CAMINANDO
POR UNA CIUDAD VACÍA
Una carretera llana y llena de gravilla azota mis tobillos y endurece mis talones, dejándolos agrietados por un andar ininterrumpido. La polvareda ciega mi visión durante unos instantes, mientras diviso a ambos lados bolsas de basura que rebañan las esquinas con mugrientos residuos. El viento está enfurruñado. El día, mustio por un colorido grisáceo que no amaina, parece empeñado en perdurar durante un trayecto que comienza a ser fastidioso.
¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? ¿En qué ciudad estoy anclando mis pies, doloridos y hastiados de tantas zancadas que no tienen un propósito firme?
Tantas preguntas hierven en mi cerebro, voraz por encontrar respuestas. Pero estas no llegan con facilidad. Miro al cielo y un desparramo de nubes, hinchadas por una atmósfera altamente congestionada de gases, apuntala la posibilidad de una tempestad. En cambio, la lluvia no parece asomar su anhelo de conseguir protagonismo en una velada en la que yo soy la única transeúnte de una ciudad despojada de muchedumbre.
El silencio aprisiona mis sentidos con ahínco.
Sigo avanzando y ladeando los ojos y, de repente, aparecen en una lejanía moderada pequeñas casuchas con chimeneas, de las que ráfagas de humo brotan intermitentemente hacia un espacio infinito.
Quizás he aterrizado en una urbanización de Barcelona. Pero ¿en qué distrito se ubica?
Mi memoria, como un proyectil de ideas cruzadas, intenta recordar el objetivo de mi visita por una calzada cuyo trayecto parece inacabable. Mi cerebro está confuso, turbio, marchito por una sarta de suposiciones que no consiguen esclarecer el embrollo laberíntico en el que me siento atrapada.
A pesar de mi abstracción mental, sigo caminando en línea recta. Cada vez que la vista se proyecta hacia el contorno lateral, las casas se multiplican, el viento se sulfura, el humo de las chimeneas se encrespa con furia, la ruina se acrecienta y se amontona en los laterales del pavimento.
Pero no hay personas.
En un instante, freno mi tránsito rectilíneo. Respiro hondamente e intento gritar:
—¿Alguien me puede ayudar?
El eco de mis palabras se funde en un repiqueteo de sonidos que se van demoliendo hacia el firmamento más impasible.
La soledad encorseta mi armadura corpórea. Todo el cuerpo lo siento apelmazado y exhausto. Voy caminando sin rumbo y nada ni nadie puede socorrerme. Solamente necesito una pista, una indicación, una señal que pueda orientarme y despertar esa memoria que se encuentra obturada, carente de lucidez.
Miro hacia el suelo y constato la inexistencia de marcas viales. También me doy cuenta de que puedo andar por una calzada carente de tráfico, como si fuese la única superviviente que ha quedado desterrada de la faz de una tierra marginal.
Todo es podredumbre: estratos de sedimentos que se dispersan para después evaporarse por una corriente eólica que se enerva sin piedad hacia el horizonte.
Mi paso cada vez se acelera más.
Ya no puedo soportar el acallamiento tan aterrador que parece haberse propuesto no abandonarme. Quiero saber qué demonios hago en una ciudad sin ley, muy ligada a los orígenes prehistóricos de la humanidad.
Una metrópolis que no tiene forma ni color.
No hay atisbos de edificación. Todo el entorno que piso ha quedado derrocado. No hay rastro de animales ni de humanos. Solo maleza, vertidos de desechos putrefactos y el ir y venir de un viento que parece mi única mano compañera, que me impele a seguir andando y a fijar la mirada hacia el oscuro fondo paisajístico, que se exhibe como un muro fronterizo, marcando un avance y un retroceso.
En un instante, un zarandeo agitado me obliga a detenerme. Siento mis huesos crujir y una leve curvatura en la espalda que corrijo al erguirme.
Mi nueva postura me reanima, hace reaccionar al aletargamiento reciente. En mi mente solo ha quedado grabado un cartel, rotulado en tinta brillante y púrpura que, focalizando cromatismos centellantes, parecía querer transmitirme una única orden:
caminar por un tramo dirigido hacia el cielo más plácido.
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