LA
MUÑECA ROTA
Alma perenne, también disecada
que no se alarma frente a disturbios que anuncian dolor. Un trozo de cuerpo
inerte se manipula con una facilidad implacable. Mi muñeca de labios carnosos,
rosados, mejillas prominentes y unos ojos que se abren como centellas frente a
un mundo amenazante, no se subleva ni admite ninguna señal que pueda alterar la
interacción que, en una recámara muda se produce entre ella y yo. Todo el ambiente
está aletargado y holgazanea con una sencillez casi abrumadora. Yo sentada en
el regazo de una cama blanda, con un colchón que se encoge ante el peso que
deja respaldar, visto, aseo, peino y engalano a mi muñeca preferida. Estrella
le llamo, porque sus cabellos son casi de oro plateado, brillantes como la púrpura
y lacios hasta la cintura que reflejan un color amarillento muy asemejado a las
estrellas que lucen en un cielo desprendido de nubarrones taponados
de agua no vertida. Ella es un testimonio
ciego, pero a la vez autentificado de personalidad. Tiene el privilegio de escuchar
un monólogo que, a través de mi boca intento transmitir con cautela. Los
achuchones y los mimos casi me hacen estremecer de alegría, antes reprimida por
un arroyo de lágrimas acalladas, aunque existentes. Ahora ella y yo somos compañeras de juego,
también aliadas ante un mundo feroz y cómplices de muchos altercados que hacen
que la convivencia tiemble frente a un miedo espasmódico. Estrella parece que
quiere dejar esbozar un sonreír plácido y lleno de hermosura no ficticia. Su
atuendo es elegante, un vestido de pliegues que queda enrollado en una cintura
estrechada ante una delgadez desproporcionada de un color frambuesa, que se
combina con sus labios amoratados, le otorgan el porte de una bella dama. Más no tiene
la facultad de poder hablarme con una voz edulcorada. Un sonajero en su espalda
puede activarse con un botón de contacto que permite que Estrella
ocasionalmente titubee y pueda dejar brotar un sonido de queja reincidente. Sin
embargo, yo intento tranquilizarla con un simulado zarandeo cuando la tengo prieta
entre mis brazos y me consuelo con ese pedacito de cuerpo de plástico moldeable
que nunca me cuestiona nada, jamás tiene la necesidad de suplantar mi identidad
ni afianzar unos derechos que sobrepasen el limbo del respeto e igualdad
incondicionales.
Ahora, ella y yo disfrutamos
de una compañía hogareña, en la que reina el mutismo, pero a la vez un remanso
de bendita paz parece predecir augurios futuros, en los que permaneceremos unidas
a pesar del avance hacia nuevos tiempos venideros. Sentada, con las manos
empuñadas y una mirada inquisidora, busco respuestas a través de una muñeca que
no se presta a dialogar. Busco el antídoto para vivir como ella, sin rencores,
ni deudas a saldar con los mentores, ni reproches ni ningún tipo de ataque
verbal que haga desanclar el derecho a la privacidad más urgente. Estrella,
como un astro milenario que nunca apaga su avidez por resplandecer con la chispa
luminosa que contrasta un cielo ensombrecido por el ciclo de noches
inalterables, ahora es mi mano amiga, mi anfitriona que galardono y aplaudo. Un
ser que a veces da la impresión de que asiente, de que quiere desnudar su alma
y volcar una ráfaga de palabras desgarradas y rotas, para ampararme y dejar que
mis secretos puedan ser compartidos e intercalados sin barreras dicotómicas ni
murallas que prohíban el acceso ante una bien acogida amistad.
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