EL PREGONERO
La tibia brisa matinal frota los pies con sigilo
sobre los andares de una niña que quiere visitar el hostal de un pueblo de la
Cerdanya. Allí los coordinadores de fiestas han organizado un torneo de petanca,
un concurso de naipes y una chocolatada que Nerea no quiere perderse. Ella es
golosa, muy fan de los dulces y los manjares artesanales. En la despensa de la
casa rural, cerca de un cercado en el que hay vastas hectáreas de campos segados y
regados para poder proceder al pasto, sabe que aquella mañana un desayuno suculento
va a abrirle las puertas de su estómago, caprichoso ante los antojos de un
cacao siempre bienvenido. El lugar de confluencia, en el que todos los habitantes
del pueblo de Maranges están a punto de debatirse primero ante el campeonato de
cartas de la baraja española, tiene como ornamento decorativo un hule de encaje,
bordado con flores de violeta rosado, que realzan la mesa rectangular en la que
se acomodan todos los componentes de un juego disputante. Nerea se acerca a la
mesa de los ancianos ya expertos en maniobras de juego para quedar posicionados
en un rango clasificado como precedentes por no decir ganadores. Más el
objetivo no es fácil. Todos son muy hábiles. Tienen por sistema memorizar la simbología
de cartas que los oponentes puedan tener en sus manos. La destreza es muy
protuberante en dicha tarea laboriosa. Nerea, por su parte, no sabe donde mirar.
Ella espera que la encargada del hostal, prima hermana de su madre, le sirva la
taza de chocolate caliente derretido, espeso, con una textura cremosa y digna de
ser lentamente saboreada.
Sin preámbulos, al cabo de unos minutos en los que
Nerea empieza a sentirse fastidiosa un hombre sesentón, barbudo, que fuma una
pipa negra de cerámica, con caladas que provocan que la niña al principio tosa,
aparece por la puerta de entrada al acceso del local y la invita a escucharle. Él
no es un residente, tampoco un veraneante, quizás un visitante que casualmente
viene a practicar ruta y recorrer a pie pueblos de la comarca de Gerona. Nerea
no pregunta a pesar de llevar consigo diez años muy madurados. Simplemente escucha
como el hombre enigmático la alecciona para que, una vez sea mayor, pueda hacer
buen uso de unos principios éticos, que le sirvan para incluirse en la
sociedad del bienestar, sin críticas subversivas, prejuicios ni
algún precepto ideológico que la conduzca a la misantropía.
La niña está boquiabierta; parece que haya sido víctima
de la toma de un brebaje con efectos sedativos. No responde, no contesta, pero las
palabras de aquel hombre tienen miga. Parecen palabras fabuladas, muy especificativas
y contundentes, que causan un impacto emocional que la niña percibe como sanador.
Ella quiere retener el tiempo. Pretende que el reloj de arena, que está expuesto
en el estante más próximo que hay en el mobiliario del gran salón de clientes, se
detenga y ese hombre nada chismoso, fisgón ni chafardero, se quede a vivir
en el pueblo para continuar con su discurso intelectual sobre la convivencia plural,
en una sociedad marcada por tabúes y menosprecios hacia el prójimo desconocido.
Sin una despedida formal, al cabo de media hora el forastero,
que ha anunciado un pregón clandestino y confesional ante una niña que todavía
no se encuentra adentrada en las puertas de la adolescencia, se alza del banco
más recostado a la cocina, pero no sin antes darle una especie de piedra caliza:
un granito, como un talismán, él cree que puede servir a la niña para reforzarla
en los rezos vespertinos y adentrarse hacia la senda del buen camino. Un
pregonero singular, un padre adoptivo que en los sueños infantiles aparece
siempre como el príncipe de las mareas mientras ella cruza océanos con una
fuerte bravura, que la obliga a avanzar hacia senderos recomendables por la escasa peligrosidad acechada.