PÉTALOS DILATADOS
Tommy se da
cuenta de que tiene que hacer un recorrido a ciegas, sin saber cómo elegir la
lancha correcta para empezar a zarpar. Pero la misión no está en el mar, a
pesar de que las gaviotas se peleen para conseguir transmitir los mejores
presagios climáticos con su ininterrumpido bailar al compás de la brisa matutina.
El pentagrama ha trastocado cualquier huella de evidencia. El centro es una
cruz con los laterales ocupados por dos cabezas angelicales con alas
inservibles, que ya no vibran ante la danza del tiempo. Están en desuso;
parecen membranas atrofiadas que exudan una impresión desacreditadora,
francamente marginal. En el centro de la
cruz, el niño percibe un saliente que no se corresponde con la imagen
traspuesta. Se acerca, coge el acertijo, casi trémulo, por una emoción
controvertida y punzante y localiza el capullo de una flor. Es totalmente
verídico que todo lo que el mozuelo descubre está enlazado y esta nueva
percatación no es casual. “Una flor”,
murmura Tommy. Con este nuevo impacto sorpresa empieza a desembragar el ritual
y pone en marcha un motor que parecía averiado. Su mente vuelve a retroceder al
viaje astral. Uno de los Dioses que lo esperan es Venus. Si nos remontamos a la
mitología romana, Venus era una Diosa que paseaba por los prados vírgenes,
intactos, en los que cada alma vegetal hacia resucitar una floración
majestuosa. El niño en la escuela ha estudiado la simbología y la ambigüedad
que presentaban los Dioses en la antigua Grecia y la antigua Roma. Venus, se la
considera la voluptuosidad, un referente de deseo y sensualidad, pero también
de homogeneidad, armonía, bienestar corporal y energético. Es un Diosa que
había sido muy reñida por pretendientes que se enfrentaban como bestias
encabritadas para poder acceder al galanteo y llegar, después, a la inmaculada
concepción. Venus ha sido y es la intensificación prolongada de una belleza
indiscutible. La historia ratifica la importancia de su encanto y la emergencia
de ser adorada. Todo lo que engloba un mundo paisajístico, lleno de seres que
engendran, crecen y se desenvuelven tienen la bendición de una Diosa digna de
reverenciar. Las flores en zonas campestres se desarrollan radiantes y Venus
las protege ante cualquier tempestuosa adversidad.
Tommy
comienza a entender la llegada de un amuleto lleno de preguntas, formuladas en
el aire. El viaje astral y el papel que interpreta como ángel salvador
seguramente venga delegado por Venus, entre otros Dioses procedentes de una era
remota. Él recorre un poblado, en el que un espacio silvestre, casi fornido de
grandes extensiones de árboles, plantas florecidas y personas que se
responsabilizan del cuidado y la conservación forestal, le resulta la fuente de
inspiración para poder descodificar una información muy oculta por un
desconcierto y una estupefacción intensos.
El capullo de la flor permanece muy atento a dejar germinar algo visiblemente inolvidable. Tommy lo mira con esmero mientras una lucecita parpadeante parece apuntar una señal de resonancia, que fructificará seguro sin demasiada demora. Tommy lo sabe, siente los pálpitos, el sonido de un corazón que intuye va a acabar con la enfermiza situación. Solamente debe concentrarse un poquito más, confiar en los poderes de Blackie, del cual llega a la conclusión que le han sido cedidos por Venus, Zeus y Urano. El conglomerado mágico de estas criaturas ha movilizado el encuentro entre el niño y su mascota. Frente algún estado que parece provocado por algún soporífero, tan ralentizado, tan contemplativo y, por ahora, tapiado ante la aparición de sorpresas venideras Tommy, somnoliento, atrapado como por una reacción de estupefacientes sigue proyectando su mirada hacia Blackie. Delante tiene un muro que los divide, que provoca una dicotomía que impide un entendimiento verbal, pero el muchacho, embebido por la presencia de un pedacito de flor, quiere reanimar a Blackie.
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