ANILLOS
SEPARADOS
Entre la penumbra de unas
tierras rupestres, Alicia se propone realizar un descanso después de labrar en
varios huertos de su pueblo natal. Las labores del campo son un sagrado
compromiso que no deben considerarse a la ligera, pues deben consolidarse sin
demora para dar fortalecimiento a una calidad de frutos comestibles. Tanto
ajetreo la dejan sesgada de fuerzas. Con solo nueve años, se siente amordazada por
los arduos trabajos de una familia campesina humilde, que vive en una aldea
alejada del área metropolitana. Ahora el descanso es reparador y agradecido.
Tan deseado que, a pesar de notarse baldada, se reconforta con una noche
despejada, con estrellas que alumbran un camino terroso y ocupado por forasteros,
que más allá de conocer la estirpe, comparecen ante el poblado con dos carretillas
y un carro de mula. Dos parejas ya curtidas y un muchachillo que no sobrepasa
los doce años trotan sin prisas, sin un inmutar apreciable ante los ojos de la
niña. Ella casi no ve los rostros. Las nueve y media de la noche provoca que las
faces no dejen visualizar el resplandor de las facciones, con detalle y
precisión. La noche fría, enmudecida bajo el tiritar de las ramas y un viento
que ha acallado su constante silbar, acompaña la bienvenida de unas gentes que
intentan acercarse sin ninguna intención de asaltar un poblado en el que prevalece
la quietud, la serenidad y el bienestar convivencial entre los residentes.
Alicia fija sus ojos en una silueta de corta estatura, un mozo cuyo atuendo
parece manchado de barro y gastado de tanto trabajo de obra. Ella lo mira sin
apartar la mirada. Casi ensombrecido, detecta una corrección y una pulcritud en
sus andares que no puede obviar, pero tampoco ignorar. La niña está expectante.
El niño precede la familia, como si fuera el pequeño patriarca, futuro heredero
de unos terrenos y un capital que los parientes ya han dejado como llegado en el
testamento. Ella está conjeturando. Su cerebro, a muchos voltios de energía,
sigue explotando todas las posibilidades. Solo segundos van transcurriendo
mientras especula frente a una presencia que desconoce. Su corazón no obstante
empieza a vociferar. Los gritos los siente a través de unos pálpitos agitados,
bombardeados de sangre renovada, que irrigan todo el cuerpo menudo sin pudor. El muchacho ya se acerca. Los dos se miran,
sonríen, se saludan con un hola tartamudeado, casi ahogado por la impresión del
recibimiento primario. Alicia no puede corresponderle, saciando la curiosidad
que le proporciona la saga de una familia que aparece de incógnito, en el
regazo de una aldea de la Lérida septentrional. Sigue escrutando su mirada
hasta que la familia obliga al chiquillo a continuar andando hacia su nuevo
hogar. El muchacho gira su cabeza tímidamente, alza el brazo en señal de
reverenciar el encuentro entre él y Alicia. Aquel día es el primer día que
empieza una bonita amistad. Una amistad de fraternidad y conmiseración común.
Un espacio en el que los dos, se rodean sin tocarse, se miran sin juzgarse,
hablan sin cuestionarse preguntas, asienten sin replantearse como serán sus
vidas dentro de veinte años. Solo a gusto, el uno con el otro, caldeando el ambiente
de un tibio confort y una agradable sensación de mutuo agradecimiento.
Más treinta, cuarenta,
cincuenta años pasan y sus vidas se bifurcan hacia nuevos lugares. Alicia
reanuda un trayecto en solitario en el que ese muchacho que dilató sus pupilas
y engendró en su alma arcoíris de colores resplandecientes, en los que la
alegría de vivir al lado de un cónyuge adorable adoptaba tonalidades de calidez
y templanza, ahora ya son deseos resquebrajados. Unos deseos que quedaron en la
memoria imaginaria, como las burbujas de jabón en las que los niños circunvalan
vidas de circo y los payasos son los ídolos de un hazmerreír sano y benigno. Ese
niño crecido, maduro, que ya debe rondar sus setenta, no podrá jamás endulzar
esa Alicia que creía que el tiempo había dejado de vibrar y la rueda del reloj de
repiquetear los minutos. El cíclico paso de una época bendecida de plenitud y gloria
ahora yace bajo los pies de una mujer amargada. Una ama de casa a expensas de un marido
ultrajador, oportunista, malevolente, agresivo, un espectro execrable que no
reluce aquella mirada sincera, que reponía a Alicia de cualquier síntoma de
cansancio o física molestia. En ese arco de vida nada
lustrado de prosperidad, Alicia se arrepiente de haber cambiado su giro y no
comunicar a ese muchacho, de mirada juvenil, nada tirana, solamente franca y
sobria, que lo quería, que sentía que debía estrecharlo entre sus brazos y
confiar que la fuerza del destino la protegería frente a cualquier altercado e
imprevisto aterrador, que sería su brújula en la que Alicia podría contar el
recorrido de su vida en una aguas llanas, soberanas, bautizadas por una
tempestad ya amainada y fuertemente inocua. El silencio y los azotes de una
convivencia aterradora desmoronan a la mujer que cuenta sus días como cargas de
un presente entorpecido de estímulos plácidos y sensaciones que ya jamás tendrán
aquel sabor edulcorado, que experimentó en una infancia nada acorazada de
autonomía y libertad.