viernes, 8 de mayo de 2020

SU MEDIA NARANJA




SU MEDIA NARANJA

Dos ancianos pasean alrededor de la verja del jardín de la casa de campo. Como dos tortolitos, se dan la mano, con discretos apretones, para mostrar unos gramos de cariño nada amortizado a pesar del paso de una época lejana, desde que el matrimonio se hizo lícito.

A lo lejos, las palomas como si quisieran anunciar un presagio, actúan como mensajeras con el vuelo alzado encima de las cabezas de una pareja enamorada que celebra sus bodas de oro. Siempre estuvieron unidos. En su juventud, muchas ocasiones para contraer matrimonio Don Jacinto tuvo, pero no sentía la repentina atracción para emparejarse ni consagrar un amor hacia el prójimo hasta el extremo de pisar un santuario. Él siempre, no obstante, estaba rodeado de mozuelas que lo vitoreaban, lo enjabonaban con pomposos comentarios que no dejaban indiferente al hombre, más no se prestaba a tontear con aquellas candidatas, que castas y poco acostumbradas a flirtear con solteros, se preciaban a piropearle sin cesión.

. Jacinto era un hombre apuesto, galante. En su flor de juventud, parecía una estrella cinematográfica filmada en una escena de rodaje, caracterizado con gracia y carisma en la indumentaria. El pelo, abrillantado con un toque al estilo Elvis Presley, con un tupé algo prominente realzaba un físico que no mostraba ignorancia al presentarse en sociedad.  En ese trayecto, cogido de la mano de su esposa Diana, para él una princesa con dinastía aristocrática por unos andares elegantes y unas palabras siempre corteses y llenas de gratitud, no piensa en el día de la ruptura definitiva por un fallecimiento impertinente, incauto, que fracture la estabilidad de una pareja ejemplarmente casada desde los años cuarenta. Con 88 y 86 en la actualidad, mientras contemplan el paisaje ajardinado en un valle de pequeñas laderas enverdecidas de hierba virgen y plantas enardecidas de una belleza rebosante de salud, se sienten inseparables, unidos hasta el límite fronterizo de sus días vitales. Diana a veces piensa en la muerte, pero no le comenta nada a Jacinto. No quiere desaprovechar ni mucho menos despojarse de una relación que parece gratamente extraída de un manual teórico, que pretende instruir a amateurs como poder mantener una relación sentimental sin intoxicarla de actitudes discordantes y palabras de hiel, acechadas por la amargura de una convivencia entumecida de sabrosos placeres.

Una cortina de humo, no obstante, podría interponerse en ese cuidado mutuo que se profesan. Un paro cardíaco, quizás una embolia cerebral o una infección pulmonar conduciría a Jacinto al acabose de una aventura mosaica, llena de piezas de encaje que no deberían descomponerse por un pequeño caprichito, tal y como él denomina el hábito a practicar pequeñas caladitas que inhala en cada puro que consume. Ahora menos que cuando era un muchacho, pero todavía siente la tentación de dejar que el tabaco le empañe la mirada con unas aureolas de niebla, que él no está dispuesto a renunciar. Un antojo, nada grave, dice él para sus adentros.

Diana, comprensiva, entregada a su marido en cuerpo y alma lo apoya en la decisión de continuar con un vicio que puede desgarrar, en cualquier momento, la ruta que la pareja ha emprendido en su caminar parsimonioso. Un vicio común en la sociedad del momento, pero con el matiz de alejar a personas que se sienten allegadas por un lazo atado a un embalaje que encubre amor y fraternidad, puede ser un riesgo de interrupción entre Jacinto y Diana; unos consortes que se respetan fidedignos, que no se reprochan las manías y las contrariedades mundanas que los definen. Puede que el tabaco cometa ruptura y arrastre hacia la deriva al pobre anciano que embebe el jugo de una vida para él recién estrenada, pero la esencia de ese afecto incondicional hacia Diana equivale a todos las caladas que Jacinto ha inhalado; un amor enjuagado con susurros acariciantes, empalagosos, adictivos al oído, que la mujer agradece que nunca se acerquen a una obligada abstinencia.

La noche llega tardía, los grillos entonan cánticos chirriantes, los árboles se inmovilizan ante un viento que aminora, las estrellas relucen ante un cielo desmarañado y la pareja, sigue su estancia en ese jardín, en el cual encontraron el amor lindamente vicioso y soplado por una humareda de palabras azucaradas de romanticismo y arriada sensatez.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...