martes, 25 de febrero de 2020

ANGELES SIN VUELO




ANGELES SIN VUELO


Aterrizamos en un mundo empañado de tristezas, pesadumbres y percances que nos atizan, con un alma desnuda que nos enseña a caminar con avance y retroceso, con una mirada tuerta, desviada, poco clarificadora y nítida.

Somo seres cándidos, confiados, que tenemos a nuestros adultos como maestros para encauzarnos hacia la senda de la felicidad. Sin embargo, cuando llega el momento de despegar parece que nuestras extremidades, como alas atrofiadas, se atiborran de excusas, de miedos infundados para hacernos creer que no podremos reconducir el destino a propia voluntad.

De pequeños soñamos a ser ángeles caídos a la tierra, con aquella pureza ecológica, que se siembra en las raíces de una arcilla fértil, formada por gránulos arenosos, que acogen con gratitud aquellas semillas que se convertirán en seres con aspecto corpóreo, aposentados en las raíces de un suelo no tambaleante.

A medida que el crecimiento es notorio, los miedos a dejar planear el cuerpo en una superficie sinuosa, como montañas rusas, con subidas y bajadas estrepitosas, nos imposibilita a identificarnos con la capacidad inherente de volar hacia lugares bucólicos, escondidos en las concavidades más hermosas del planeta.

Situaciones traumáticas, vivencias horrendas que nos han cegado de libertad, porvenires que no se presentan esperanzadores en un presente infinito por esos manchurrones negruzcos que han trastocado nuestra prodigiosa memoria, provocan que nuestra calidad de vida como seres angelicales, arrasando contra viento y fuego cualquier volcán venidero, ya no tengan la panacea para erigirnos con una mirada de plenitud.

El vuelo es arqueado, desviado, tiende a retorcerse y a mostrar un avance entorpecedor, limitado, poco trazado de esplendidez. El cuerpo intenta defenderse ante cualquier siniestro que pueda atentar la integridad más preciada de valía.

Desgraciadamente, las creencias que de niños nos embobaban, rescatadas en los cuentos, en los villancicos de Navidad, en los personajes que se prestaban a traernos regalos para resaltar un torrente de generosidad y altruismo, han pasado a ser ficciones que ya nunca podremos idealizar. Aquellos ángeles que venían de noche a arroparnos, que nos guiaban en los sueños más idílicos, aquellos ángeles que nos invitaban a volar por zonas costeras, cerca del mar ya parece no retornarán hacia nuestro caserío más íntimo.
 
Otras tierras tenían cadenas de cordilleras que debíamos bordear con un vuelo magnificado para no descarrilar ni aterrizar golpeando el cuerpo como el único vehículo de transporte fiable que nos amarraba, ahora ya son fantasías que no volverán a repoblar nuestra imaginación infantilizada, impoluta, límpida.

Solo nos queda el consuelo de los recuerdos de antaño; aquellos recuerdos que siempre se recuestan en el dolor que empaña las entrañas y, como señales de alerta, nos intentan cuchichear que no estamos solos ante un oasis prohibido de expansión. Que siempre podrán consolarnos, aunque sea con disimulo como un guía invisible. Un guia dispuesto a recordarnos que, en un mundo circunscrito de cautividad, ellos, como ángeles de la estrella de Belén, nos acunarán como recién nacidos, en un pesebre augurado por la esperanza de crear en un futuro nuevos nidos de amor y de acogida.

LENGUAJE INSTRUMENTAL




LENGUAJE INSTRUMENTAL

Voces cuya tesitura se eleva hacia el cielo. Palomas que con su alzado raso van planeando, formando líneas como un pentagrama que recoge notas que empalagan el oído de alegría sinfónica. Cunas que se mecen con un balanceo, que agita la imaginación y endulza el dormir de unos bebés, que sintonizan con el hilo musical de un ciclo de vida que no pretende sucumbir.

Cuantos años transcurrirán para que nos demos cuenta de que la vida está adentrada en una partitura cuya melodía se va configurando con nuestros quehaceres cotidianos; la actitud emergente de querer conducir nuestro vuelo hacia un sinfín de objetivos que puedan bailar al ritmo del vals de las olas, en un vaivén mitigado y a la vez eufórico, con las ansias de circular sin ningún percance tormentoso.

Cuesta tanto poder descifrar la música que puede dormitar según nuestra elección de destino o avivar la magia que posee, para transportarnos hacia paradisíacos parajes; aquellos valles que se ruborizan de orgullo, que sin más preámbulos, gimen de júbilo en una vida que va formando sonidos graves y agudos de tantas voces, que se prestan a ser escuchadas con maestría.

Sentada en una butaca siento el canto de los grillos; el trino de un canario vecino; el canturreo de unos periquitos que intentan dibujar fonemas sonoros que articulan sin más. Con un oído, siempre predispuesto a traspasar el ecuador de la trascendencia, de aquel significado implícito que es tan dificultoso interpretar y reconocer, me siento reavivada al tener a mi lado unas aves que ya han descubierto la clave de sol en una línea paralela, para proceder a entonar con su peculiar voz estribillos melodiosos.

Poder palpar el secreto de la música en un mundo que trunca los esquemas del ritmo natural de los aconteceres, es francamente imperante para conectar con la esencia placentera que ofrecen los instrumentos cuando son tecleados por manos. Aquellos dedos que ya han perdido la filosofía de la simpleza y la mundanidad, para dar paso a unos compases gloriosos, vibracionales, rítmicos, que laten sin un corazón orgánico pero con un espíritu que yace atento a la escucha del baile de las gaviotas, los cisnes, los asnos, cualquier espécimen que pueda comprender la competencia transversal que esconde estar unido a un hilo musical espléndido. Un hilo que irradia el sentido de una vida que, sin esa melódica balada, no tendría ningún aliciente, ni la menor chispa de un amor genuino hacia todas las criaturas del planeta.

Ahora, más que nunca, necesitamos que esos pianos dejen pulsar notas que sean pegadizas, compenetradas y que se dejen exponer como un cálido beso en la mejilla de un ser querido, como un efusivo abrazo, como un saludo cordial, a fin de erradicar la superficialidad de un mundo ordinario y poder pertenecer al mundo de unas almas que ya se han subido al podio de un festival de luces. Un festival en el que la música renace y devuelve las ganas de volver a empezar, a vivir en extrema conexión con un cosmos que musicaliza cada palabra, movimiento, gesto, mirada y conducta que pretendamos proyectar hacia nuestros prójimos más accesibles.



martes, 18 de febrero de 2020

EL PARAISO PERDIDO




EL PARAISO PERDIDO

Años de gloria quedaran en la obsolescencia más penumbrosa. Aquella porción de sabores que parecían yuxtaponerse, ahora son un rastro rancio de un pasado ya vertido en un alma que ha realizado un drástico vuelco. La infancia de una niña que parecía haber nacido en el limbo de la gratitud y la pacífica unión entre unos mentores consagrados a vivir en sincronía, ahora su mundo es desaliñado, perturbado y caótico; ya solo le queda el consuelo de recordar en una cámara de reposo, como ha cambiado el rumbo de su vida. Una vida mordida por la voz del silencio más despiadado, el entierro de tantas ilusiones que apuntalaban hacia un infinito glorioso, posibles de acometer, ya no tienen marcha atrás.

La realidad contrapone la ficción más idílica que haya existido jamás en la mente de Clementina. Una muchacha, de orígenes dinásticos, con una masificación de bienes que podía haber heredado sin dificultad, ahora se encuentra sola en una situación de recogimiento desolador. Un orfelinato la acoge sin reservas. Allí aprende a convivir con identidades que solo han pisado un atisbo de adolescencia y ya han traspasado los límites de la conservación de un bienestar primario.

Clementina es testimonio de amenazas, disputas candentes, peleas con unas manos empuñadas, que arrojan sangre y tempestad de heridas encarnizadas. Los compañeros de cuarto son indomables, salvajes, como salidos de una jungla en la que la ley del más fuerte radica en golpear al prójimo, vencerlo sin prejuicios y anularlo definitivamente de derechos a continuar viviendo con decencia y valor.

Ella no interviene. Su cabeza cavila sin cesar. Un muro fortificado se interpone entre la vida dentro de un claustro en el que no volverá a sentir el aroma bautizado por una familia ejemplar. Los padres no deseaban que naciera. Fue una niña repudiada, recostada en un camastro en el que las noches se emblanquecían con una palidez en el rostro de Clementina por no poder acogerse con la madre biológica.

Los peluches eran su único soporte de confort. Los abrazaba sin hacerse derogar; necesitaba sentir el tacto de una blandura y unos brazos cálidos a pesar de estar inertes. Los muñecos tenían el don de escuchar las súplicas de la muchacha; los reclamos más intrínsecos que carecían de concesión. Ya nada la podía permitir retroceder frente a un nacimiento lleno de estrellas centellantes, que anuncian los presagios más prometedores.

Los educadores que tiene a su alcance son hoscos, de semblante agrio y demasiado alejados de sus raíces. No le hacen caso omiso. El trato recibido se asemeja al uso de un objeto que pronto va a ser desahuciado por no profesar un uso fértil. Ella siente como las miradas se enfrían, se van cruzando como puentes levadizos, en los que existe un gran abismo entre el amor y el odio; la aceptación y el rechazo; la reverencia y la indiferencia.

Los ojos, llenos de borrones, de tachones, de líneas transversales, que se solapan y no provocan una saga de acontecimientos prósperos, producen que Clementina viva recreada en un pasado que nunca se sucedió. Sus padres, anglosajones, vivían en una torrecilla de Whyteleafe. Una casa llena de lujos; jardines embellecidos de floraciones, servidumbre que se encargaba de las labores domésticas, institutrices que asistían a la niña hasta que cumplió su primer año. Todo parecía un núcleo de comodidades y ventajas que algunos hogares podían aprovechar.

El error de haber fecundado un ser en un mundo disfrazado de brillantinas y collares de exquisitez empujó a los padres a delinquir, ofreciendo su refinado producto final a una casa vecina humilde, a cambio de unos honorarios mayúsculos.

Clementina nunca podrá descubrir como su familia pudo obrar de manera tan necia, tan sórdida, ensañándose con un ser que no concebía la maldad ni el pecado natural a partir de actos penalizables. Ahora se encuentra cubierta de sábanas blancas, enrollada como una serpiente de cascabel, compungida, sin una pizca de ventilación en sus arterias. Su corazón parece taponado por un latir que no se presta a bombear energía para continuar respirando sin paréntesis.

Día a día el morir está más próximo; ella sabe que no podrá envejecer, ya no podrá cumplimentar su misión en el mundo, no podrá activar su brío para servir de ayuda ante los más desfavorecidos. Ahora ya solo le queda el consuelo de una habitación inerte, consumida, embrutecida por telarañas de recuerdos que no puede presuponer. Su consciencia está sumida ante un enmarañamiento de incertidumbre y desolación que la conlleva a preguntarse: ¿Cuánto tiempo se alargará mi agonía? ¿Qué estoy haciendo aquí en un mundo forjado, blindado, que me obliga a una infame encerrona que no sucumbe?

Con diez años cumplidos, se siente como una presidiaria, alguien que se ha deshonrado, desposeído por una combinación de errores que no le pertenecen ni son merecedores de existir, pero ahora lamentablemente se cerciora que este inmundo escenario no ha hecho más que empezar…

Quizás algún día rótulos colgados en la puerta de locales, salpicados de luces cristalinas y reflectantes, puedan presagiar la entrada a la inauguración de una buena nueva saludable y placentera.







MASCARAS


 


MASCARAS


Camuflajes que todos llevamos precintados en nuestro vientre. Fetos que se están modelando a imagen y semejanza en una sociedad destemplada, que solamente ensalza los valores lucrativos y las especies más tangibles.

¡Que despilfarro de vidas, sometidas ante un atajo de especímenes que no pueden dejar mostrar su inherencia, su código más ligado al espíritu de la misericordia y la compasión!

Todo el cuerpo que representamos está básicamente tatuado de símbolos que esconden una moraleja. La lástima se traduce en el hecho, que no sabemos cómo reconocerlos y descodificarlos para mejorar el entendimiento unánime y la tendencia a recorrer caminos, con una conducta más juiciosa y moralmente idónea.

Las venas vierten litros de veneno negruzco, la sangre ya no puede transparentar su rojizo candelabro con una llama que presuma sonrosada de placer por existir sin tabúes ni prejuicios.

Una minoría parece de cuando en cuando dejar asomar bengalas de translucidez que se congregan y alían para formar una masa compacta de luz, abrillantada por una claridad deslumbrante y casi cegadora. En cambio, este grupo desemboca en un reducto que no tiene la soberanía suficientemente desarrollada, para implantar cordura en un mundo abocado hacia una apocalíptica catástrofe.

Con una memoria divagante, recuerdo mi niñez como me disfrazaba de reina, de hada madrina, de condesa marroquina, de bailarina egipcia, de paje real, de estrella boreal. Cada atuendo representaba una forma de convertirme en una divinidad que embebía cada instante sin pensar en mi identidad.

 En un atuendo manufacturado, confeccionado de manera artesanal por una madre mañosa y eficiente en la creación de diseños textiles, podía soñar en convertirme en todos los personajes que describían otra dimensión realista. Podía jugar con mi personalidad más primitiva, aparcarla por unas horas y llegar a parodiar un personaje que se asemejaba al mundo de las mil maravillas.

El Carnaval nos hace creer que podemos ser aquello de lo que nunca nos hemos atrevido a soñar. Podemos abandonar nuestro felpudo superficial, aquellas caretas artificiosas, aquellos cuerpos forrados de muros de defensa, para protegernos de los villanos y las autoridades más despóticas del entorno y satisfacer el deseo de extrapolar la etnia hacia otras culturas, contrastadas y completamente novedosas e inexperimentadas.

Una fiesta que atrae masas y provoca fulgor en la sociedad mediática por tener esta doble vertiente; depende del giro que el participante quiera efectuar. Cuando alguien puede estar intoxicado por un espíritu elementalmente diabólico, se valdrá de cualquier fecha festiva para exteriorizar su fuero más vengativo. No obstante, también podría desear interpretar la cara opuesta; jugar a ser el ángel de la estrella de Belén y procurar inmunizarse frente al papel que, de forma genuina, representa en el mundo carnal.

 Como bien dijo Einstein, todo puede relativizarse, todo puede tener dos monedas dentro de una única unidad, pieza o compuesto, pero está claro que la verdad más axiomática reside en las máscaras que nos hacen creer en nuestras fortalezas, virtudes, excentricidades y actitudes heroicas. Son nuestro velo de protección frente a un mundo que golpea nubes de humo desde un cielo raso para derrumbar rascacielos; se desgrana para atentar contra figuras humanas inocentes que las arrastra hacia la muerte más cruenta y lanza rocas calizas contra féminas en estado de gestación para privar que nazcan nuevas estrellas en un paraíso completamente robado.



PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...