RECUERDOS
Luces y sombras se
encienden y apagan;
imanes que no
pueden disgregarse;
recuerdos inundados por dolores que cuajan,
otros simplemente
desfilan
sin apenas percatarse.
¡Cuántos recuerdos
infantiles
han poblado páginas de libros sin publicarse!
¡cuántas migajas de
resquicios
han desquiciado mi memoria!
más no quiero
recordar las viejas reminiscencias que no dejan de mofarse,
de una niña que reía
y lloraba,
creando una imagen
casi enfermiza y persecutoria.
Los recuerdos, baúles
descoloridos
entelados de
lágrimas de calvario y goce;
en el desván yacen
inmortales, esculpidos,
son emblemas que aún con los años
no quiebran con el contacto y el roce.
Qué recuerdos
aquellos
en los que mi vida sabía a algarabía;
qué recuerdos
aquellos
en los que no tenía
que rendir cuentas a mis hazañas;
como niña era como un
acróbata
que escalaba muros con alegría,
y nunca me
justificaba ante mis mentores
con creíbles y convincentes patrañas.
Qué recuerdos
aquellos
en los que mi vida era rancia
y sabía a ponzoña;
cuántos momentos
hubiese querido desvanecer;
en cambio, mis armas
de defensa flaqueaban
sin poder encontrar
un tostado y agradecido amanecer.
En el ahora, veo
portales de madera prensada, pueden abrirse con facilidad;
los recuerdos me
acompañan
en los lechos a los que decido acceder;
los
temores, siempre al acecho,
ya no son barreras
que se acercan con
maldad,
para invadir el
espacio
que en mi vida
he querido restablecer.
De noche, tumbada en
un prado virgen
veo fugaces puntos de luz,
en un universo de satélites
que alumbran cada estela fugaz;
simbolizan recuerdos
que exudan chispas reflectantes
siempre
intermitentes, cambiantes
que se acercan y se
alejan
caprichosos y galantes.
Recuerdos que
construyen etapas
que ya nunca más se repetirán;
en una órbita en la
que mi madurez
ya se ha avezado;
recuerdos que muy a
pesar mío partirán,
mi mente obstinada
querrá tenerlos encabezados,
pero lamentablemente
el paso del tiempo los velará,
y cada recuerdo
en
forma de imagen, palabra, vivencia,
será una presa fácil
que el presente marchitará.
Y todos los recuerdos
transportados en una canoa
el agua los ahogará
y
a la vez cristalizará
como si un espejo
pudiera tenerlos custodiados,
en alta mar, en un
vaivén retroactivo,
que sin
contemplaciones los mecerá.
Dios mío, ¡qué
desdicha la mía!
hay recuerdos que
saben a miel,
son dulzones,
empalagosos
y se alían a mí como un amigo fiel,
pero por desgracia el cerebro los retrata,
queriendo
conservarlos
hasta maltratarlos
para transmutarse en pura hiel.
Mis amados recuerdos,
no quiero volcaros en el vertedero,
pero un adiós es
necesario,
para poder vivir a
diario,
con la consciencia
abierta
a un ciclo de vida venidero,
en que todo lo que
acoja y despida
se mantenga distante
ante un posible atolladero,
evitando que los
recuerdos condicionen
la integridad de mi
yo verdadero.

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