EN BUSCA
DE LA SABIDURÍA
Un caballero en tiempos inmemoriales se preguntaba que diablos estaba haciendo en un mundo controvertido,
amordazado, sellado ante la blandura de un goce al que no le era permitido
acceder. Su armadura, hermética, regia, tan gruesa por un material blindado, no
le dejaba mirar de frente, saborear la magia de las bellezas de una naturaleza
mutable y galante ante un tiempo de avance imperecedero. Una visera que casi cubría
la cavidad craneal apenas le permitía comer. La esposa, Nora, le procuraba el
sustento a través de pequeños orificios por los que porciones alimenticias
parecía iban a ser introducidas e ingeridas por un hombre que se sentía desolado.
El griterío de palabras ardientes de rabia no cesaba ni un instante. Nora estaba
harta de tener un esposo con el que no poder conversar, tampoco abrazar ni
besar. Ese hombre, siempre absorto en su vida interior ensuciada por sedimentos que
bloqueaban el paso hacia una ternura y un cariño marital. Su hijo, de seis años
no conocía a su padre. Lo veía como una escultura de mármol, una especia de figura
de escayola a la que sentía aversión cada vez que intentaba un acercamiento. La
armadura era cada vez más dura, más compacta y gruesa. El caballero no podía
vivir con semejante tortura y un día decidió armarse de valor para salir a
buscar ayuda en la lejanía de unas praderas colindantes. Allí los caminos
parecían no tener fin. Todo era pasividad y liviandad. El paisaje le ofrecía
ingredientes para quedarse embobado de admiración, pero, el hombre tan identificado
con ese disfraz horrendo era incapaz de agradecer el mágico mundo de las mil
maravillas de una naturaleza sonriente y simpatizante. Una voz, de repente, le
hablaba. De hecho, varias voces parecían despertar al unísono dentro de un
cerebro casi oxidado por la armadura tan longeva y llena de fisuras, fruto de
un desgaste colosal. Un arlequín, con una ardilla y varias golondrinas, que se
recreaban ante un vuelo remolón de rama en rama, veían al pobre hombre desgastado
de fuerzas para seguir luchando por una vida que carecía de sentido alguno. Ese
arlequín provocaba al caballero las ganas de abandonar el bosque en el que
se encontraba atrapado. El hombre sentía que se estaba volviendo loco. Más la locura
estaba muy lejos de ser bienvenida. Más bien la consciencia le llamaba a la
puerta. Esos animales sin cautividad mostraban al hombre la reivindicación a la
libertad más preciada. Con piruetas y volteando el cuerpo ante un espacio
totalmente ahuecado y engrandecido de ingravidez querían mostrarle el camino
hacia el desprendimiento del miedo y las dudas.
A dos pasos de ese camino
que no tenía residencia de destino, un castillo fortificado, que parecía
abandonado a la suerte, pero gallardo en proporciones esperaba con paciencia al
caballero para que pudiera enfrentarse a esa cobardía que lo invalidaba hasta
el punto de dejarlo desmantelado de armas para acabar con esos miedos
intrínsecos invasores. El arlequín batía en palmas su afán por invitar al hombre
a aproximarse a la torre imponente. El caballero sentía sus piernas flaquear y
una llama enroscada, ígnea, que desprendía fogonazos se acercaba para
impedirle el acceso al castillo. Ese fuego candente no había hecho más que
empezar a intimidar al caballero, pero sin más ese hombre que había quedado
hermetizado mentalmente se repetía el mantra de ser valiente, de ignorar las
necedades de un fuego que simbolizaba la resistencia a poder hallar un refugio
para encontrarse consigo mismo y transmutar esa armadura metalizada, que impedía
que pudiese recrearse ante los placeres más nimios.
Una oleada de coraje,
repentinamente no lo hacía retroceder a pesar de las llamaradas inflamables que
se prestaban a vociferar palabras de ultraje y desdén. Ahora el caballero se
acercaba al castillo y con ímpetu abría la puerta para acceder. Las llamas se
encogían, el fuego prendía con poca agudez y el calor de una hoguera que
casi chocaba con un cielo raso ya había empequeñecido y las brasas no
quemaban a través de la armadura del caballero. Al otro lado, el castillo había
desaparecido y el hombre con una sorpresa radiante se había despojado del miedo
a ser él mismo y la armadura, como consecuencia, se estaba derritiendo ante el
ardor de un fuego impetuoso. Sin apenas esfuerzo, ya había dado un paso al acceso de las compuertas de una merecida libertad.
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