domingo, 22 de septiembre de 2019

LA SEMILLA DE LA VERDAD





LA SEMILLA DE LA VERDAD

En un mundo desperdigado
mi más preciado linaje
quiere bautizar mi vida 
con un párroco consagrado,
que me absuelva 
de pequeñas infamias,
que atentan mi alma
 y mi superficial embalaje.

No sé si encontraré el pináculo
para gritar a la descarga de migrañas, 
de noches impuras,
y encontrar una posada,
donde sentirme
 como una reencarnada hada,
que, con la varita,
pueda despojarme de tanta maraña.

Bellotas, bulbos, tubérculos, esquejes
 crecen en los prados vírgenes;
en los huertos,
 las pequeñas porciones de terreno agrícola;
las semillas 
dejan sus imprentas callosas,
para después enraizarse
y dar paso a cosechas sarmentosas,
que avecinan recolectas
 que el mundo celebra,
y, sin excepción, agradece.

A veces, 
me gustaría alimentarme de frutos
 que tienen un aspecto emponzoñado,
por su veneno declarado,
por su agrio y amargo sabor.

 Ahora romper con los prejuicios deseo;
 se pellizcan y suavizan,
con la textura de una piel sin escamas,
que se protege y regenera
al son de un viento sonrosado
por un sol tostado,
que va amamantando los frutos
que crecen y crecen 
con un grosor desproporcionado.

Y poder mimetizarme 
con la naturaleza
 caprichosa y cambiante,
para ser como una peregrina andante,
hacia una dirección 
que ya no admita demora.

 Mis sentidos se obturan,
por las falacias
 que en el mundo perduran,
igual que maleza
 en los jardines inmaculados,
que se extiende, jubilosa,
hasta  convertirlos 
en parajes de belleza, despoblados.

Voz al fin sucumbida
a la tentación de comer prohibidos frutos,
gracias al encuentro de mis raíces,
que sirven de punto cardinal,
para tomar rienda
hacia nuevas directrices,
marcando rumbo 
hacia un futuro triunfal.



VIVIR ENTRE CADENAS





VIVIR ENTRE CADENAS

Orígenes desdichados,
convierten a una niña 
desamparada de allegados 
que la acojan en la cuna,
meciéndola al son
 del canturreo de una acariciante nana.

La habitación, 
obscura y tenebrosa,
tiene las puertas 
blindadas al mundo exterior,
provocando que la niña 
se estremezca de terror,
sin un pequeño orificio de salvación,
que palie los síntomas
 de un insoportable pavor.

Despierta sueña, 
los agitados pensamientos la enturbian,
teme mirar hacia los rincones de socorro;
nadie atiende su tormento,
más nadie siente como su aliento,
se convierte en una podredumbre,
en un rancio escarmiento,
que no se detiene
 ante un llanto ahogado y desatento.

¡Dios! ¿quién acudirá a su rescate?
el subconsciente de la criatura se rebela
ante un encarcelamiento declarado 
 por un abierto combate,
que acecha ante una cegadora parcela.


¿Qué hago aquí, quién soy, a qué he venido?,
 se pregunta reclamando 
pequeñas grietas de libertad,
sola, desprotegida
 como una cría de ave en un nido,
temblorosa, enroscada, replegada,
no puede dar crédito 
a semejante crueldad.

A su pesar, 
nadie acude a peticiones,
la compuerta está sellada a la luz solar;
en la habitación 
un retrato de Santa Teresa ora;
emite silenciadas bendiciones,
que la niña no puede adivinar
frente a un obstinado pesar,
que no le permite un recuesto,
un amanecer resonante 
de extremo bienestar.

Un mes, quizás quince años,
sintiéndose prisionera 
de la maldecida mazmorra,
la habitación la invita a una encerrona,
donde la bella condesa
 no quiere asomar los ojos,
para ver qué ha cambiado,
en un dormitorio 
plagado de sábanas de lona;
almohadas golpeadas,
que imploran desatascar 
de las puertas los cerrojos.

En la madurez 
piensa como el cuerpo 
resiste ante semejante holocausto;
un infierno coloso en llamas,
en el que cada tejido y célula 
arden sin rechistar.

Unos peligros espeluznantes 
 asoman sin pronunciar
 enmascaradas intenciones,
que la dama no atina a desvelar;
simplemente se compunge,
esperando que algún día,
el príncipe de sus fantasiosos sueños,
le propicie un idílico despertar.









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