos hace darnos cuenta de que no estamos solos; estamos interconectados por un preludio que no se interrumpe. Los libros proyectan la rueda del tiempo en párrafos donde el surrealismo intencionado transforma la realidad objetiva. Las aves, por ejemplo, al recorrer el espacio en busca de refugio, son una invitación a soñar despiertos. De igual modo, los libros buscan que el lector eleve la mirada y descubra territorios inexplorados. Cada obra es un terreno que se transita con atención, rompiendo con los finales predecibles para alcanzar una odisea onírica en estado consciente.

​Los diarios íntimos, aunque menos reputados, poseen una valía incalculable. Quienes los escriben buscan liberarse de las cargas emocionales, declarando a título individual secretos y preocupaciones profundas. En las zonas rurales, por ejemplo, existe una mayor conexión con el entorno. Quienes allí habitan suelen sostener un cuaderno para capturar sus memorias en palabras tan transparentes como el agua. Quizás no posean un dominio superlativo de la norma culta, pero no lo necesitan: con sus propios giros, logran expresar con exactitud lo que les suscita una puesta de sol o la llovizna.

​En estas casas, dentro de viejos baúles, se guardan cartas y anotaciones que reflexionan sobre la tierra. Para estos autores alejados de la vida tumultuosa, existe una gran diferencia entre hablar y escribir: mientras el habla cotidiana es limitada, la pluma les permite una riqueza descriptiva impactante y singular. Quien descubre estas obras clandestinas comprende cómo el alma sencilla sabe dirigirse a sí misma.

​El verdadero escritor es aquel que se ha desnudado de estereotipos y ha perdido el miedo a transmitir lo que siente. Podemos concluir que esta entidad es bohemia y soñadora, una figura que, sin presunción, busca reafirmar cada palabra elegida con cuidado. Entonces, la poesía y la prosa bailan al ritmo de una sincronía que parece quimérica, pero que está profundamente vinculada a un plano donde cualquier utopía es posible ante los ojos del creador.

CAPRICHOS DEL DESTINO

CAPRICHOS DEL DESTINO Una eterna encerrona acompaña mi velada, con zapatos sin tacón y sábanas de lona. La verja del jardín se jacta; pasos ...