LA
SEMILLA DE LA VERDAD
En un mundo desperdigado
mi más preciado linaje
quiere bautizar mi vida
con un párroco consagrado,
que
me absuelva
de pequeñas infamias,
que
atentan mi alma
y mi superficial embalaje.
No
sé si encontraré el pináculo
para
gritar a la descarga de migrañas,
de noches impuras,
y encontrar una posada,
donde sentirme
como una reencarnada hada,
que, con la varita,
pueda
despojarme de tanta maraña.
Bellotas,
bulbos, tubérculos, esquejes
crecen en los prados vírgenes;
en
los huertos,
las pequeñas porciones de terreno agrícola;
las
semillas
dejan sus imprentas callosas,
para
después enraizarse
y
dar paso a cosechas sarmentosas,
que avecinan recolectas
que el mundo celebra,
y,
sin excepción, agradece.
A
veces,
me gustaría alimentarme de frutos
que tienen un aspecto emponzoñado,
por
su veneno declarado,
por
su agrio y amargo sabor.
Ahora romper con los prejuicios deseo;
se pellizcan y suavizan,
con
la textura de una piel sin escamas,
que se protege y regenera
al
son de un viento sonrosado
por
un sol tostado,
que
va amamantando los frutos
que
crecen y crecen
con un grosor desproporcionado.
Y poder mimetizarme
con
la naturaleza
caprichosa y cambiante,
para
ser como una peregrina andante,
hacia una dirección
que ya no admita demora.
Mis sentidos se obturan,
por las falacias
que en el mundo perduran,
igual que maleza
en los jardines inmaculados,
que
se extiende, jubilosa,
hasta convertirlos
en parajes de belleza, despoblados.
Voz al fin sucumbida
a la tentación de comer prohibidos frutos,
gracias al encuentro de mis raíces,
que sirven de punto cardinal,
para
tomar rienda
hacia nuevas directrices,
marcando rumbo
hacia un futuro triunfal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario