UNA
BODA IRREAL
Bea es la pequeña de cuatro
hermanas. Todas, como en el cuento de Cenicienta, envidiosas, ufanas, celosas,
resentidas, coléricas, más Bea es el centro de atención de los padres. Fruto de
un engendro accidental, Bea es la más desfavorecida. No tiene el soporte de sus
progenitores para lanzarse a proyectos, metas a corto plazo en las que sus
deseos se vean complacidos. El padre, autoritario, patriarcal, conservacionista,
de la bella escuela, operario electricista de profesión no concede a Bea la
libertad de elegir quién será su futuro prometido que cobijará su indefensión
frente a un mundo de mordaces peligros. Ella con dieciséis años, querría
graduarse en magisterio. Le gustan los niños, el trato con el público infantil
la desembaraza de los problemas familiares que en casa tiene que soportar. El
padre, severo y taxativo, se opone a pagarle estudios universitarios. Dice que
ya sabe suficiente, que tener la escolaridad es un regalo preciado que debe galardonarse con la obediencia y la sumisión hacia la figura paternal. Bea sueña con
independizarse. En el último curso de escuela un chico intenta convencerla de
que se busque un trabajo, que su familia tiene recursos económicos para poder
cubrirla frente a esa carencia. Un mozo gentil, generoso y rebosado de altruismo,
al menos eso parece. Bea se siente afortunada y desgraciada al mismo tiempo.
Vicente se llama. Es pelirrojo, con un mentón sobresalido, un pelo alisado que
cae sobre su frente con un escaso flequillo muy bien igualado y unas mejillas
imponentes, siempre sonrosadas y llenas de viveza. La expresión del rostro, risueña,
transparente, con una mueca medio escondida de la que emana misterio, intriga, un
enigma en su personalidad que Bea no puede desclavar. Más las palabras de Vicente
la alientan, la apaciguan y comprende que no está sola a pesar de convivir con
una familia hostil. Él insiste en que acepte el trato, pero ella se niega por
temor a las regañadas de un padre impostor y doctrinador. No desea que el curso
termine. La pareja de amigos se lleva bien y Bea cree que, si dejan de verse en
la escuela, la amistad menguara su fortaleza y la distancia interpondrá un muro
rebozado de cemento armado, que blindará la oportunidad de continuar platicando
y comentando las novedades del día a día.
Vicente quiere conocer al
padre para pedirle la mano de su hija. Bea no lo sabe, pero él ha apostado por
una relación sólida y perpetuada frente a un tiempo caprichoso y efímero. Está
convencido de que Bea encaja con el perfil de esposa que ha tenido retenido en
sus pensamientos fugaces y producto de una pubertad prematura. Son otros
tiempos, claro está. En los años setenta, en el corazón barcelonés de una ciudad
masacrada por una doctrina política inquisidora, los muchachos eran los que
llevaban la iniciativa a la hora de proclamarse dispuestos a pedir la mano de
las prometidas que elegían para emparejarse. Vicente no podía quedarse atrás. Era
muy joven, poco fermentado, es cierto, pero no podía concebir su vida sin Bea.
Ahora lo sabía. El ofrecimiento bienintencionado hacia Bea por pagarle la
formación educativa superior y el insistir constante de no romper la relación
de dos colegiales bien avenidos tenía un motivo. Había un fundamento
consolidado detrás que debía ser concebido sin demora. Bea se resistiría a su propuesta.
Su padre no querría un hombre cuya familia fueran mediocres. Querría gente de
apariencia opulenta, con agallas, renombre y etiqueta nobiliaria a poder
elegir. Bea no sabía como reconducir la conversación, para disuadir a Vicente
de querer cortejarla a costa de informar al padre de su alianza prematrimonial.
Ya no había marcha atrás. El pacto estaba zanjado. Una tarde, cuyas hojas
caducas poblaban el paseo de Gracia por un paisaje otoñal mustio, gris, aunque
al mismo tiempo diáfano y acogedor, la joven pareja, sentados en un banco
empedrado, viendo desfilar la marcha de los peatones y escuchando el rugir de
los motores de un tráfico siempre atolondrado, Vicente le dijo que ya era hora
de dejar atrás los temores y armarse de valor para declararse el futuro marido
de Bea. Ella, por su parte, le comentó que hablaría primero con su padre. Más
que nada para abonar el terreno y no dejar salpicar la noticia de una manera
inesperada. Al día siguiente, ella ventiló
la noticia. Con timidez, pero determinación le comentó que había
conocido a un chico muy formal en la escuela y que parecía proceder de una familia
honrada y digna de pertenecer al clan. Ni hablar, fue la respuesta del
padre. Él ya tenía preparado al marido que quería. Como un celestino vil y despiadado
en dicho caso le presentaría a un abogado laboralista, que conocía desde hace
años porque le había llevado la gestión de la declaración de la renta. Un niño
de papá, consentido, mimado, atontado, remilgado, lleno de manías persecutorias,
un don nadie, pero con reputación. Eso era lo importante.
Al cabo de cuatro años, a los
veinte, Bea ya pisaría el altar con un rostro desencajado, caracterizado por un
estupor y una sedación emocional horripilantes. El párroco los bendeciría, con
las preguntas protocolarias de aceptación entre ambos consortes, y ella, como una
figura sonámbula, que deambulaba sin rumbo ni dirección respondería un sí que
casi haría desafinar sus cuerdas vocales. Un sí que la conduciría a vivir una
vida de matrimonio con una rutina asqueada, marcada por la indiferencia de
tener un marido con dinero, pero de alma marchitada y llena de surcos por los que un manantial de sinsabores de un
día a día indignante, insoportable, reducido a la superficialidad de un amor
dotado de un avinagrado jugo, serían los ingredientes que repoblarían la desnudez
del alma de Bea: un alma sin pretensiones, ni aspiraciones, ni un motivo para
continuar viviendo sin la sosería de una mundanidad espeluznante.
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