AL BORDE DE LA MUERTE
Nacimientos esperados
rigen en un mundo cíclico;
casi a ciegas se pelean
ante un constante lenguaje mímico.
Bebés lloriquean y gimen
esperando respuestas;
nacen con su mochila a cuestas,
desnudos, desprovistos
de un bagaje empírico.
Tú, muerte, dichosa dama de negro,
con tu mantilla y sombrero
vas exterminando vidas,
algunas a voluntad,
otras sin ser solicitadas,
hacia un plano misterioso y místico.
¡Cuántas veces habré rogado
que llamaras a la puerta!
Muerte tentadora,
nunca me has escuchado;
mis lamentos he verbalizado,
desesperanzada,
llena de un pavor desgarrador,
inmersa en un suplicio aterrador.
Amiga mía,
te he esperado y me he desesperado,
casi rozando tu ponzoñosa negrura;
tocándote, a tu lado,
he perdido mis cinco sentidos
y mi acérrima cordura.
Amiga mía,
¿qué te puedo explicar
que no conozcas?
He navegado por mares violentos,
aguas y torbellinos abiertos
que han sesgado mi bravura,
dejándome al descubierto,
sin municiones.
Te necesito y, a la vez, te desprecio.
¿Cómo entender este antagónico deseo,
tan frívolo, tan frágil?
Dos emociones contrapuestas
viajan a contracorriente,
frente a un mar de dudas expuestas,
un cúmulo de mentiras
y verdades opuestas,
sin saber cuál será mi solución latente:
si residir
o marcharme para siempre.
Dicen que la muerte existe,
no es una especie de idealismo figurado;
¿será cierto
o un falso testimonio prefabricado?
La mano del hombre es ingeniosa
y el cerebro, incrédulo;
mas no puedo apartar mis ojos
de ese fabulado péndulo
que mece y mece las horas,
que no se agotan, que no se exceden,
siempre rítmicas,
ignorantes ante cualquier sobrecogedor tormento.
Muchas veces he gritado hacia mar adentro;
el eco de mis palabras
ha resonado sin demasiado aliento.
Muerte, querida,
no te muestres indiferente;
tiéndeme tus alargados tentáculos
y poséeme hacia el éter,
en el epicentro.
Quiero pensar que, en realidad,
tú, muerte, eres mi salvación,
una especie de marea
que se posa en mí
hasta otorgarme una merecida bendición;
un caballo que me lleva
al fin del mundo,
galopando por las vastas praderas,
por zonas costeras,
por panorámicas estratosféricas
que sobrepasan
los límites del raciocinio
y del corazón.
Muerte,
¿eres tú el antídoto contra la desolación?
No estoy segura,
pero presiento que eres el pilar
de innumerables vidas
que no concluyen
en el espacio inconmensurable;
más bien una rencilla,
un agujero abierto
donde penetrar
hasta encontrar el más sensato reconocimiento.
Vida y muerte,
¿quién os ha creado?
Estoy arrimada,
a punto de acercarme a un despeñadero;
no lo pretendo,
pero tampoco lo evito.
La realidad es amarga
y anhelo mi libertad,
mientras me ahogo en el abrevadero
donde animalitos menguan su sed,
sintiéndose poseedores
de un amor verdadero.
¿Qué debo hacer?
Dime, muerte,
no te quedes taciturna;
tu silencio aprisiona mis entrañas
como una armadura de acero
que va encorsetándome con esmero.
Sueño contigo,
me elevo hasta perder el control de mi cuerpo;
ahora siento que te pertenezco,
para descansar en paz,
sin vestigios ni recelos.
Tú has creado la vida,
diosa del cielo y del infierno;
también la has arruinado;
almas truncadas has partido,
otras han roto aguas
en una vida agrietada
por sentimientos ambiguos y someros.
Sé misericordiosa
y atiende mis plegarias;
oh, dama de negro,
con tu mantilla y sombrero,
no te desentiendas ni te vayas.
Imploro tu compañía
y confieso que, en el fondo,
sin pensar en ti no puedo,
porque, en realidad, siento que
te detesto
y que, a la vez,
te quiero.
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