martes, 18 de febrero de 2020

EL PARAISO PERDIDO




EL PARAISO PERDIDO

Años de gloria quedaran en la obsolescencia más penumbrosa. Aquella porción de sabores que parecían yuxtaponerse, ahora son un rastro rancio de un pasado ya vertido en un alma que ha realizado un drástico vuelco. La infancia de una niña que parecía haber nacido en el limbo de la gratitud y la pacífica unión entre unos mentores consagrados a vivir en sincronía, ahora su mundo es desaliñado, perturbado y caótico; ya solo le queda el consuelo de recordar en una cámara de reposo, como ha cambiado el rumbo de su vida. Una vida mordida por la voz del silencio más despiadado, el entierro de tantas ilusiones que apuntalaban hacia un infinito glorioso, posibles de acometer, ya no tienen marcha atrás.

La realidad contrapone la ficción más idílica que haya existido jamás en la mente de Clementina. Una muchacha, de orígenes dinásticos, con una masificación de bienes que podía haber heredado sin dificultad, ahora se encuentra sola en una situación de recogimiento desolador. Un orfelinato la acoge sin reservas. Allí aprende a convivir con identidades que solo han pisado un atisbo de adolescencia y ya han traspasado los límites de la conservación de un bienestar primario.

Clementina es testimonio de amenazas, disputas candentes, peleas con unas manos empuñadas, que arrojan sangre y tempestad de heridas encarnizadas. Los compañeros de cuarto son indomables, salvajes, como salidos de una jungla en la que la ley del más fuerte radica en golpear al prójimo, vencerlo sin prejuicios y anularlo definitivamente de derechos a continuar viviendo con decencia y valor.

Ella no interviene. Su cabeza cavila sin cesar. Un muro fortificado se interpone entre la vida dentro de un claustro en el que no volverá a sentir el aroma bautizado por una familia ejemplar. Los padres no deseaban que naciera. Fue una niña repudiada, recostada en un camastro en el que las noches se emblanquecían con una palidez en el rostro de Clementina por no poder acogerse con la madre biológica.

Los peluches eran su único soporte de confort. Los abrazaba sin hacerse derogar; necesitaba sentir el tacto de una blandura y unos brazos cálidos a pesar de estar inertes. Los muñecos tenían el don de escuchar las súplicas de la muchacha; los reclamos más intrínsecos que carecían de concesión. Ya nada la podía permitir retroceder frente a un nacimiento lleno de estrellas centellantes, que anuncian los presagios más prometedores.

Los educadores que tiene a su alcance son hoscos, de semblante agrio y demasiado alejados de sus raíces. No le hacen caso omiso. El trato recibido se asemeja al uso de un objeto que pronto va a ser desahuciado por no profesar un uso fértil. Ella siente como las miradas se enfrían, se van cruzando como puentes levadizos, en los que existe un gran abismo entre el amor y el odio; la aceptación y el rechazo; la reverencia y la indiferencia.

Los ojos, llenos de borrones, de tachones, de líneas transversales, que se solapan y no provocan una saga de acontecimientos prósperos, producen que Clementina viva recreada en un pasado que nunca se sucedió. Sus padres, anglosajones, vivían en una torrecilla de Whyteleafe. Una casa llena de lujos; jardines embellecidos de floraciones, servidumbre que se encargaba de las labores domésticas, institutrices que asistían a la niña hasta que cumplió su primer año. Todo parecía un núcleo de comodidades y ventajas que algunos hogares podían aprovechar.

El error de haber fecundado un ser en un mundo disfrazado de brillantinas y collares de exquisitez empujó a los padres a delinquir, ofreciendo su refinado producto final a una casa vecina humilde, a cambio de unos honorarios mayúsculos.

Clementina nunca podrá descubrir como su familia pudo obrar de manera tan necia, tan sórdida, ensañándose con un ser que no concebía la maldad ni el pecado natural a partir de actos penalizables. Ahora se encuentra cubierta de sábanas blancas, enrollada como una serpiente de cascabel, compungida, sin una pizca de ventilación en sus arterias. Su corazón parece taponado por un latir que no se presta a bombear energía para continuar respirando sin paréntesis.

Día a día el morir está más próximo; ella sabe que no podrá envejecer, ya no podrá cumplimentar su misión en el mundo, no podrá activar su brío para servir de ayuda ante los más desfavorecidos. Ahora ya solo le queda el consuelo de una habitación inerte, consumida, embrutecida por telarañas de recuerdos que no puede presuponer. Su consciencia está sumida ante un enmarañamiento de incertidumbre y desolación que la conlleva a preguntarse: ¿Cuánto tiempo se alargará mi agonía? ¿Qué estoy haciendo aquí en un mundo forjado, blindado, que me obliga a una infame encerrona que no sucumbe?

Con diez años cumplidos, se siente como una presidiaria, alguien que se ha deshonrado, desposeído por una combinación de errores que no le pertenecen ni son merecedores de existir, pero ahora lamentablemente se cerciora que este inmundo escenario no ha hecho más que empezar…

Quizás algún día rótulos colgados en la puerta de locales, salpicados de luces cristalinas y reflectantes, puedan presagiar la entrada a la inauguración de una buena nueva saludable y placentera.







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