domingo, 8 de marzo de 2020

CAMINANDO POR UNA CIUDAD VACÍA




CAMINANDO POR UNA CIUDAD VACÍA


Una carretera llana y llena de gravilla azota mis tobillos y endurece los talones, dejándolos agrietados por un andar ininterrumpido. La polvareda ciega mi visión por unos instantes mientras diviso hacia ambos lados bolsas de basura que rebañan las esquinas con mugrientos residuos. El viento está enfurruñado. El día mustio por una colorido grisáceo que no amaina. Más bien se precia a perdurar durante un trayecto que comienza a ser fastidioso. ¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? ¿En qué ciudad estoy anclando mis pies doloridos y hastíos de tantas zancadas que no tienen un propósito firme?

Tantas preguntas hierven en mi cerebro voraz por querer conocer las respuestas. Más fácilmente no llegan. Miro al cielo y un desparramo de nubes hinchadas por una atmosfera altamente congestionada de gases apuntala una posible tempestad. En cambio, la lluvia no parece asomar su anhelo a conseguir un protagonismo en una velada en la que yo soy la única transeúnte en una ciudad despojada de muchedumbre. El silencio aprisiona mis sentidos con ahínco. Sigo avanzando y ladeando los ojos y, de repente, aparecen en una lejanía moderada pequeñas casuchas con chimeneas en las que ráfagas de humo soplan intermitentemente en un espacio infinito. 

Quizás he aterrizado en una urbanización de Barcelona. Pero ¿en qué distrito se ubica? Mi memoria, como un proyectil de ideas cruzadas intenta recordar el objetivo de mi visita por una calzada cuyo trayecto parece inacabable. Mi cerebro está confuso, turbio, marchito por una sarta de suposiciones que no esclarecen el embrollo laberíntico en el que me siento atrapada. A pesar de mi abstracción mental, sigo caminando en línea recta y cada vez que la vista se proyecta hacia el contorno lateral las casas se multiplican, el viento se sulfura, el humo de las chimeneas se encrespa con furia, la runa se acrecienta y se amontona en los laterales del pavimento. Pero no hay personas. En un instante, freno mi tránsito rectilíneo. Respiro hondamente e intento gritar. “¿Alguien me puede ayudar?” El eco de mis palabras se funde en un repiqueteo de sonidos que se van demoliendo hacia el firmamento más impasible.

La soledad encorseta mi armadura corpórea. Todo el cuerpo lo siento apelmazado y exhausto. Voy caminando sin rumbo y nada ni nadie puede socorrerme. Solamente necesito una pista, una indicación, una señal, que pueda orientarme y despertar esa memoria que se encuentra obturada de lucidez. Miro hacia el suelo y veo la inexistencia de marcas viales. También me doy cuenta de que puedo andar por una calzada carente de tráfico, como si fuese la única superviviente que ha quedado desterrada de la faz de una tierra marginal. 

Todo es podredumbre, estratos de sedimentos que se dispersan para después evaporarse por una corriente eólica que se enerva sin piedad hacia el horizonte. Mi paso cada vez se acelera más. Ya no puedo soportar el acallamiento tan aterrador que se presta a no abandonarme. Quiero saber qué demonios hago en una ciudad sin ley, muy ligada a los orígenes prehistóricos de la humanidad. Una metrópolis que no tiene forma ni color. No hay atisbos de edificación. Todo el entorno que piso ha quedado derrocado. No hay rastro de animales ni humanos. Solo maleza, vertidos de desechos putrefactos y el ir y venir de un viento que parece mi mano compañera, que me impele a seguir andando y fijar la mirada hacia el oscuro fondo paisajístico, que se exhibe como un muro fronterizo que marca un avance y un retroceso.

En un instante, un zarandeo agitado me obliga a apearme. Siento mis huesos crujir y una leve curvatura en la espalda que corrijo al erguirme. Mi nueva postura me reanima, hace accionar el aletargamiento reciente. En la mente solo ha quedado grabado un cartel rotulado en tinta brillante y púrpura que, focalizando cromatismos centellantes, lo único que pretendía era que caminara por un tramo dirigido hacia el cielo más plácido.







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