martes, 25 de febrero de 2020

LENGUAJE INSTRUMENTAL




LENGUAJE INSTRUMENTAL

Voces cuya tesitura se eleva hacia el cielo. Palomas que con su alzado raso van planeando, formando líneas como un pentagrama que recoge notas que empalagan el oído de alegría sinfónica. Cunas que se mecen con un balanceo, que agita la imaginación y endulza el dormir de unos bebés, que sintonizan con el hilo musical de un ciclo de vida que no pretende sucumbir.

Cuantos años transcurrirán para que nos demos cuenta de que la vida está adentrada en una partitura cuya melodía se va configurando con nuestros quehaceres cotidianos; la actitud emergente de querer conducir nuestro vuelo hacia un sinfín de objetivos que puedan bailar al ritmo del vals de las olas, en un vaivén mitigado y a la vez eufórico, con las ansias de circular sin ningún percance tormentoso.

Cuesta tanto poder descifrar la música que puede dormitar según nuestra elección de destino o avivar la magia que posee, para transportarnos hacia paradisíacos parajes; aquellos valles que se ruborizan de orgullo, que sin más preámbulos, gimen de júbilo en una vida que va formando sonidos graves y agudos de tantas voces, que se prestan a ser escuchadas con maestría.

Sentada en una butaca siento el canto de los grillos; el trino de un canario vecino; el canturreo de unos periquitos que intentan dibujar fonemas sonoros que articulan sin más. Con un oído, siempre predispuesto a traspasar el ecuador de la trascendencia, de aquel significado implícito que es tan dificultoso interpretar y reconocer, me siento reavivada al tener a mi lado unas aves que ya han descubierto la clave de sol en una línea paralela, para proceder a entonar con su peculiar voz estribillos melodiosos.

Poder palpar el secreto de la música en un mundo que trunca los esquemas del ritmo natural de los aconteceres, es francamente imperante para conectar con la esencia placentera que ofrecen los instrumentos cuando son tecleados por manos. Aquellos dedos que ya han perdido la filosofía de la simpleza y la mundanidad, para dar paso a unos compases gloriosos, vibracionales, rítmicos, que laten sin un corazón orgánico pero con un espíritu que yace atento a la escucha del baile de las gaviotas, los cisnes, los asnos, cualquier espécimen que pueda comprender la competencia transversal que esconde estar unido a un hilo musical espléndido. Un hilo que irradia el sentido de una vida que, sin esa melódica balada, no tendría ningún aliciente, ni la menor chispa de un amor genuino hacia todas las criaturas del planeta.

Ahora, más que nunca, necesitamos que esos pianos dejen pulsar notas que sean pegadizas, compenetradas y que se dejen exponer como un cálido beso en la mejilla de un ser querido, como un efusivo abrazo, como un saludo cordial, a fin de erradicar la superficialidad de un mundo ordinario y poder pertenecer al mundo de unas almas que ya se han subido al podio de un festival de luces. Un festival en el que la música renace y devuelve las ganas de volver a empezar, a vivir en extrema conexión con un cosmos que musicaliza cada palabra, movimiento, gesto, mirada y conducta que pretendamos proyectar hacia nuestros prójimos más accesibles.



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