lunes, 11 de mayo de 2020

ANILLOS SEPARADOS




ANILLOS SEPARADOS

Entre la penumbra de unas tierras rupestres, Alicia se propone realizar un descanso después de labrar en varios huertos de su pueblo natal. Las labores del campo son un sagrado compromiso que no deben considerarse a la ligera, pues deben consolidarse sin demora para dar fortalecimiento a una calidad de frutos comestibles. Tanto ajetreo la dejan sesgada de fuerzas. Con solo nueve años, se siente amordazada por los arduos trabajos de una familia campesina humilde, que vive en una aldea alejada del área metropolitana. Ahora el descanso es reparador y agradecido. Tan deseado que, a pesar de notarse baldada, se reconforta con una noche despejada, con estrellas que alumbran un camino terroso y ocupado por forasteros, que más allá de conocer la estirpe, comparecen ante el poblado con dos carretillas y un carro de mula. Dos parejas ya curtidas y un muchachillo que no sobrepasa los doce años trotan sin prisas, sin un inmutar apreciable ante los ojos de la niña. Ella casi no ve los rostros. Las nueve y media de la noche provoca que las faces no dejen visualizar el resplandor de las facciones, con detalle y precisión. La noche fría, enmudecida bajo el tiritar de las ramas y un viento que ha acallado su constante silbar, acompaña la bienvenida de unas gentes que intentan acercarse sin ninguna intención de asaltar un poblado en el que prevalece la quietud, la serenidad y el bienestar convivencial entre los residentes. Alicia fija sus ojos en una silueta de corta estatura, un mozo cuyo atuendo parece manchado de barro y gastado de tanto trabajo de obra. Ella lo mira sin apartar la mirada. Casi ensombrecido, detecta una corrección y una pulcritud en sus andares que no puede obviar, pero tampoco ignorar. La niña está expectante. El niño precede la familia, como si fuera el pequeño patriarca, futuro heredero de unos terrenos y un capital que los parientes ya han dejado como llegado en el testamento. Ella está conjeturando. Su cerebro, a muchos voltios de energía, sigue explotando todas las posibilidades. Solo segundos van transcurriendo mientras especula frente a una presencia que desconoce. Su corazón no obstante empieza a vociferar. Los gritos los siente a través de unos pálpitos agitados, bombardeados de sangre renovada, que irrigan todo el cuerpo menudo sin pudor. El muchacho ya se acerca. Los dos se miran, sonríen, se saludan con un hola tartamudeado, casi ahogado por la impresión del recibimiento primario. Alicia no puede corresponderle, saciando la curiosidad que le proporciona la saga de una familia que aparece de incógnito, en el regazo de una aldea de la Lérida septentrional. Sigue escrutando su mirada hasta que la familia obliga al chiquillo a continuar andando hacia su nuevo hogar. El muchacho gira su cabeza tímidamente, alza el brazo en señal de reverenciar el encuentro entre él y Alicia. Aquel día es el primer día que empieza una bonita amistad. Una amistad de fraternidad y conmiseración común. Un espacio en el que los dos, se rodean sin tocarse, se miran sin juzgarse, hablan sin cuestionarse preguntas, asienten sin replantearse como serán sus vidas dentro de veinte años. Solo a gusto, el uno con el otro, caldeando el ambiente de un tibio confort y una agradable sensación de mutuo agradecimiento.

Más treinta, cuarenta, cincuenta años pasan y sus vidas se bifurcan hacia nuevos lugares. Alicia reanuda un trayecto en solitario en el que ese muchacho que dilató sus pupilas y engendró en su alma arcoíris de colores resplandecientes, en los que la alegría de vivir al lado de un cónyuge adorable adoptaba tonalidades de calidez y templanza, ahora ya son deseos resquebrajados. Unos deseos que quedaron en la memoria imaginaria, como las burbujas de jabón en las que los niños circunvalan vidas de circo y los payasos son los ídolos de un hazmerreír sano y benigno. Ese niño crecido, maduro, que ya debe rondar sus setenta,  no podrá jamás endulzar esa Alicia que creía que el tiempo había dejado de vibrar y la rueda del reloj de repiquetear los minutos. El cíclico paso de una época bendecida de plenitud y gloria ahora yace bajo los pies de una mujer amargada.  Una ama de casa a expensas de un marido ultrajador, oportunista, malevolente, agresivo, un espectro execrable que no reluce aquella mirada sincera, que reponía a Alicia de cualquier síntoma de cansancio o física molestia. En ese arco de vida nada lustrado de prosperidad, Alicia se arrepiente de haber cambiado su giro y no comunicar a ese muchacho, de mirada juvenil, nada tirana, solamente franca y sobria, que lo quería, que sentía que debía estrecharlo entre sus brazos y confiar que la fuerza del destino la protegería frente a cualquier altercado e imprevisto aterrador, que sería su brújula en la que Alicia podría contar el recorrido de su vida en una aguas llanas, soberanas, bautizadas por una tempestad ya amainada y fuertemente inocua. El silencio y los azotes de una convivencia aterradora desmoronan a la mujer que cuenta sus días como cargas de un presente entorpecido de estímulos plácidos y sensaciones que ya jamás tendrán aquel sabor edulcorado, que experimentó en una infancia nada acorazada de autonomía y libertad.

UNA BODA IRREAL



UNA BODA IRREAL

Bea es la pequeña de cuatro hermanas. Todas, como en el cuento de Cenicienta, envidiosas, ufanas, celosas, resentidas, coléricas, más Bea es el centro de atención de los padres. Fruto de un engendro accidental, Bea es la más desfavorecida. No tiene el soporte de sus progenitores para lanzarse a proyectos, metas a corto plazo en las que sus deseos se vean complacidos. El padre, autoritario, patriarcal, conservacionista, de la bella escuela, operario electricista de profesión no concede a Bea la libertad de elegir quién será su futuro prometido que cobijará su indefensión frente a un mundo de mordaces peligros. Ella con dieciséis años, querría graduarse en magisterio. Le gustan los niños, el trato con el público infantil la desembaraza de los problemas familiares que en casa tiene que soportar. El padre, severo y taxativo, se opone a pagarle estudios universitarios. Dice que ya sabe suficiente, que tener la escolaridad es un regalo preciado que debe galardonarse con la obediencia y la sumisión hacia la figura paternal. Bea sueña con independizarse. En el último curso de escuela un chico intenta convencerla de que se busque un trabajo, que su familia tiene recursos económicos para poder cubrirla frente a esa carencia. Un mozo gentil, generoso y rebosado de altruismo, al menos eso parece. Bea se siente afortunada y desgraciada al mismo tiempo. Vicente se llama. Es pelirrojo, con un mentón sobresalido, un pelo alisado que cae sobre su frente con un escaso flequillo muy bien igualado y unas mejillas imponentes, siempre sonrosadas y llenas de viveza. La expresión del rostro, risueña, transparente, con una mueca medio escondida de la que emana misterio, intriga, un enigma en su personalidad que Bea no puede desclavar. Más las palabras de Vicente la alientan, la apaciguan y comprende que no está sola a pesar de convivir con una familia hostil. Él insiste en que acepte el trato, pero ella se niega por temor a las regañadas de un padre impostor y doctrinador. No desea que el curso termine. La pareja de amigos se lleva bien y Bea cree que, si dejan de verse en la escuela, la amistad menguara su fortaleza y la distancia interpondrá un muro rebozado de cemento armado, que blindará la oportunidad de continuar platicando y comentando las novedades del día a día.

Vicente quiere conocer al padre para pedirle la mano de su hija. Bea no lo sabe, pero él ha apostado por una relación sólida y perpetuada frente a un tiempo caprichoso y efímero. Está convencido de que Bea encaja con el perfil de esposa que ha tenido retenido en sus pensamientos fugaces y producto de una pubertad prematura. Son otros tiempos, claro está. En los años setenta, en el corazón barcelonés de una ciudad masacrada por una doctrina política inquisidora, los muchachos eran los que llevaban la iniciativa a la hora de proclamarse dispuestos a pedir la mano de las prometidas que elegían para emparejarse. Vicente no podía quedarse atrás. Era muy joven, poco fermentado, es cierto, pero no podía concebir su vida sin Bea. Ahora lo sabía. El ofrecimiento bienintencionado hacia Bea por pagarle la formación educativa superior y el insistir constante de no romper la relación de dos colegiales bien avenidos tenía un motivo. Había un fundamento consolidado detrás que debía ser concebido sin demora. Bea se resistiría a su propuesta. Su padre no querría un hombre cuya familia fueran mediocres. Querría gente de apariencia opulenta, con agallas, renombre y etiqueta nobiliaria a poder elegir. Bea no sabía como reconducir la conversación, para disuadir a Vicente de querer cortejarla a costa de informar al padre de su alianza prematrimonial. Ya no había marcha atrás. El pacto estaba zanjado. Una tarde, cuyas hojas caducas poblaban el paseo de Gracia por un paisaje otoñal mustio, gris, aunque al mismo tiempo diáfano y acogedor, la joven pareja, sentados en un banco empedrado, viendo desfilar la marcha de los peatones y escuchando el rugir de los motores de un tráfico siempre atolondrado, Vicente le dijo que ya era hora de dejar atrás los temores y armarse de valor para declararse el futuro marido de Bea. Ella, por su parte, le comentó que hablaría primero con su padre. Más que nada para abonar el terreno y no dejar salpicar la noticia de una manera inesperada. Al día siguiente, ella ventiló la noticia. Con timidez, pero determinación le comentó que había conocido a un chico muy formal en la escuela y que parecía proceder de una familia honrada y digna de pertenecer al clan. Ni hablar, fue la respuesta del padre. Él ya tenía preparado al marido que quería. Como un celestino vil y despiadado en dicho caso le presentaría a un abogado laboralista, que conocía desde hace años porque le había llevado la gestión de la declaración de la renta. Un niño de papá, consentido, mimado, atontado, remilgado, lleno de manías persecutorias, un don nadie, pero con reputación. Eso era lo importante.

Al cabo de cuatro años, a los veinte, Bea ya pisaría el altar con un rostro desencajado, caracterizado por un estupor y una sedación emocional horripilantes. El párroco los bendeciría, con las preguntas protocolarias de aceptación entre ambos consortes, y ella, como una figura sonámbula, que deambulaba sin rumbo ni dirección respondería un sí que casi haría desafinar sus cuerdas vocales. Un sí que la conduciría a vivir una vida de matrimonio con una rutina asqueada, marcada por la indiferencia de tener un marido con dinero, pero de alma marchitada y llena de surcos  por los que un manantial de sinsabores de un día a día indignante, insoportable, reducido a la superficialidad de un amor dotado de un avinagrado jugo, serían los ingredientes que repoblarían la desnudez del alma de Bea: un alma sin pretensiones, ni aspiraciones, ni un motivo para continuar viviendo sin la sosería de una mundanidad espeluznante.

viernes, 8 de mayo de 2020

SU MEDIA NARANJA




SU MEDIA NARANJA

Dos ancianos pasean alrededor de la verja del jardín de la casa de campo. Como dos tortolitos, se dan la mano, con discretos apretones, para mostrar unos gramos de cariño nada amortizado a pesar del paso de una época lejana, desde que el matrimonio se hizo lícito.

A lo lejos, las palomas como si quisieran anunciar un presagio, actúan como mensajeras con el vuelo alzado encima de las cabezas de una pareja enamorada que celebra sus bodas de oro. Siempre estuvieron unidos. En su juventud, muchas ocasiones para contraer matrimonio Don Jacinto tuvo, pero no sentía la repentina atracción para emparejarse ni consagrar un amor hacia el prójimo hasta el extremo de pisar un santuario. Él siempre, no obstante, estaba rodeado de mozuelas que lo vitoreaban, lo enjabonaban con pomposos comentarios que no dejaban indiferente al hombre, más no se prestaba a tontear con aquellas candidatas, que castas y poco acostumbradas a flirtear con solteros, se preciaban a piropearle sin cesión.

. Jacinto era un hombre apuesto, galante. En su flor de juventud, parecía una estrella cinematográfica filmada en una escena de rodaje, caracterizado con gracia y carisma en la indumentaria. El pelo, abrillantado con un toque al estilo Elvis Presley, con un tupé algo prominente realzaba un físico que no mostraba ignorancia al presentarse en sociedad.  En ese trayecto, cogido de la mano de su esposa Diana, para él una princesa con dinastía aristocrática por unos andares elegantes y unas palabras siempre corteses y llenas de gratitud, no piensa en el día de la ruptura definitiva por un fallecimiento impertinente, incauto, que fracture la estabilidad de una pareja ejemplarmente casada desde los años cuarenta. Con 88 y 86 en la actualidad, mientras contemplan el paisaje ajardinado en un valle de pequeñas laderas enverdecidas de hierba virgen y plantas enardecidas de una belleza rebosante de salud, se sienten inseparables, unidos hasta el límite fronterizo de sus días vitales. Diana a veces piensa en la muerte, pero no le comenta nada a Jacinto. No quiere desaprovechar ni mucho menos despojarse de una relación que parece gratamente extraída de un manual teórico, que pretende instruir a amateurs como poder mantener una relación sentimental sin intoxicarla de actitudes discordantes y palabras de hiel, acechadas por la amargura de una convivencia entumecida de sabrosos placeres.

Una cortina de humo, no obstante, podría interponerse en ese cuidado mutuo que se profesan. Un paro cardíaco, quizás una embolia cerebral o una infección pulmonar conduciría a Jacinto al acabose de una aventura mosaica, llena de piezas de encaje que no deberían descomponerse por un pequeño caprichito, tal y como él denomina el hábito a practicar pequeñas caladitas que inhala en cada puro que consume. Ahora menos que cuando era un muchacho, pero todavía siente la tentación de dejar que el tabaco le empañe la mirada con unas aureolas de niebla, que él no está dispuesto a renunciar. Un antojo, nada grave, dice él para sus adentros.

Diana, comprensiva, entregada a su marido en cuerpo y alma lo apoya en la decisión de continuar con un vicio que puede desgarrar, en cualquier momento, la ruta que la pareja ha emprendido en su caminar parsimonioso. Un vicio común en la sociedad del momento, pero con el matiz de alejar a personas que se sienten allegadas por un lazo atado a un embalaje que encubre amor y fraternidad, puede ser un riesgo de interrupción entre Jacinto y Diana; unos consortes que se respetan fidedignos, que no se reprochan las manías y las contrariedades mundanas que los definen. Puede que el tabaco cometa ruptura y arrastre hacia la deriva al pobre anciano que embebe el jugo de una vida para él recién estrenada, pero la esencia de ese afecto incondicional hacia Diana equivale a todos las caladas que Jacinto ha inhalado; un amor enjuagado con susurros acariciantes, empalagosos, adictivos al oído, que la mujer agradece que nunca se acerquen a una obligada abstinencia.

La noche llega tardía, los grillos entonan cánticos chirriantes, los árboles se inmovilizan ante un viento que aminora, las estrellas relucen ante un cielo desmarañado y la pareja, sigue su estancia en ese jardín, en el cual encontraron el amor lindamente vicioso y soplado por una humareda de palabras azucaradas de romanticismo y arriada sensatez.






sábado, 2 de mayo de 2020

LLAMADAS PERDIDAS




LLAMADAS PERDIDAS

Él no está; en realidad nunca estuvo. Solo una imagen agujereada en un cerebro mortificado por la angustia y el pesar reincide y se recrea en un espacio, en el que la esperanza ya no tiene lugar. Alba sigue telefoneando; teclea números casi al azar, aunque ya sabe la combinación de dígitos que la conducirían a encontrarse con el destinatario. Para ella, ese hombre nunca fue un pretendiente, tampoco un amante, ni tan solo un romance en el que el noviazgo tuviera incluida una vigencia asegurada. La vida de la chica ha dejado de recobrar sentido. Ese hombre, que parece un bulto fantasmal, una figura derretida, un ente que no se ofrece a rescatarla, permanece desentendido. Ella siente que el mundo se ha desparramado ante sus pies. No puede pensar en vivir sin ese aliento masculino que la arrope, que la cobije, que le tienda una mano solidaria que la permita recuperar la libertad robada; una libertad en la que los hombres la interrumpían con malos tratos, acometidas en las que el chantaje emocional, los sobornos verbales y los acosos conductuales eran una réplica insufrible. En este momento Alba solo piensa en abandonar el mundo, emigrar hacia tierras fértiles, abonadas de concordia y hermandad, donde puedan emerger luciérnagas de prosperidad y riqueza espirituales. Sigue llamando, el teléfono arde, foguea, chispea frente a un teclado que es amortizado por unas manos torpes, extraviadas, confusas, abatidas, casi rendidas, pero no del todo. Alba piensa en una causa justificada; debe haber un motivo de peso que haya provocado al teléfono silenciar su clave de sinfonía. Aquel hombre, quizás un amigo ante una adolescencia desaprovechada era una compañía que Alba apreciaba por dos principales razones: aquel individuo, un ser extraño que apareció en un reducto valle, era el símbolo viviente de la paternidad no poseída, nada alimentada. También era el bastón en el que ella se apoyaba para dejar caer su disfraz frente a un mundo atroz; Un disfraz que permanecía inalterable, comprendido por una falsa sonrisa, una expresión facial complaciente y rebosada de hilaridad. Hoy, sin embargo, ya no sonríe. Los ojos empañados de lagrimones van circunvalando las mejillas de la muchacha, enrojecidas e hinchadas ante vaticinios que ella predice con un desenlace trágico.

Un apoyo materno no obstante está ahí. Alba apenas la ve. La madre que la protege, la consuela, le remite mensajes augurados de nuevos ventanales de esperanza siente que debe argumentar la ausencia de ese hombre, compañero fraternal de Alba, con una razón que alude una desgracia que atenta su salud. Alba alza los ojos. De repente, su mirada parece reactivarse. La boca, torcida, temblorosa, unos labios desviados, medio sellados por unas palabras que no llega a pronunciar con claridad dice:

 –¿Está vivo?

Tímidamente agacha la cabeza. Encoge los hombros y medita hacia sus adentros. La voz del instinto materno parece que ha reanimado la muchacha. La madre, como una muleta de apoyo, es el amarre que consigue que Alba crea  en la posibilidad de una indisposición, un contratiempo fatalista. Cualquier cosa menos pensar en una jugarreta traicionera, una conducta arrastrada por una sed de venganza. Alba sigue con su vida, a trompicones, con aquella imagen difusa de un hombre malherido, enfermo, aquejado por una salud no recuperada en mucho tiempo posterior. En su mente siguen apareciendo bocadillos de comics que contienen la frase” ¿habrá muerto”? No es posible, su madre se lo comunicaría. Es la principal fuente del saber. Alba solo debe confiar en el futuro que seguro mejor cosecha le deparará, ¿Quién sabe? Un milagro, una fortuna, un hechizo mágico puede hacer que ese hombre deformado, atormentado por alguna afección recupere un sitio en el mundo de los mortales y contacte con Alba. Ahora solo queda esperar lo aparentemente inesperado:  Una simple llamada del destino.







LA ROCA



LA ROCA

Embebida y extasiada por una frondosa vegetación, sentada sobre una roca maciza veo la naturaleza reír. Los hierbajos, arbustillos y pequeños matorrales que pueblan un bosquejo en una periferia de Torre Baró, parecen acogerme con un entusiasmo contagioso. Este día, me siento especialmente triste, como en un trance entre el dormitar y el despertar, más allá de los sentidos, de la razón, de la consciencia en estado puro. No sé con quién compartir un rato de plática. Mi voz, ronca, carrasposa, ha dejado de emitir un disimulado cuchicheo ante cualquier persona caminante. Allí, encima de un trono repleto de granito y piedra caliza, parezco la heroína de la velada. Muy lejos de la verdad, en cambio, estoy derrotada. El porvenir, carbonizado por una negrura que no se presta a concluir en el espacio y el presente, manchado de lagunas en las que una tempestad deprimente me arrastra al borde de un abismo volteado y acompañado de un sombreado apático, ya no me importa. Para mí cualquier acontecimiento es irrisorio, fútil, insignificante. La cabeza me cuelga de un hilo, la siento latir dentro de un corazón reseco y a la vez regio, con latidos que intercalan espasmos de dolor.

Un escenario atractivo, sincero, complaciente frente a unos ojos penumbrosos y ausentes acompaña una velada rutinaria y forjada de aburrimiento. Las ramas de los árboles proceden a una mecida apaciguada que, aparentemente relaja mis tímpanos con el soplido discreto de un viento cordial. Una multitud de felinos se apilonan formando una hilera dispersada a lo largo de la llanura en la que la roca luce el encanto de ser la anfitriona. Un testimonio inerte que puede declarar la presencia de unos animales famélicos, que necesitan el sustento de alimentos primarios para saciar los estómagos ahuecados y contraídos por una resignación obligatoria. La roca, enmudecida y paciente, soporta mis caderas mientras se recuestan en la superficie aplanada de ésta. Una roca con agallas, pero sin decir nada puede testificar mi afán por complacer a unos compañeros de barrio, felinos abandonados a su suerte, que comparten instantes de una alegría empalidecida pero la vez fervorosa. Sus bocas son orificios afanosos que devoran pizcas de gránulos y carne vacuna, ovina y de marisco, y yo allí, sentada en una roca erecta y orgullosa de posar en un pequeño valle recostado en una urbe periférica, puedo notar como mis párpados recobran una pequeña chispa de vida. Mi cuerpo, delgaducho, escuálido y a la vez pesado, observa con una atención voluntaria una escena en la que la fauna vuelve a inocularme una dosis de paz interior. 

Todo el paisaje, resoplado por un sol tórrido, que deja despedazar unidades de rayos ante un suelo de hormigón y embaldosado, es una parte de la compañía que agradezco en esos momentos de silencio, aunque desazón. Mi alma desecha, disgregada y un cuerpo magullado de heridas procedentes de un lejano viaje hacia mis raíces, son mis aliados. Dos compañeros de viaje que conseguirían que, a diario, mis piernas tuvieran la voluntad de mudarse hacia un terreno árido, verdoso, forrado de entidades que ayudarían a sanar los más hirientes recuerdos, una vez me acomodara en ese aposento: esa roca, una parte mineral en una parcela de animales salvajes de raza felina sería mi compatriota, una testigo ciega frente a mi realidad tapizada de memorias disecadas y, a la vez, una fiel amiga, en la que podría confiar en gozar de un descanso pasajero y descargar una colección de secretos, guardados en una mente enturbiada y enajenada frente a  la realidad más pacífica.

viernes, 1 de mayo de 2020

EL ZAMBULLIDO DE LAS BALLENAS




EL ZAMBULLIDO DE LAS BALLENAS


Saltos acrobáticos que retumban en nuestros pulmones, se precian a retorcerse en un mundo en el que el desequilibrio, la marcha andante de los mortales se convierte en un mar turbulento. Ya no debo girar mi mirada hacia atrás. No debería fijarme en las migajas de recuerdos que se revuelcan en mi memoria amarillenta y espolvoreada de fragmentos episódicos en un pasado ya desvanecido.

En el ahora indefinido, toca respirar hondo, inspirar un aire refrescante, que repueble el corazón de una alegría no antes percatada, pero, en ese instante de frenesí, muy impulsado a dejar sobresalir su portentosa presión eólica.

En una terraza, tomando un refresco afrutado, lleno de sabores entremezclados de dulzura y acidez, veo mamíferos que se zambullen en el epicentro de una marea inquieta, precipitada, atolondrada, que va y viene con sonidos que mecen los oídos y complacen mi paladar, ya avezado a los aromas de una bebida que tiene una esencia jugosa y exquisita.

Un ciclón de sueños me viene a la memoria; retrocedo y avanzo con mucha facilidad, como si alguien estuviese regulando el biorritmo de mi cuerpo. Un mecer ininterrumpido me invita a dejarme recrear por el cáliz de un pasado, un presente y un futuro que parecen enredados en la misma telaraña entretejida por una evocación de recuerdos que se fusionan, que parece incluso que van a descarrilar. ¿Dios mío! ¡Qué tremenda impresión estoy experimentado con ese viaje ventilado hacia zonas campestres, poblados rudimentarios, zonas urbanizadas, lugares del mundo en los que yo había dejado una huella inquebrantable! Ese precinto dactilar ya no es imaginario, tiene forma, color, textura, un cuerpo geométrico que ha generado respuestas emocionales dispares; unas más agradables, otras más desaliñadas, en cualquier caso, son contestaciones en las que el alma proclama la libertad y el derecho a la bendición más prodigiosa que uno puede reclamar en décimas de segundos. 

En ese apartamento recogido en el cual me dejo acoger sin precedentes, me siento como un animal marino que ha abandonado el caparazón más superficial para sumergirse en las profundidades de un valle paradisíaco de bellezas revestidas. El mar y la tierra tienen ese encanto. Son dos polos que encierran majestuosos palacios sellados a miradas que todavía, opacas a la luz de la verdad, no pueden focalizar sus pupilas para deslumbrarse y deleitarse a la vez frente a tanta hermosura. Sin embargo ¿Qué hago aquí, en soledad? Me sigo preguntado. ¿Cómo he llegado a aterrizar en un paraje que parece ensoñado, solitario, despoblado? No tiene visitantes que, como yo, estén realizando un ejercicio de pura observación objetiva a una distancia prudencial en la que todas las criaturas de una fauna salvaje acuática ya pueden desafiar, con impulsos trepidantes, una fuerza de gravedad que ya no les provoca terror. Esa fuerza rolliza parece contagiosa. Yo sentada, en una tumbona, con el mar balanceándose parsimoniosamente, sin medida ni control, celebro experimentar ese contagio liviano de unas olas que flotan al compás de un baile sinuoso, que no se presta a la escucha ni a obedecer leyes impuestas por el ser humano. Son las leyes de la naturaleza las que imperan esa mirada que fijo hacia la mar salada y azulada. Con tirabuzones ondeantes, con ese oleaje que celebra la buena nueva de tener pasajeros a bordo, como las ballenas, intrépidas y picarescas, me dejo relajar y continuar bebiendo mientras me veo de niña, como empujada por una fuerza motriz casi descontrolada, me presto a salpicar por la venida de un agua que se estrella en la orilla y me invita a zambullirme, a sumergirme en mi interior, dentro de mi misma, sin dicotomías, sin escisión, sin ninguna parte de mi cuerpo desintegrada para darme el placer de bañarme en un agua empalagosa al tacto y llena de bravura y franqueza. Como no darme cuenta antes de que esa niña que nadaba como una sirena de mar, ha protestado, ha reivindicado el deber de coexistir entre las tres generaciones de vida de mi encarnado cuerpo. Nunca me había percibido que esa criatura sentía la necesidad de cobijarse ante la frescura de una inocencia nada reñida y quería dejarse proteger por un clima soleado, cuyos rayos la acogían abrazándola, bronceándola, coloreando toda su envoltura y, sobre todo prometiéndole no dejarla en soledad, sin aterrizar en un hogar lleno de calidez y sabores placenteros.

Pensamientos agrios ya no tienen armadura, un envoltorio de acero en el que había vivido durante antaño. No obstante, esa panorámica marina en la que las ballenas se sonrojan y sonríen hace que los pensamientos, ya lejanos, ya casi desaparecidos y fumigados ante un presente reparador, no tengan el motor fortalecido para embragar hacia nuevos pronósticos fatales y augurios funestos. 

El timón de un barco idílico, proyectado en un mar de dulces ondas circulantes, que se recrean y parecen procrear sin rendirse ante la tempestad más temerosa, ya es un hecho convertido en la realidad más palpable. Mi mente fluye, se desata, viaja hacia un horizonte intocable, pero solamente una parte de mí, inmortal, queda imantada y atraída por ese ritmo apoteósico que me recuesta y me asienta hacia un destino circense. En él, voy a ser una estrella de luz que ilumina el mar infinito hacia un esplendoroso abanico de objetivos futuristas, prometedores, regenerados, que me harán sumergir y ahondar en un estado de templanza y sosiego, agradecido por mi grata salutación a querer ser un mamífero que se repliega y despliega ante un mar de dudas e incertidumbres, ya ignoradas en un tiempo preciado y vanagloriado.



PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...