ANGELES
SIN VUELO
Aterrizamos en un mundo
empañado de tristezas, pesadumbres y percances que nos atizan, con un alma
desnuda que nos enseña a caminar con avance y retroceso, con una mirada tuerta,
desviada, poco clarificadora y nítida.
Somo seres cándidos,
confiados, que tenemos a nuestros adultos como maestros para encauzarnos hacia
la senda de la felicidad. Sin embargo, cuando llega el momento de despegar parece que nuestras extremidades, como alas atrofiadas, se atiborran de
excusas, de miedos infundados para hacernos creer que no podremos reconducir el
destino a propia voluntad.
De pequeños soñamos a ser
ángeles caídos a la tierra, con aquella pureza ecológica, que se siembra en las
raíces de una arcilla fértil, formada por gránulos arenosos, que acogen con
gratitud aquellas semillas que se convertirán en seres con aspecto corpóreo,
aposentados en las raíces de un suelo no tambaleante.
A medida que el crecimiento es
notorio, los miedos a dejar planear el cuerpo en una superficie sinuosa, como
montañas rusas, con subidas y bajadas estrepitosas, nos imposibilita a
identificarnos con la capacidad inherente de volar hacia lugares bucólicos,
escondidos en las concavidades más hermosas del planeta.
Situaciones traumáticas,
vivencias horrendas que nos han cegado de libertad, porvenires que no se
presentan esperanzadores en un presente infinito por esos manchurrones negruzcos que han trastocado nuestra prodigiosa memoria, provocan que nuestra
calidad de vida como seres angelicales, arrasando contra viento y fuego
cualquier volcán venidero, ya no tengan la panacea para erigirnos con una
mirada de plenitud.
El vuelo es arqueado, desviado,
tiende a retorcerse y a mostrar un avance entorpecedor, limitado, poco trazado
de esplendidez. El cuerpo intenta defenderse ante cualquier siniestro que pueda
atentar la integridad más preciada de valía.
Desgraciadamente, las
creencias que de niños nos embobaban, rescatadas en los cuentos, en los
villancicos de Navidad, en los personajes que se prestaban a traernos regalos
para resaltar un torrente de generosidad y altruismo, han pasado a ser
ficciones que ya nunca podremos idealizar. Aquellos ángeles que venían de noche
a arroparnos, que nos guiaban en los sueños más idílicos, aquellos ángeles que
nos invitaban a volar por zonas costeras, cerca del mar ya parece no retornarán hacia nuestro caserío más íntimo.
Otras tierras tenían cadenas de
cordilleras que debíamos bordear con un vuelo magnificado para no descarrilar
ni aterrizar golpeando el cuerpo como el único vehículo de transporte fiable
que nos amarraba, ahora ya son fantasías que no volverán a repoblar nuestra
imaginación infantilizada, impoluta, límpida.
Solo nos queda el consuelo de
los recuerdos de antaño; aquellos recuerdos que siempre se recuestan en el
dolor que empaña las entrañas y, como señales de alerta, nos intentan
cuchichear que no estamos solos ante un oasis prohibido de expansión. Que
siempre podrán consolarnos, aunque sea con disimulo como un guía invisible. Un guia dispuesto a recordarnos que, en un mundo circunscrito de
cautividad, ellos, como ángeles de la estrella de Belén, nos acunarán como
recién nacidos, en un pesebre augurado por la esperanza de crear en un futuro
nuevos nidos de amor y de acogida.