domingo, 27 de septiembre de 2020

DULCES ENVENENADOS



DULCES ENVENENADOS

Años de aprisionamiento; años de locura desenfrenada; años en los que el alma no suspiraba, temían atentar la integridad de Jacinto. Aquella época lejana, aunque a la vez reciente ha sido la cúpula mágica que le ha permitido soñar despierto, en una aureola nubosa, tan blanda como el algodón, pero a la vez tan amarga como la hiel. Ese profundo sentimiento de soledad, de desazón, más bien de migajas recogidas con una pala de barrer; unos resquicios que no se han prestado casi jamás a envejecer en el tiempo desmenuzado por el dolor más inhumano y atroz, ahora quiere reivindicar estrellas de buena nueva y soles que puedan brillar en un atardecer mustio y grisáceo. Casi a expensas de un acontecer que Jacinto quiere evitar, no le queda otro remedio que enfrentarlo sin contingencias. Paulina quiere celebrar sus bodas de oro; más bien bañadas de oro, pero con un trasfondo mundano y repleto de segundos de infelicidad y tormento. Ella quiere engañarse. Siempre sometida a los quehaceres cotidianos en un castillo fortificado de puertas blindadas a la plática social, no puede atisbar destellos en los que haya un atisbo de esperanza. Más tampoco se resiste. Jacinto mira el reloj. La máquina del tiempo que jamás se detiene, impasible, acallada, indolente ante las experiencias de seres que han cruzado el umbral del riego pasional para acceder a un escenario en el que la mundanidad ya no tiene límites. Juzga a Jacinto, lo acorrala, lo somete a ese fabulado episodio en el que los invitados van a tener que encarar un festín completamente colmado de empalagosos sabores, de saladas y amargas delicias comestibles, también de bebidas endulzadas frente a un paladar insípido.

Cuantos temores, cuantos silencios tensados frente a un ciclo atemporal que ya no se presta a socializar. Cuantos lagrimones vertidos en los rincones de las entrañas más indivisibles ahora quieren aflorar en Jacinto para poder hablar con su esposa sin reservas ni simuladas conductas de bienestar. Se niega a celebrar algo que no tenga en sí mismo el enardecimiento del placer más íntimo entre ambos cónyuges. Antaño tampoco hubo esa calidez a través de abrazos caldeados de efusividad e ímpetu. Ni besos acalorados con aquella rociada brizna de la atracción elementalmente carnal. Toda esa trayectoria casi ficticia y nada concordante con la realidad del momento tiene que pasar factura.

Las seis de la tarde y todo el mundo reunido. Parientes cercanos, amistades afianzadas, conocidos y compañeros de viajes hacia tierras exóticas. Todos ellos circundado la mesa con un hule de franela, bordado de rosas liliáceas silvestres que condecoran un comedor que parece confabularse con ese festejo tan disfrazado de goce y disfrute. De repente, muchas risas sonoras, mucho encaje de complicidad, mucho destape verbal repleto de halagos y cumplidos hacia el matrimonio longevo. Parafernalia, todo un contexto protocolario en el que las palabras de invitados, ajenos a la verdad de una pareja con un trasfondo de amargura y agrio, van brotando de sus bocas junto a los edulcorantes y productos de repostería, tentadores al saboreo, tan irresistibles a ser probados que no tienen desperdicio en la mesa del acontecimiento fiestero.

Minutos tardíos que parecen recrearse y remolonearse ante la escena de hilaridad y acompañamiento colectivo, un ataque al corazón tiene efectos casi letales. Jacinto se desmaya, mientras prueba con ahínco los postres que su esposa había cocinado dentro de una olla automatizada. Una tarta de crema de vainilla y canela, con virutas de chocolate y perlas de anís contorneando los bordes ahora ya son casi los enemigos de la fiesta. ¿Quién sabe? ¿Sería Jacinto capaz de abandonar el mundo sin no antes descubrir que fuera víctima de un emponzoñamiento? ¿Sería capaz de haber agotado su hálito, aquella fuente primaria de vitalidad para rendirse a una muerte caprichosa? Ahora ya no puede cuestionarse nada. El mundo que lo rodea está difuminado por un veneno que no presta a delatarse, pero en el umbral de ese estado mortuorio ve un esbozo de sonrisa en esa esposa y se pregunta frente a una brecha de delirio: ¿Paulina es ese amor que ha intoxicado mi cuerpo? ¿Es ese brebaje que ha embrujado la culminación de la fidelidad conyugal profesada año tras año sin quejas ni lamentos? Jacinto seguro ya no podrá jamás esclarecer ese embrollo. Un cuerpo apergaminado lo tiene en vilo frente a una vida y una muerte que se riñen y disputan sin llegar a alcanzar el zenit de la paz. Más ahora, ya casi sabe sin racionalizar demasiado que, prontamente, ese caudal venenoso de años vividos en penuria va a encharcar en el futuro un amor acogedor e innegablemente dulcificado.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...