sábado, 20 de junio de 2020

FILANTROPIA







FILANTROPIA

Filas extensivas se afanan para visitar a una adorable anciana, amparada por una ancestral sapiencia. Ella no presume de estar repleta de poderes macrocósmicos. Cree que el planeta simplemente la ha llamado a la puerta para redimir a entes humanos con limitaciones u otros aquejamientos que impiden una vida satisfactoria. Esa mujer, de tez bronceada, raíces africanas, guineana de origen, se ofrece para abrazar sin ningún recato a múltiples desamparadas almas que sufren sin aliento ni respaldo curativo. 

En medio de las Ramblas barcelonesas la longeva mujer, con un cuerpo surcado de pliegues y bolsas en la faz, que delatan su avanzada edad, no tiene prejuicios cuando sabe que una llamada, casi mística, hace que su cuerpo sea acogido por esos casos urgentes que atentan la salud de manera agravante. Con su pelo, recogido con un moño, de color negruzco y alisado, presta todo su servicio al público que se encuentra sobrecogido de tormento. Más nadie sabe como ha podido viajar hasta Barcelona. Como surgida de la nada aparece en medio de una calle en la que un rebosar de turistas, indígenas y gente migrante de diferentes regiones de la Península Ibérica, se congregan sin pudor, para sentir arropamiento y calor a través de unos abrazos afectuosos. 

Algunas personas, abrumadas por un dolor físico que no cesa, sienten utópicamente la calma apaciguada de una persona que es casi analfabeta. Sin tener la capacidad, no obstante, de leer ni escribir, tan solo un habla empobrecida de palabras que ha recogido auditivamente sabe a la perfección lo que cada ser necesita para ser feliz. Un arropo arrollador, un cariño protector o un enternecimiento que no tenga frontera para posarse en los brazos de una señora que aparece retratada en portadas de periódicos, en revistas de salud holística, en diferentes secciones de crónicas en las que esta mujer africana se convierte en una noticia estelar, cuyo impacto lector no pasa desapercibido.

 La hechicera del siglo veintiuno, una dama que no presume de dotes sobrenaturales ni esotéricos. No tiene bagaje académico ni trayectoria experimental desde un ángulo laboral. Tampoco es gran conocedora de culturas exóticas, ni tiene pasaje a bordo declarado. Es una aparición que llega a la ciudad catalana y vive y se alimenta de cálidos abrazos que los plebeyos reclaman. Algunos reticentes, otros más confiados, otros casi cegados por la necesidad de ser rescatados de algún percance catastrofista, que ha devastado sus vidas desnudándolas de cualquier vestigio de calidad suficiente, se acercan rogando ser comulgados.

Ella no es sacerdotisa, no está vinculada a ninguna orden religiosa. Más bien es agnóstica, cabe decir, no cree en un Dios materializado, que nos esté señalando y vigilando constantemente desde las alturas celestiales. Sin embargo, allí esta. Sentada en un tapiz de color amarronado, con callosidades en los pies, completamente descalza y con una parca sobre un vestido descolorido y casi perforado por una antigüedad incalculable, espera paciente a recibir a sus vástagos, sus honorables ahijados. 

Así ella lo siente, madre de todos los gestados en un mundo versátil, tiene el deber del cumplimiento a suavizar y a aclimatar almas errantes, que han perdido el comando para dirigir sus vidas hacia un destino lleno de sabia moralidad y corregir esos errores mundanos, que pueden comprometer la calidad de vida humana, y obligar a las personas a pagar un precio de dolor francamente encarecido, e incluso imposible de mitigar.


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