LA ALUMNA Y UNA MAESTRA PRECOZ
Thelma es una adolescente con un pasado francamente oscuro. Sus padres han fallecido en un accidente de tráfico y ha quedado huérfana a la edad de doce años. Su infancia está teñida de recuerdos bastante difusos, en los que todas las experiencias vividas no tienen prácticamente un molde rígido en el cual poderse respaldar acomodadamente. Ella está dotada de un temperamento avinagrado. De complexión osuda, es más bien considerada la escoria de la sociedad porque de ella estalla un furor que hace resoplar el viento con enfurecimiento y el fuego parece arder con un auge imparable. De semblante facial sombreado, por una seriedad notable, tiene instintos algo malevolentes. No está de más decir que sus padres, mientras vivían, habían intentado en numerosas ocasiones matricularla en distintas escuelas privadas de Barcelona para que recibiese aquellos patrones educacionales necesarios para adquirir una cultura que, desafortunadamente, en casa escaseaba. La madre, muchísimas veces le reprochaba la rebeldía que Thelma dejaba resoplar a través de unas palabras groseras, demasiado ordinarias para poder consentirse. Sin embargo, bajo un manto de enojado momento e introspección había un corazón generoso que nadie atinaba a desenmascarar.
Los abuelos, después de que formalizaran la adopción legal de su nieta, tuvieron que gestionar el proceso de escolarización que la chiquilla necesitaba no descuidar. Thelma, por su parte, se negaba a hacer frente a cualquier intento de sociabilizarse y exhibir su talento cognitivo en un entorno propiamente didáctico. Se burlaba de los compañeros, no los tenía en cuenta para nada a pesar de que éstos, a su vez, se mofaban del aspecto zarrapastroso de Thelma. Cabe decir que ella no reúne los principios básicos para poder lucir una apariencia pulida y agraciada ante los ojos de cualquier testimonio ajeno. Los abuelos procuran que se asee, que presuma de una silueta esbelta, conservada, bien cubierta de atributos imprescindibles para estar a la altura del resto de alumnos de la escuela de secundaria, pero Thelma no reacciona ante la insistencia de sus nuevos educadores. Está totalmente empecinada en llamar la atención espectacularmente, sobre todo cuando la directora del instituto notifica por escrito innumerables demandas de queja que Thelma debería presentar a los abuelos, como instancia legal en referencia al comportamiento intolerable, que muestra a diario a lo largo de la jornada intensiva de aprendizaje.
Los abuelos, después de que formalizaran la adopción legal de su nieta, tuvieron que gestionar el proceso de escolarización que la chiquilla necesitaba no descuidar. Thelma, por su parte, se negaba a hacer frente a cualquier intento de sociabilizarse y exhibir su talento cognitivo en un entorno propiamente didáctico. Se burlaba de los compañeros, no los tenía en cuenta para nada a pesar de que éstos, a su vez, se mofaban del aspecto zarrapastroso de Thelma. Cabe decir que ella no reúne los principios básicos para poder lucir una apariencia pulida y agraciada ante los ojos de cualquier testimonio ajeno. Los abuelos procuran que se asee, que presuma de una silueta esbelta, conservada, bien cubierta de atributos imprescindibles para estar a la altura del resto de alumnos de la escuela de secundaria, pero Thelma no reacciona ante la insistencia de sus nuevos educadores. Está totalmente empecinada en llamar la atención espectacularmente, sobre todo cuando la directora del instituto notifica por escrito innumerables demandas de queja que Thelma debería presentar a los abuelos, como instancia legal en referencia al comportamiento intolerable, que muestra a diario a lo largo de la jornada intensiva de aprendizaje.
Algunas de las jugarretas más comunes consisten en colarse durante el espacio de recreo en clase, abrir los carpesanos de los compañeros y garabatear todos los trabajos elaborados con pulcritud y esmero. Otra de sus aficiones es mancharles los cuadernos con tinta de rotulador para que la caligrafía resulte ininteligible, además de procurar hacer desaparecer trabajos que a final de trimestre serían evaluados por los diferentes profesores asignados en el primer curso de la ESO. Thelma, sin ningún escrúpulo, sabe que las reprimendas recaerán sobre ella, pero no le importan las consecuencias. Su forma de ver el mundo es retractarse contra aquellos preceptos que, en teoría, la obligan a conservar una conducta ejemplar y modélica. Su mente ha quedado consternada ante una muerte trágica, en la que sus padres se han alejado para siempre y ya nunca más podrá recurrir a los consejos, sugerencias y lecciones comprendidas por una cierta dosis de sabiduría y congruencia.
Un día de clase Erica, una muchacha de nariz respingona, con unas cuantas pecas en las mejillas y diversas cicatrices en los brazos, fruto de múltiples tropezones mientras juega con el resto del grupo en los intervalos de ocio que la escuela ofrece a los estudiantes, tenía un especial interés por conocer el pasado de Thelma. En el jardín del patio, en que varios arbustos densos dejaban deslumbrar su vistosidad voluminosa y abetos que se habían plantado posaban con altanería, como un emblema de decoración innegable, Erica se acercó a Thelma que estaba como enfurruñada, después de varios castigos merecidos que llevaba a sus espaldas y le dijo:
- Me gustaría mucho que fuéramos amigas. Te parecerá extraño pero a mi nadie me considera apta para estudiar. De hecho, estoy aquí y voy pasando de curso porque el profesorado tiene un convenio con mis padres en que, a pesar de suspenderlo todo, puedo revocar cualquier derecho a repetir las materias pendientes de aprobado, ya que la economía de mi família es insuficiente, y además, estoy enferma.
En ese instante fugaz, Thelma parpadeó con perplejidad. No esperaba una confesión tan clandestina y se quedó como espasmódica; su cuerpo parecía temblar al compás de las hojas caducifolias de unos árboles presumidos y gallardos. Su mente empezó a desviar la atención hacía las palabras de una niña pobre, pero a la vez humilde y sensata. De inmediato, reaccionó con una pregunta que le pareció en primera instancia, algo indiscreta:
-¿Puedo preguntarte que te ocurre?
-Padezco fibromialgia. A pesar de mi edad prematura en pocos años los médicos me han diagnosticado quedar postrada en una silla de ruedas sin movilidad propia, como alguien que después de un accidente, se queda tetrapléjico. Después de la declaración añadió:
-pero si alguna cosa he aprendido de mi patología es no amargarme la vida. Ésta pueda que sea atroz, atacante, perversa y desalmada, pero debe vivirse cada segundo como una porción de pastel degustado, saboreado. Yo a veces me siento sola, descarrilada, poco avezada frente a un mundo desordenado, que se vive con estrés y agitamiento, pero no importa lo que los demás digan o piensen. Cada uno tiene un pasado y un presente que va limando con experiencias novedosas, que se renuevan y no tienen que infravalorarse.
Curiosamente, a partir de aquel día la conducta de Thelma comienza a modificarse. No para de pensar en el desdichado accidente, en el que sus progenitores habían muerto y en el que ella podía haber quedado aquejada por alguna enfermedad articular, como Erica, y ésto la aterraba y a la vez la maravillaba. ¿Cómo era posible que se dedicase a malograr su calidad de vida fastidiando a los demás sin el más mínimo reparo? ¿Cómo no ver que no era la única persona en el planeta que sufría de situaciones indudablemente dramáticas? ¡Qué insensibilidad! ¡Qué impasibilidad tan inmerecida! Thelma empezó a sentir como los ojos se le entelaban de lágrimas que ya no eran de hielo. Eran lágrimas cálidas, templadas, que procedían de un corazón que podía desmoronarse ante la fragilidad de seres impotentes y enfrentados a infortunios irreversibles. Desde aquel día se prometió no volver a acometer actos infames de los que arrepentirse por no comportarse con cordura y juicio.
Sin pensárselo dos veces abrazó a Erica, sintiendo una parálisis por el impacto de la notícia candente y le respondió:
-Perdona mi indolencia. Ruego que procuraré a partir del día de hoy enmendar mi conducta reprochable y degradante. Compareceré ante la tutora y le contaré toda la verdad sobre mis hazañas y actos vengativos inamotivados. Ya no quiero destacar por mi conducta aversiva, fría, antipática, desdeñosa. Quiero que todo el mundo pueda tener la oportunidad de acercarse a mí de nuevo y yo abrir los brazos ante esta nueva situación de vida, gozando de tu compañía si me aceptas con gratitud.
Desde aquel instante, todos los cargos presentados contra Thelma por una actitud execrable e inadmisible fueron retirados de su expediente. Ya no sería una carga para nadie y los abuelos podrían empezar a respirar hondo frente a resultados académicos con calificaciones excelentes. Thelma se había trasmutado de pies a cabeza gracias a un simple testimonio, Erica, capaz de hacerle entender que no vale la pena malgastar el tiempo con revanchas que no compensan y que la amistad no tiene precio y es de fácil alcance, si uno está receptivo y agradecido ante ella.
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