domingo, 7 de junio de 2020

EN BUSCA DE LA SABIDURÍA







EN BUSCA DE LA SABIDURÍA


Un caballero en tiempos inmemoriales se preguntaba que diablos estaba haciendo en un mundo controvertido, amordazado, sellado ante la blandura de un goce al que no le era permitido acceder. Su armadura, hermética, regia, tan gruesa por un material blindado, no le dejaba mirar de frente, saborear la magia de las bellezas de una naturaleza mutable y galante ante un tiempo de avance imperecedero. Una visera que casi cubría la cavidad craneal apenas le permitía comer. La esposa, Nora, le procuraba el sustento a través de pequeños orificios por los que porciones alimenticias parecía iban a ser introducidas e ingeridas por un hombre que se sentía desolado. El griterío de palabras ardientes de rabia no cesaba ni un instante. Nora estaba harta de tener un esposo con el que no poder  conversar, tampoco abrazar ni besar. Ese hombre, siempre absorto en su vida interior ensuciada por sedimentos que bloqueaban el paso hacia una ternura y un cariño marital. Su hijo, de seis años no conocía a su padre. Lo veía como una escultura de mármol, una especia de figura de escayola a la que sentía aversión cada vez que intentaba un acercamiento. La armadura era cada vez más dura, más compacta y gruesa. El caballero no podía vivir con semejante tortura y un día decidió armarse de valor para salir a buscar ayuda en la lejanía de unas praderas colindantes. Allí los caminos parecían no tener fin. Todo era pasividad y liviandad. El paisaje le ofrecía ingredientes para quedarse embobado de admiración, pero, el hombre tan identificado con ese disfraz horrendo era incapaz de agradecer el mágico mundo de las mil maravillas de una naturaleza sonriente y simpatizante. Una voz, de repente, le hablaba. De hecho, varias voces parecían despertar al unísono dentro de un cerebro casi oxidado por la armadura tan longeva y llena de fisuras, fruto de un desgaste colosal. Un arlequín, con una ardilla y varias golondrinas, que se recreaban ante un vuelo remolón de rama en rama, veían al pobre hombre desgastado de fuerzas para seguir luchando por una vida que carecía de sentido alguno. Ese arlequín  provocaba al caballero las ganas de abandonar el bosque en el que se encontraba atrapado. El hombre sentía que se estaba volviendo loco. Más la locura estaba muy lejos de ser bienvenida. Más bien la consciencia le llamaba a la puerta. Esos animales sin cautividad mostraban al hombre la reivindicación a la libertad más preciada. Con piruetas y volteando el cuerpo ante un espacio totalmente ahuecado y engrandecido de ingravidez querían mostrarle el camino hacia el desprendimiento del miedo y las dudas.

A dos pasos de ese camino que no tenía residencia de destino, un castillo fortificado, que parecía abandonado a la suerte, pero gallardo en proporciones esperaba con paciencia al caballero para que pudiera enfrentarse a esa cobardía que lo invalidaba hasta el punto de dejarlo desmantelado de armas para acabar con esos miedos intrínsecos invasores. El arlequín batía en palmas su afán por invitar al hombre a aproximarse a la torre imponente. El caballero sentía sus piernas flaquear y una llama enroscada, ígnea, que desprendía fogonazos se acercaba  para impedirle el acceso al castillo. Ese fuego candente no había hecho más que empezar a intimidar al caballero, pero sin más ese hombre que había quedado hermetizado mentalmente se repetía el mantra de ser valiente, de ignorar las necedades de un fuego que simbolizaba la resistencia a poder hallar un refugio para encontrarse consigo mismo y transmutar esa armadura metalizada, que impedía que pudiese recrearse ante los placeres más nimios. 

Una oleada de coraje, repentinamente no lo hacía retroceder a pesar de las llamaradas inflamables que se prestaban a vociferar palabras de ultraje y desdén. Ahora el caballero se acercaba al castillo y con ímpetu abría la puerta para acceder. Las llamas se encogían, el fuego prendía con poca agudez y el calor de una hoguera que casi chocaba con un cielo raso ya había empequeñecido y las brasas no quemaban a través de la armadura del caballero. Al otro lado, el castillo había desaparecido y el hombre con una sorpresa radiante se había despojado del miedo a ser él mismo y la armadura, como consecuencia, se estaba derritiendo ante el ardor de un fuego impetuoso. Sin apenas esfuerzo, ya había dado un paso al acceso de las compuertas de una merecida libertad. 



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