SU
MEDIA NARANJA
Dos ancianos pasean alrededor
de la verja del jardín de la casa de campo. Como dos tortolitos, se dan la mano,
con discretos apretones, para mostrar unos gramos de cariño nada amortizado a
pesar del paso de una época lejana, desde que el matrimonio se hizo lícito.
A lo lejos, las palomas como
si quisieran anunciar un presagio, actúan como mensajeras con el vuelo alzado
encima de las cabezas de una pareja enamorada que celebra sus bodas de oro.
Siempre estuvieron unidos. En su juventud, muchas ocasiones para contraer
matrimonio Don Jacinto tuvo, pero no sentía la repentina atracción para emparejarse
ni consagrar un amor hacia el prójimo hasta el extremo de pisar un santuario. Él
siempre, no obstante, estaba rodeado de mozuelas que lo vitoreaban, lo
enjabonaban con pomposos comentarios que no dejaban indiferente al hombre, más
no se prestaba a tontear con aquellas candidatas, que castas y poco
acostumbradas a flirtear con solteros, se preciaban a piropearle sin cesión.
. Jacinto
era un hombre apuesto, galante. En su flor de juventud, parecía una estrella
cinematográfica filmada en una escena de rodaje, caracterizado con gracia y
carisma en la indumentaria. El pelo, abrillantado con un toque al estilo Elvis Presley,
con un tupé algo prominente realzaba un físico que no mostraba ignorancia al
presentarse en sociedad. En ese trayecto,
cogido de la mano de su esposa Diana, para él una princesa con dinastía
aristocrática por unos andares elegantes y unas palabras siempre corteses y llenas
de gratitud, no piensa en el día de la ruptura definitiva por un fallecimiento
impertinente, incauto, que fracture la estabilidad de una pareja ejemplarmente
casada desde los años cuarenta. Con 88 y 86 en la actualidad, mientras
contemplan el paisaje ajardinado en un valle de pequeñas laderas enverdecidas de hierba virgen y plantas enardecidas de una belleza rebosante de salud, se sienten
inseparables, unidos hasta el límite fronterizo de sus días vitales. Diana a
veces piensa en la muerte, pero no le comenta nada a Jacinto. No quiere
desaprovechar ni mucho menos despojarse de una relación que parece gratamente
extraída de un manual teórico, que pretende instruir a amateurs como poder
mantener una relación sentimental sin intoxicarla de actitudes discordantes y
palabras de hiel, acechadas por la amargura de una convivencia entumecida de sabrosos
placeres.
Una cortina de humo, no
obstante, podría interponerse en ese cuidado mutuo que se profesan. Un paro cardíaco,
quizás una embolia cerebral o una infección pulmonar conduciría a Jacinto al acabose
de una aventura mosaica, llena de piezas de encaje que no deberían descomponerse
por un pequeño caprichito, tal y como él denomina el hábito a practicar pequeñas
caladitas que inhala en cada puro que consume. Ahora menos que cuando era un
muchacho, pero todavía siente la tentación de dejar que el tabaco le empañe la
mirada con unas aureolas de niebla, que él no está dispuesto a renunciar. Un antojo,
nada grave, dice él para sus adentros.
Diana, comprensiva, entregada
a su marido en cuerpo y alma lo apoya en la decisión de continuar con un vicio
que puede desgarrar, en cualquier momento, la ruta que la pareja ha emprendido
en su caminar parsimonioso. Un vicio común en la sociedad del momento, pero con
el matiz de alejar a personas que se sienten allegadas por un lazo atado a un
embalaje que encubre amor y fraternidad, puede ser un riesgo de interrupción
entre Jacinto y Diana; unos consortes que se respetan fidedignos, que no se
reprochan las manías y las contrariedades mundanas que los definen. Puede que
el tabaco cometa ruptura y arrastre hacia la deriva al pobre anciano que embebe
el jugo de una vida para él recién estrenada, pero la esencia de ese afecto
incondicional hacia Diana equivale a todos las caladas que Jacinto ha inhalado;
un amor enjuagado con susurros acariciantes, empalagosos, adictivos al oído, que
la mujer agradece que nunca se acerquen a una obligada abstinencia.
La noche llega tardía, los
grillos entonan cánticos chirriantes, los árboles se inmovilizan ante un viento
que aminora, las estrellas relucen ante un cielo desmarañado y la pareja, sigue
su estancia en ese jardín, en el cual encontraron el amor lindamente vicioso y soplado
por una humareda de palabras azucaradas de romanticismo y arriada sensatez.
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