sábado, 20 de junio de 2020

EL PREGONERO




EL PREGONERO

La tibia brisa matinal frota los pies con sigilo sobre los andares de una niña que quiere visitar el hostal de un pueblo de la Cerdanya. Allí los coordinadores de fiestas han organizado un torneo de petanca, un concurso de naipes y una chocolatada que Nerea no quiere perderse. Ella es golosa, muy fan de los dulces y los manjares artesanales. En la despensa de la casa rural, cerca de un cercado en el que hay vastas hectáreas de campos segados y regados para poder proceder al pasto, sabe que aquella mañana un desayuno suculento va a abrirle las puertas de su estómago, caprichoso ante los antojos de un cacao siempre bienvenido. El lugar de confluencia, en el que todos los habitantes del pueblo de Maranges están a punto de debatirse primero ante el campeonato de cartas de la baraja española, tiene como ornamento decorativo un hule de encaje, bordado con flores de violeta rosado, que realzan la mesa rectangular en la que se acomodan todos los componentes de un juego disputante. Nerea se acerca a la mesa de los ancianos ya expertos en maniobras de juego para quedar posicionados en un rango clasificado como precedentes por no decir ganadores. Más el objetivo no es fácil. Todos son muy hábiles. Tienen por sistema memorizar la simbología de cartas que los oponentes puedan tener en sus manos. La destreza es muy protuberante en dicha tarea laboriosa. Nerea, por su parte, no sabe donde mirar. Ella espera que la encargada del hostal, prima hermana de su madre, le sirva la taza de chocolate caliente derretido, espeso, con una textura cremosa y digna de ser lentamente saboreada.

Sin preámbulos, al cabo de unos minutos en los que Nerea empieza a sentirse fastidiosa un hombre sesentón, barbudo, que fuma una pipa negra de cerámica, con caladas que provocan que la niña al principio tosa, aparece por la puerta de entrada al acceso del local y la invita a escucharle. Él no es un residente, tampoco un veraneante, quizás un visitante que casualmente viene a practicar ruta y recorrer a pie pueblos de la comarca de Gerona. Nerea no pregunta a pesar de llevar consigo diez años muy madurados. Simplemente escucha como el hombre enigmático la alecciona para que, una vez sea mayor, pueda hacer buen uso de unos principios éticos, que le sirvan para incluirse en la sociedad del bienestar, sin críticas subversivas, prejuicios ni algún precepto ideológico que la conduzca a la misantropía.

La niña está boquiabierta; parece que haya sido víctima de la toma de un brebaje con efectos sedativos. No responde, no contesta, pero las palabras de aquel hombre tienen miga. Parecen palabras fabuladas, muy especificativas y contundentes, que causan un impacto emocional que la niña percibe como sanador. Ella quiere retener el tiempo. Pretende que el reloj de arena, que está expuesto en el estante más próximo que hay en el mobiliario del gran salón de clientes, se detenga y ese hombre nada chismoso, fisgón ni chafardero, se quede a vivir en el pueblo para continuar con su discurso intelectual sobre la convivencia plural, en una sociedad marcada por tabúes y menosprecios hacia el prójimo desconocido.

Sin una despedida formal, al cabo de media hora el forastero, que ha anunciado un pregón clandestino y confesional ante una niña que todavía no se encuentra adentrada en las puertas de la adolescencia, se alza del banco más recostado a la cocina, pero no sin antes darle una especie de piedra caliza: un granito, como un talismán, él cree que puede servir a la niña para reforzarla en los rezos vespertinos y adentrarse hacia la senda del buen camino. Un pregonero singular, un padre adoptivo que en los sueños infantiles aparece siempre como el príncipe de las mareas mientras ella cruza océanos con una fuerte bravura, que la obliga a avanzar hacia senderos  recomendables por la escasa peligrosidad acechada.




FILANTROPIA







FILANTROPIA

Filas extensivas se afanan para visitar a una adorable anciana, amparada por una ancestral sapiencia. Ella no presume de estar repleta de poderes macrocósmicos. Cree que el planeta simplemente la ha llamado a la puerta para redimir a entes humanos con limitaciones u otros aquejamientos que impiden una vida satisfactoria. Esa mujer, de tez bronceada, raíces africanas, guineana de origen, se ofrece para abrazar sin ningún recato a múltiples desamparadas almas que sufren sin aliento ni respaldo curativo. 

En medio de las Ramblas barcelonesas la longeva mujer, con un cuerpo surcado de pliegues y bolsas en la faz, que delatan su avanzada edad, no tiene prejuicios cuando sabe que una llamada, casi mística, hace que su cuerpo sea acogido por esos casos urgentes que atentan la salud de manera agravante. Con su pelo, recogido con un moño, de color negruzco y alisado, presta todo su servicio al público que se encuentra sobrecogido de tormento. Más nadie sabe como ha podido viajar hasta Barcelona. Como surgida de la nada aparece en medio de una calle en la que un rebosar de turistas, indígenas y gente migrante de diferentes regiones de la Península Ibérica, se congregan sin pudor, para sentir arropamiento y calor a través de unos abrazos afectuosos. 

Algunas personas, abrumadas por un dolor físico que no cesa, sienten utópicamente la calma apaciguada de una persona que es casi analfabeta. Sin tener la capacidad, no obstante, de leer ni escribir, tan solo un habla empobrecida de palabras que ha recogido auditivamente sabe a la perfección lo que cada ser necesita para ser feliz. Un arropo arrollador, un cariño protector o un enternecimiento que no tenga frontera para posarse en los brazos de una señora que aparece retratada en portadas de periódicos, en revistas de salud holística, en diferentes secciones de crónicas en las que esta mujer africana se convierte en una noticia estelar, cuyo impacto lector no pasa desapercibido.

 La hechicera del siglo veintiuno, una dama que no presume de dotes sobrenaturales ni esotéricos. No tiene bagaje académico ni trayectoria experimental desde un ángulo laboral. Tampoco es gran conocedora de culturas exóticas, ni tiene pasaje a bordo declarado. Es una aparición que llega a la ciudad catalana y vive y se alimenta de cálidos abrazos que los plebeyos reclaman. Algunos reticentes, otros más confiados, otros casi cegados por la necesidad de ser rescatados de algún percance catastrofista, que ha devastado sus vidas desnudándolas de cualquier vestigio de calidad suficiente, se acercan rogando ser comulgados.

Ella no es sacerdotisa, no está vinculada a ninguna orden religiosa. Más bien es agnóstica, cabe decir, no cree en un Dios materializado, que nos esté señalando y vigilando constantemente desde las alturas celestiales. Sin embargo, allí esta. Sentada en un tapiz de color amarronado, con callosidades en los pies, completamente descalza y con una parca sobre un vestido descolorido y casi perforado por una antigüedad incalculable, espera paciente a recibir a sus vástagos, sus honorables ahijados. 

Así ella lo siente, madre de todos los gestados en un mundo versátil, tiene el deber del cumplimiento a suavizar y a aclimatar almas errantes, que han perdido el comando para dirigir sus vidas hacia un destino lleno de sabia moralidad y corregir esos errores mundanos, que pueden comprometer la calidad de vida humana, y obligar a las personas a pagar un precio de dolor francamente encarecido, e incluso imposible de mitigar.


domingo, 7 de junio de 2020

EN BUSCA DE LA SABIDURÍA







EN BUSCA DE LA SABIDURÍA


Un caballero en tiempos inmemoriales se preguntaba que diablos estaba haciendo en un mundo controvertido, amordazado, sellado ante la blandura de un goce al que no le era permitido acceder. Su armadura, hermética, regia, tan gruesa por un material blindado, no le dejaba mirar de frente, saborear la magia de las bellezas de una naturaleza mutable y galante ante un tiempo de avance imperecedero. Una visera que casi cubría la cavidad craneal apenas le permitía comer. La esposa, Nora, le procuraba el sustento a través de pequeños orificios por los que porciones alimenticias parecía iban a ser introducidas e ingeridas por un hombre que se sentía desolado. El griterío de palabras ardientes de rabia no cesaba ni un instante. Nora estaba harta de tener un esposo con el que no poder  conversar, tampoco abrazar ni besar. Ese hombre, siempre absorto en su vida interior ensuciada por sedimentos que bloqueaban el paso hacia una ternura y un cariño marital. Su hijo, de seis años no conocía a su padre. Lo veía como una escultura de mármol, una especia de figura de escayola a la que sentía aversión cada vez que intentaba un acercamiento. La armadura era cada vez más dura, más compacta y gruesa. El caballero no podía vivir con semejante tortura y un día decidió armarse de valor para salir a buscar ayuda en la lejanía de unas praderas colindantes. Allí los caminos parecían no tener fin. Todo era pasividad y liviandad. El paisaje le ofrecía ingredientes para quedarse embobado de admiración, pero, el hombre tan identificado con ese disfraz horrendo era incapaz de agradecer el mágico mundo de las mil maravillas de una naturaleza sonriente y simpatizante. Una voz, de repente, le hablaba. De hecho, varias voces parecían despertar al unísono dentro de un cerebro casi oxidado por la armadura tan longeva y llena de fisuras, fruto de un desgaste colosal. Un arlequín, con una ardilla y varias golondrinas, que se recreaban ante un vuelo remolón de rama en rama, veían al pobre hombre desgastado de fuerzas para seguir luchando por una vida que carecía de sentido alguno. Ese arlequín  provocaba al caballero las ganas de abandonar el bosque en el que se encontraba atrapado. El hombre sentía que se estaba volviendo loco. Más la locura estaba muy lejos de ser bienvenida. Más bien la consciencia le llamaba a la puerta. Esos animales sin cautividad mostraban al hombre la reivindicación a la libertad más preciada. Con piruetas y volteando el cuerpo ante un espacio totalmente ahuecado y engrandecido de ingravidez querían mostrarle el camino hacia el desprendimiento del miedo y las dudas.

A dos pasos de ese camino que no tenía residencia de destino, un castillo fortificado, que parecía abandonado a la suerte, pero gallardo en proporciones esperaba con paciencia al caballero para que pudiera enfrentarse a esa cobardía que lo invalidaba hasta el punto de dejarlo desmantelado de armas para acabar con esos miedos intrínsecos invasores. El arlequín batía en palmas su afán por invitar al hombre a aproximarse a la torre imponente. El caballero sentía sus piernas flaquear y una llama enroscada, ígnea, que desprendía fogonazos se acercaba  para impedirle el acceso al castillo. Ese fuego candente no había hecho más que empezar a intimidar al caballero, pero sin más ese hombre que había quedado hermetizado mentalmente se repetía el mantra de ser valiente, de ignorar las necedades de un fuego que simbolizaba la resistencia a poder hallar un refugio para encontrarse consigo mismo y transmutar esa armadura metalizada, que impedía que pudiese recrearse ante los placeres más nimios. 

Una oleada de coraje, repentinamente no lo hacía retroceder a pesar de las llamaradas inflamables que se prestaban a vociferar palabras de ultraje y desdén. Ahora el caballero se acercaba al castillo y con ímpetu abría la puerta para acceder. Las llamas se encogían, el fuego prendía con poca agudez y el calor de una hoguera que casi chocaba con un cielo raso ya había empequeñecido y las brasas no quemaban a través de la armadura del caballero. Al otro lado, el castillo había desaparecido y el hombre con una sorpresa radiante se había despojado del miedo a ser él mismo y la armadura, como consecuencia, se estaba derritiendo ante el ardor de un fuego impetuoso. Sin apenas esfuerzo, ya había dado un paso al acceso de las compuertas de una merecida libertad. 



LA MUÑECA ROTA





LA MUÑECA ROTA


Alma perenne, también disecada que no se alarma frente a disturbios que anuncian dolor. Un trozo de cuerpo inerte se manipula con una facilidad implacable. Mi muñeca de labios carnosos, rosados, mejillas prominentes y unos ojos que se abren como centellas frente a un mundo amenazante, no se subleva ni admite ninguna señal que pueda alterar la interacción que, en una recámara muda se produce entre ella y yo. Todo el ambiente está aletargado y holgazanea con una sencillez casi abrumadora. Yo sentada en el regazo de una cama blanda, con un colchón que se encoge ante el peso que deja respaldar, visto, aseo, peino y engalano a mi muñeca preferida. Estrella le llamo, porque sus cabellos son casi de oro plateado, brillantes como la púrpura y lacios hasta la cintura que reflejan un color amarillento muy asemejado a las estrellas que lucen en un cielo desprendido de nubarrones taponados de agua no vertida.  Ella es un testimonio ciego, pero a la vez autentificado de personalidad. Tiene el privilegio de escuchar un monólogo que, a través de mi boca intento transmitir con cautela. Los achuchones y los mimos casi me hacen estremecer de alegría, antes reprimida por un arroyo de lágrimas acalladas, aunque existentes. Ahora ella y yo somos compañeras de juego, también aliadas ante un mundo feroz y cómplices de muchos altercados que hacen que la convivencia tiemble frente a un miedo espasmódico. Estrella parece que quiere dejar esbozar un sonreír plácido y lleno de hermosura no ficticia. Su atuendo es elegante, un vestido de pliegues que queda enrollado en una cintura estrechada ante una delgadez desproporcionada de un color frambuesa, que se combina con sus labios amoratados, le otorgan el porte de una bella dama. Más no tiene la facultad de poder hablarme con una voz edulcorada. Un sonajero en su espalda puede activarse con un botón de contacto que permite que Estrella ocasionalmente titubee y pueda dejar brotar un sonido de queja reincidente. Sin embargo, yo intento tranquilizarla con un simulado zarandeo cuando la tengo prieta entre mis brazos y me consuelo con ese pedacito de cuerpo de plástico moldeable que nunca me cuestiona nada, jamás tiene la necesidad de suplantar mi identidad ni afianzar unos derechos que sobrepasen el limbo del respeto e igualdad incondicionales.

Ahora, ella y yo disfrutamos de una compañía hogareña, en la que reina el mutismo, pero a la vez un remanso de bendita paz parece predecir augurios futuros, en los que permaneceremos unidas a pesar del avance hacia nuevos tiempos venideros. Sentada, con las manos empuñadas y una mirada inquisidora, busco respuestas a través de una muñeca que no se presta a dialogar. Busco el antídoto para vivir como ella, sin rencores, ni deudas a saldar con los mentores, ni reproches ni ningún tipo de ataque verbal que haga desanclar el derecho a la privacidad más urgente. Estrella, como un astro milenario que nunca apaga su avidez por resplandecer con la chispa luminosa que contrasta un cielo ensombrecido por el ciclo de noches inalterables, ahora es mi mano amiga, mi anfitriona que galardono y aplaudo. Un ser que a veces da la impresión de que asiente, de que quiere desnudar su alma y volcar una ráfaga de palabras desgarradas y rotas, para ampararme y dejar que mis secretos puedan ser compartidos e intercalados sin barreras dicotómicas ni murallas que prohíban el acceso ante una bien acogida amistad.

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...