domingo, 9 de junio de 2019

ESPEJOS ROTOS


 



ESPEJOS ROTOS

Miles de rostros
se reflejan en inmutables cristales;
he visto facciones
que sonríen o se enojan
ante apariencias volátiles.

La evolución de la vida,
¡qué misterio tan recóndito!
Una fábula, una novela de intriga
o una realidad que trae novedades de incógnito.

Me pregunto, después de romper espejos,
cuántos años me he sentido fundida,
sin faz, cuerpo ni alma,
completamente sumida
ante una odisea sin principio ni acabose;
sin bienvenida ni despedida;
sin causa ni respuesta;
sin tragedia ni comedia,
solamente impasible, casi insensible,
ante la fuente más elevada
de un universo indivisible.

Erguida, en un dormitorio que no se pronuncia,
el espejo es mi reflejo revelador
de una identidad dual;
parece desgarrarse ante un dolor reconocido,
temido, crucial,
desarmado ante una mirada nublada de interrogantes
que no llegan a desvelarse;
enigmas procedentes
de una vieja y alejada adolescencia,
cuya imagen emanada era fresca, renovada,
llena de incandescencia.

Como adulta, observo un desgaste físico colosal;
no hay fronteras que detengan
la madurez que el espejo me ofrece;
la ingenuidad que de niña desprendía
ha quedado apergaminada,
colocada en un baúl
con alguna fotografía difuminada
por la antigüedad;
por haber perdido
su color original, vivaz;
momentos de expansión
en los que me sentía capaz de comerme el mundo.

Tantos años degradados pasan factura;
el espejo habla a pesar de su semblante distante,
mas gracias a él veo el contraste
de dos caras que se superponen;
sobresalen sin ningún condicionante.
¿Será verdad que, en el fondo,
mi identidad está reñida
entre dos polaridades?
Mas ¿cómo adivinarlo?

Los pies se me enfrían,
el cuerpo se balancea;
mi comisura dibuja una tímida sonrisa
que flaquea
por una carga de rencores,
de crispación en escena,
que va siguiendo su curso en cadena;
una mirada de sarcasmo,
un rocío de apatía
y de nulo entusiasmo
se enfrentan sin ánimo de pelea,
sintiéndose víctimas de un embrollo
que no suena,
aunque aguas torrenciales lleva.

He vuelto a sentir que piso en tierra firme,
como si el espejo resquebrajado,
partido en dos mitades,
quisiera enderezarse
y dejarme aterrizar
ante un mundo que necesito ocupar,
sin preámbulos ni pretextos;
solamente poder gozar
de una imagen atractiva que haga irradiar
aquella niña jovial
que se burlaba del empecinado abismo,
siempre dispuesto a arrastrarla
para no permitir un repentino resucitar.

La magia del espejo es invaluable;
me veo tan distinta, tan intrigada y curiosa;
sin embargo, no puedo apartar mis ojos
de esa imagen inquebrantable
que preserva una figura irreplicable,
bajo una presencia cándida y fiable.

Doy gracias a esos espejos
por descubrir mi recoveco,
donde mi personalidad se cobija.
Sé que no soy perfecta,
pero el espejo me devuelve mi íntegro aspecto
y confiesa, sin suspicacia,
que durante los tiempos amargos,
sin rechistar,
me amaba.

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