jueves, 2 de abril de 2020

MIS MANOS






MIS MANOS

¿Qué puedo relatar sobre ellas? Instrumentos que me conducen hacia el afanoso trajín de manipular, palpar, contactar con la textura y los distintos materiales en los que las superficies embaladas están compuestas. No diría nada destacable. Simplemente unos dedos delgados, de corta estatura, que igual que tentáculos coordinados van tramando pequeños toquecitos para poder saciar la curiosidad de ver qué se esconde detrás de los regalos de Navidad, las fiestas de cumpleaños, las onomásticas...

Los dedos, a veces como alfileres en el pajar, están perdidos en la búsqueda de querer descubrir lo que se encubre detrás de esos artilugios no visibles a plena luz. Son como teclas de un piano desafinado, presionan con torpeza y alguna vez la melodía suena de forma compasada.

Esas manitas infantiles que siempre llamaban la atención por ser tersas, femeninas y a la vez frágiles, propensas a dañarse con roces accidentales, caídas precipitadas hacia un vacío de hendidura mediana, friegas en lugares en los que el impacto podía dañar la versatilidad de la suave piel que las envolvía, causaban gracia y encanto entre la multitud.

Eran inocentonas y estaban ciegas a los daños expuestos en un medio ambiente arriesgado, más nada las detenía en el afán de querer colorear espacios en los que los márgenes para extender plastilina, cera y colores de madera estaban ansiosos por ser condecorados. También se atrevían a compenetrarse cuando un órgano o clarinete arrinconado en la habitación, reclamaba ser homenajeado con sonidos melodiosos y sincronizados. Ahí, mis manos, dejaban deslizar su ahínco más ahondado para proseguir con un despliegue de notas musicales que no tenían desperdicio.

Los dedos, apenas los sentía. Estaban concentrados en poner en marcha una cadena de sonidos que empalagaban y contentaban oídos ajenos a la exhibición. Parecía que resbalaban, que iban a colapsarse los unos a los otros, incluso que iban a descarrilar en cualquier momento y se iban a perder en el intento de componer estribillos decentes. En realidad, pero nada se sucedía. Una colección de aplausos hacía que mis manos se alzaran del teclado y se empuñaran las dos juntas ante una expresión de júbilo.

Ellas, tan tímidas, no se atrevían a reconocer que habían estado confluidas para poder deleitar otros oídos con ritmos alegres y populares. La piel, poco escamosa, más bien tersa y con algunos surcos en el interior, como ríos que se cruzan para unificarse en una desembocadura común, no se ruborizaba frente a las palmas que recibían sin pretenderlo ni provocarlo. Eran manos tranquilas, dóciles, apacibles, que no se inmutaban, a pesar de un nerviosismo a veces irracional y automatizado.

Ellas siempre me han acompañado en los pequeños logros cotidianos; en el deber de aleccionarme, en el compromiso social de servir y, sin lugar a duda, en las labores artísticas.

A veces me ha parecido no tener manos; tan livianas, tan ligeras y delicadas, pero empeñadas en ser prolíficas y serviciales. Tan poco consistentes, definidas, tan infantilizadas, poco crecidas en tamaño y contorno. Menudas por naturaleza, pero con un aspecto natural, como algodonado por la blancura de una dermis nada curtida a pesar de los años que han dejado sabores amargos en esa piel tan superflua.

Ahora las miro y están rendidas a lo que son. Dos caparazones que se prestan a obedecer mis caprichos, mis antojos, esas apetencias que te vienen a la cabeza sin poder controlar. Son como pequeños impulsos que deben ser atendidos, porque complacen los deseos de unos manos, a veces compungidas, pero deseosas de ser mostradas con tal irradiación estelar, que solamente pueden producir calidez en su amarre y calor en el afán de expeler afecto y comunión.




LA TÓMBOLA DE LUCES







LA TÓMBOLA DE LUCES 

Mujer tenaz, persistente, algo caótica en las emociones, pero firme en cumplir propósitos. Amante del hogar, pero también de las fuentes paradisíacas, de aquellos apoteósicos lugares que se esperan pacientes a que pueda recorrer.

Aborrezco los rencores, el salmón cocido, las contiendas, también el desorden extremista. Me considero fiel a mis amigos; apasionada de la lectura, la pintura, las artes dramáticas y la literatura. En invierno me arropo casi hasta la cabeza, el frío me reactiva las células, la primavera florece mi afán por contemplar los cromatismos de unos pétalos ya extendidos.

No soy religiosa más tengo mucha fe. Creo que todos tenemos un Dios en nuestro interior. Solamente debemos que dejar que salga y podamos convertirnos en una María Teresa de Calcuta misericordiosa y caritativa.

Los animales y la flora cautivan mis sentidos y enternecen el alma de alegría. Son una muestra de la magia de un mundo mediocre, lacrado de guerras, batallas sangrantes, enfrentamientos y desavenencias que solo conllevan un desgaste que derrocha la oportunidad para vivir en hermandad.

Lloro en silencio; a veces ruego a las santidades que el caos mundial recupere la cordura; me gusta hablar en voz alta, aunque a veces me retraigo para conectar con la esencia de mi ser.

Dicen que tengo una intuición sobresalida. No lo sé, nunca lo he percibido. A veces, más bien a menudo acuden a mí para que les propague algún consejo, alguna sugerencia o directriz para enderezar vidas ajenas. La visionaria del siglo veintiuno me han llamado en alguna ocasión, ya que sin preverlo he acertado en las predicciones.
Gran observadora, me gusta la escucha, me relaja el sonido del viento, el mecer de las olas del mar, el silbido de las aves en la madrugada. Me encanta el chocolate. Soy una golosa empedernida, pero no soporto los ególatras ni los metomentodos.

Intento, en el silencio más recogido, pensar que algún día una tómbola de luces se activará en mi interior y podré hacer gala en una feria en la que ya no tendré que recrearme en el dolor agrio y cronificado por tantas noches en vela y días vividos sinsabor.

Y la consciencia alumbrará, como una linterna, el pasadizo que debo recorrer en mis años venideros, como esa chispa de fulgor que hará que la oscuridad más tétrica se rinda ante una defunción tantas veces rogada en un pasado espeluznante y solitario.




LA LLEGADA DE UN ÁNGEL

  LA LLEGADA DE UN ÁNGEL Un libro en mis manos cae rociado del cielo; mi alma enrojece a fuego de terciopelo. Páginas candentes leo; mi mira...