lunes, 10 de junio de 2019

JUEGOS DE NIÑOS




JUEGOS DE NIÑOS

Senos maternos aguardan al acecho;
niños brincan
y se despojan de prejuicios sin provecho;
la infancia es perpetuable,
llena de buena cosecha,
canturrea al son de un viento amable.

Adultos que no comprenden el espíritu infantil, siempre presente;
azotan, amonestan, gritan sin control,
en un estado de sulfuramiento evidente;
protestas de chiquillos
salvaguardan su encantadora dulzura,
esquivando las reprimendas
a pesar de su corta estatura.

Recuerdos retrospectivos
me vienen sin planificar;
son escenarios de luces, colores,
timbres de voces que parecen resonar
en unos lejanos orígenes
que ya nunca jamás volverán.

Siento mis travesuras
deslizándome por un trampolín, un tobogán;
brío de energía sin intención de concluir,
en una platea al aire libre
donde todo desemboca
en un estrepitoso sonreír.

Quiero retener
cada milésima de segundo,
evadiéndome de algún momento nauseabundo
que provoque el cierre del ocio
que no me ofrece
mi adorable e inocente mundo.

Las compañías presentan intenciones benignas;
son plácidas por naturaleza;
hacen honor a su venerable proeza,
quebrantando reglas impuestas
por la noble grandeza
de adultos que pretenden conservar los estigmas
dentro de un código de leyes
que aplican con inimitable destreza.

A veces jadeo por el sudor regado por mis sienes;
acalorada me siento,
casi me desvanezco;
me pierdo en un tiempo paralizante,
a la expectación de cada segundo
que, en mi cabeza,
ha dejado de ser avanzante.

Risas y lágrimas
son los héroes de mis veladas de infancia;
caídas, pero también nuevos levantamientos,
protagonizan una jornada irrepetible;
sé que, tarde o temprano,
un aviso de clausura se tornará ineludible,
pero mi mente pretende restarle al término
una solemne importancia.

Muchos moratones y contusiones aparecen
después de revolcarme en jardines de gravilla
y de arcillosa tierra;
pequeñas hazañas provocan contratiempos
a un ritmo dinámico
y generan
los mayores momentáneos desconciertos.

Mi infancia, divino tesoro precintado,
como si un alquimista
la hubiera rebañado en oro;
a veces espero no crecer para no ver
cómo cada amanecer
se va transformando en un coro,
en el que el paso de los años
trae una rueda de frustraciones
y un camino de curvas sinuosas.

En cambio, madura estoy,
recordando estos incólumes momentos;
en la verja de un jardín
veo un valle de flores
que van mutando su colorido;
imagino las atracciones de la infancia
que adornan el cercado,
sin música,
pero con algún alarido de animales
que reverencian
un entorno de zagales querido.

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