domingo, 4 de agosto de 2019

RECUERDOS






RECUERDOS

Luces y sombras se encienden y apagan;
 imanes que no pueden disgregarse;
recuerdos inundados por dolores que cuajan,
otros simplemente desfilan 
sin apenas percatarse.

¡Cuántos recuerdos infantiles 
han poblado páginas de libros sin publicarse!
¡cuántas migajas de resquicios 
han desquiciado mi memoria!
más no quiero recordar las viejas reminiscencias que no dejan de mofarse,
de una niña que reía y lloraba,
creando una imagen 
casi enfermiza y persecutoria.

Los recuerdos, baúles descoloridos
entelados de lágrimas de calvario y goce;
en el desván yacen inmortales, esculpidos,
son emblemas que aún con los años
 no quiebran con el contacto y el roce.

Qué recuerdos aquellos 
en los que mi vida sabía a algarabía;
qué recuerdos aquellos 
en los que no tenía 
que rendir cuentas a mis hazañas;
como niña era como un acróbata
 que escalaba muros con alegría,
y nunca me justificaba ante mis mentores
 con creíbles y convincentes patrañas.

Qué recuerdos aquellos 
en los que mi vida era rancia
 y sabía a ponzoña;
cuántos momentos 
hubiese querido desvanecer;
en cambio, mis armas de defensa flaqueaban
sin poder encontrar
 un tostado y agradecido amanecer.


En el ahora, veo portales de madera prensada, pueden abrirse con facilidad;
los recuerdos me acompañan 
en los lechos a los que decido acceder;
los temores, siempre al acecho, 
ya no son barreras
que se acercan con maldad,
para invadir el espacio
 que en mi vida 
he querido restablecer.

De noche, tumbada en un prado virgen
 veo fugaces puntos de luz,
en un universo de satélites 
que alumbran cada estela fugaz;
simbolizan recuerdos 
que exudan chispas reflectantes
siempre intermitentes, cambiantes
que se acercan y se alejan
 caprichosos y galantes.

Recuerdos que construyen etapas 
que ya nunca más se repetirán;
en una órbita en la que mi madurez
 ya se ha avezado;
recuerdos que muy a pesar mío partirán,
mi mente obstinada
querrá tenerlos encabezados,
pero lamentablemente 
el paso del tiempo los velará,
y cada recuerdo 
en forma de imagen, palabra, vivencia,
será una presa fácil 
que el presente marchitará.

Y todos los recuerdos
 transportados en una canoa
el agua los ahogará 
y a la vez cristalizará
como si un espejo pudiera tenerlos custodiados,
en alta mar, en un vaivén retroactivo,
que sin contemplaciones los mecerá.

Dios mío, ¡qué desdicha la mía!
hay recuerdos que saben a miel,
son dulzones, empalagosos
 y se alían a mí como un amigo fiel,
pero por desgracia el cerebro los retrata,
queriendo conservarlos 
hasta maltratarlos
para transmutarse en pura hiel.

Mis amados recuerdos, 
no quiero volcaros en el vertedero,
pero un adiós es necesario,
para poder vivir a diario,
con la consciencia abierta 
a un  ciclo de vida venidero,
en que todo lo que acoja y despida
se mantenga distante
 ante un posible atolladero,
evitando que los recuerdos condicionen
la integridad de mi yo verdadero.

















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