LA NIEVE Y EL SILENCIO
La oscuridad me encadena. Me siento presa de unas cadenas que oprimen y aprisionan mis entrañas, fláccidas, rociadas por un riego de lágrimas esparcidas dentro de un silencio colosal. La habitación que me rodea es espeluznante. La podría definir como un calabozo en el que siento sin cesar un ahogo casi agónico. Ese silencio tan punzante, tan indeleble y a la vez desolador, me recuerda que estoy casi cerca de un mutismo sepulcral aterrador, insoportable pero veraz. Quizás estoy soñando despierta, quizás es el silencio de la recámara que no me deja vislumbrar chispas de esperanza para acabar con una encerrona apesadumbrada. El paisaje de mi cuarto es tan lúgubre y tétrico que las sombras que lo envuelven, espasmódicas y ondulantes, parecen danzar al unísono en un espacio tormentoso que no se presta a cesar bajo ningún pretexto.
De repente me acerco al ventanal más cercano a mi cama. No sé si estoy soñando despierta. No sé si es el anhelo por querer pensar que voy a ser rescatada de una oscuridad ahogante que me aferro a lo que puedan vislumbrar mis ojos. La panorámica externa me recibe sonriente. Todo es blancura. Unos picos de montaña en los que partículas de luz flotante han calado en lo más hondo de la cúspide. Una nieve escandinava forma capas que se van superponiendo como haces centelleantes, cuyo contraste casi me reanima.
La lluvia es tan gélida y albina que mi alma parece que quiera renacer y fundirse en el ocaso del olvido de un escenario que, en primera instancia, era lastimoso y tenebroso. Ahora sí quiero sospechar que estoy soñando despierta. Afuera todo es reluciente, claro, álgidamente liviano y pacífico. Los copos nevados parecen fabular un baile de gala que no tiene intención de sucumbir. Más bien emergen con un poderío que me deja sin palabras. No hay forma de describir la belleza que exude ese entorno externo tan misterioso, desconocido, pero a la vez familiar.
La nieve glacial deja calar un frío en mi piel que se estampa, como imanes sumidos ante una fuerza de atracción, en un cuerpo de apariencia inerte para dar paso a una sensación reflectante, que ya jamás va a ser sepultada. Puede que en esa habitación pensara que todos mis recuerdos, sentimientos y vagas imágenes de un presente encorsetado por el paso de unos años amortecidos de vejez anímica irían muriendo poco a poco, lentamente, sin dejar huella ni rastro, sin dejar memoria ni constancia de su existencia.
No obstante, esos escalofríos que la preciada nieve me ofrece generosamente, como relámpagos fugaces que se estrellan ante un suelo embaldosado, provocan que me sumerja ante un baile de copos circulares para que, a través de esa blancura regocijada y reavivada, deje atrás el estado obnubilado que me mantenía atrapada en una habitación condenatoria y francamente marginal.
Por fin, parece que la extinción de un negruzco acallamiento da paso a una viveza etérea que reposa en mí sin pretensiones. Simplemente deseo que la nieve, tan impoluta, inmaculada, estrechamente ligada a la pureza y a la simpleza de una naturaleza generosa y complaciente, pueda atraer las ganas de volver a disfrutar de un silencio reconvertido en sosiego, apacible y liviano. La belleza de este paisaje apoteósico no hace más que insistir que salga de mi mazmorra, para contemplar el secreto de las mil maravillas de un entorno nevado y poder fusionarme en esas estelas fugaces, que se derriten en mis manos para sentir el bullente brío de la vida.
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