lunes, 11 de mayo de 2020

UNA BODA IRREAL



UNA BODA IRREAL

Bea es la pequeña de cuatro hermanas. Todas, como en el cuento de Cenicienta, envidiosas, ufanas, celosas, resentidas, coléricas, más Bea es el centro de atención de los padres. Fruto de un engendro accidental, Bea es la más desfavorecida. No tiene el soporte de sus progenitores para lanzarse a proyectos, metas a corto plazo en las que sus deseos se vean complacidos. El padre, autoritario, patriarcal, conservacionista, de la bella escuela, operario electricista de profesión no concede a Bea la libertad de elegir quién será su futuro prometido que cobijará su indefensión frente a un mundo de mordaces peligros. Ella con dieciséis años, querría graduarse en magisterio. Le gustan los niños, el trato con el público infantil la desembaraza de los problemas familiares que en casa tiene que soportar. El padre, severo y taxativo, se opone a pagarle estudios universitarios. Dice que ya sabe suficiente, que tener la escolaridad es un regalo preciado que debe galardonarse con la obediencia y la sumisión hacia la figura paternal. Bea sueña con independizarse. En el último curso de escuela un chico intenta convencerla de que se busque un trabajo, que su familia tiene recursos económicos para poder cubrirla frente a esa carencia. Un mozo gentil, generoso y rebosado de altruismo, al menos eso parece. Bea se siente afortunada y desgraciada al mismo tiempo. Vicente se llama. Es pelirrojo, con un mentón sobresalido, un pelo alisado que cae sobre su frente con un escaso flequillo muy bien igualado y unas mejillas imponentes, siempre sonrosadas y llenas de viveza. La expresión del rostro, risueña, transparente, con una mueca medio escondida de la que emana misterio, intriga, un enigma en su personalidad que Bea no puede desclavar. Más las palabras de Vicente la alientan, la apaciguan y comprende que no está sola a pesar de convivir con una familia hostil. Él insiste en que acepte el trato, pero ella se niega por temor a las regañadas de un padre impostor y doctrinador. No desea que el curso termine. La pareja de amigos se lleva bien y Bea cree que, si dejan de verse en la escuela, la amistad menguara su fortaleza y la distancia interpondrá un muro rebozado de cemento armado, que blindará la oportunidad de continuar platicando y comentando las novedades del día a día.

Vicente quiere conocer al padre para pedirle la mano de su hija. Bea no lo sabe, pero él ha apostado por una relación sólida y perpetuada frente a un tiempo caprichoso y efímero. Está convencido de que Bea encaja con el perfil de esposa que ha tenido retenido en sus pensamientos fugaces y producto de una pubertad prematura. Son otros tiempos, claro está. En los años setenta, en el corazón barcelonés de una ciudad masacrada por una doctrina política inquisidora, los muchachos eran los que llevaban la iniciativa a la hora de proclamarse dispuestos a pedir la mano de las prometidas que elegían para emparejarse. Vicente no podía quedarse atrás. Era muy joven, poco fermentado, es cierto, pero no podía concebir su vida sin Bea. Ahora lo sabía. El ofrecimiento bienintencionado hacia Bea por pagarle la formación educativa superior y el insistir constante de no romper la relación de dos colegiales bien avenidos tenía un motivo. Había un fundamento consolidado detrás que debía ser concebido sin demora. Bea se resistiría a su propuesta. Su padre no querría un hombre cuya familia fueran mediocres. Querría gente de apariencia opulenta, con agallas, renombre y etiqueta nobiliaria a poder elegir. Bea no sabía como reconducir la conversación, para disuadir a Vicente de querer cortejarla a costa de informar al padre de su alianza prematrimonial. Ya no había marcha atrás. El pacto estaba zanjado. Una tarde, cuyas hojas caducas poblaban el paseo de Gracia por un paisaje otoñal mustio, gris, aunque al mismo tiempo diáfano y acogedor, la joven pareja, sentados en un banco empedrado, viendo desfilar la marcha de los peatones y escuchando el rugir de los motores de un tráfico siempre atolondrado, Vicente le dijo que ya era hora de dejar atrás los temores y armarse de valor para declararse el futuro marido de Bea. Ella, por su parte, le comentó que hablaría primero con su padre. Más que nada para abonar el terreno y no dejar salpicar la noticia de una manera inesperada. Al día siguiente, ella ventiló la noticia. Con timidez, pero determinación le comentó que había conocido a un chico muy formal en la escuela y que parecía proceder de una familia honrada y digna de pertenecer al clan. Ni hablar, fue la respuesta del padre. Él ya tenía preparado al marido que quería. Como un celestino vil y despiadado en dicho caso le presentaría a un abogado laboralista, que conocía desde hace años porque le había llevado la gestión de la declaración de la renta. Un niño de papá, consentido, mimado, atontado, remilgado, lleno de manías persecutorias, un don nadie, pero con reputación. Eso era lo importante.

Al cabo de cuatro años, a los veinte, Bea ya pisaría el altar con un rostro desencajado, caracterizado por un estupor y una sedación emocional horripilantes. El párroco los bendeciría, con las preguntas protocolarias de aceptación entre ambos consortes, y ella, como una figura sonámbula, que deambulaba sin rumbo ni dirección respondería un sí que casi haría desafinar sus cuerdas vocales. Un sí que la conduciría a vivir una vida de matrimonio con una rutina asqueada, marcada por la indiferencia de tener un marido con dinero, pero de alma marchitada y llena de surcos  por los que un manantial de sinsabores de un día a día indignante, insoportable, reducido a la superficialidad de un amor dotado de un avinagrado jugo, serían los ingredientes que repoblarían la desnudez del alma de Bea: un alma sin pretensiones, ni aspiraciones, ni un motivo para continuar viviendo sin la sosería de una mundanidad espeluznante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...