domingo, 22 de septiembre de 2019

VIVIR ENTRE CADENAS





VIVIR ENTRE CADENAS

Orígenes desdichados,
convierten a una niña 
desamparada de allegados 
que la acojan en la cuna,
meciéndola al son
 del canturreo de una acariciante nana.

La habitación, 
obscura y tenebrosa,
tiene las puertas 
blindadas al mundo exterior,
provocando que la niña 
se estremezca de terror,
sin un pequeño orificio de salvación,
que palie los síntomas
 de un insoportable pavor.

Despierta sueña, 
los agitados pensamientos la enturbian,
teme mirar hacia los rincones de socorro;
nadie atiende su tormento,
más nadie siente como su aliento,
se convierte en una podredumbre,
en un rancio escarmiento,
que no se detiene
 ante un llanto ahogado y desatento.

¡Dios! ¿quién acudirá a su rescate?
el subconsciente de la criatura se rebela
ante un encarcelamiento declarado 
 por un abierto combate,
que acecha ante una cegadora parcela.


¿Qué hago aquí, quién soy, a qué he venido?,
 se pregunta reclamando 
pequeñas grietas de libertad,
sola, desprotegida
 como una cría de ave en un nido,
temblorosa, enroscada, replegada,
no puede dar crédito 
a semejante crueldad.

A su pesar, 
nadie acude a peticiones,
la compuerta está sellada a la luz solar;
en la habitación 
un retrato de Santa Teresa ora;
emite silenciadas bendiciones,
que la niña no puede adivinar
frente a un obstinado pesar,
que no le permite un recuesto,
un amanecer resonante 
de extremo bienestar.

Un mes, quizás quince años,
sintiéndose prisionera 
de la maldecida mazmorra,
la habitación la invita a una encerrona,
donde la bella condesa
 no quiere asomar los ojos,
para ver qué ha cambiado,
en un dormitorio 
plagado de sábanas de lona;
almohadas golpeadas,
que imploran desatascar 
de las puertas los cerrojos.

En la madurez 
piensa como el cuerpo 
resiste ante semejante holocausto;
un infierno coloso en llamas,
en el que cada tejido y célula 
arden sin rechistar.

Unos peligros espeluznantes 
 asoman sin pronunciar
 enmascaradas intenciones,
que la dama no atina a desvelar;
simplemente se compunge,
esperando que algún día,
el príncipe de sus fantasiosos sueños,
le propicie un idílico despertar.









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