JUEGOS DE NIÑOS
Senos maternos aguardan al acecho;
niños brincan
y se despojan de prejuicios sin provecho;
la infancia es perpetuable,
llena de buena cosecha,
canturrea al son de un viento amable.
Adultos no comprenden el espiritu infantil siempre presente;
azotan, amonestan, gritan sin control
en un estado de sulfuramiento evidente;
protestas de chiquillos
salvaguardan su encantadora dulzura,
esquivando las reprimendas
a pesar de su corta estatura.
Recuerdos retrospectivos
me vienen sin planificar;
son escenarios de luces, colores,
timbres de voces que parecen resonar,
en unos lejanos orígenes
que ya nunca jamás volverán.
Siento mis travesuras
deslizándome por un trampolín, un tobogán;
brío de energía sin intención de concluir,
en una platea al aire libre
donde todo desemboca
en un estrepitoso sonreír.
Quiero retener
cada milésima de segundo,
evadiéndome de algún momento nauseabundo,
que provoque el cierre de ocio
que no me ofrece
mi adorable e inocente mundo.
Las compañías presentan intenciones benignas;
son plácidas por naturaleza;
hacen honor a su venerable proeza,
quebrantando reglas impuestas
por la noble grandeza,
de adultos que pretenden conservar los estigmas,
dentro de un código de leyes
que aplican con inimitable destreza.
A veces jadeo por el sudor regado por mis sienes;
acalorada me siento,
casi me desvanezco ,
me pierdo en el tiempo paralizante,
a la expectación de cada segundo
que, en mi cabeza,
ha dejado de ser avanzante.
Risas y lágrimas
son los héroes de mis veladas de infancia;
caídas pero nuevos levantamientos
protagonizan una jornada irrepetible;
sé que tarde o temprano
un aviso de clausura se tornará vencible,
pero mi mente pretende restarle al terminio
una solemne importancia.
Muchos moratones y contusiones aparecen
después de revolcarme en jardines de gravilla
y de arcillosa tierra;
pequeñas hazañas provocan contratiempos
a un ritmo dinámico
y generan
los mayores momentáneos desconciertos.
Mi infancia, divino tesoro precintado,
como si un alquimista
la hubiera rebañado en oro,
a veces espero no crecer para no ver,
como cada amanecer
se va transformando en un coro,
en que el paso de los años,
trae una rueda de frustraciones
y un camino de curvas sinuosas.
En cambio madura estoy,
recordando estos incólumes momentos;
en la verja de un jardín
veo un valle de flores
que van mutando su colorido;
imagino las atracciones de infancia
que adornan el cercado,
sin música,
pero con algún alarido de animales,
que reverencian
a un entorno de zagales querido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario