CORAZONES DESMENUZADOS
Experiencias lejanas
laten al compás de un corazón fracturado;
son las galardonas soberanas
en una platea,
convertida en la anfitriona de un espacio
humilde y, a la vez, sofisticado.
Una encogida títere;
quizás una muñeca de porcelana,
está a expensas de una relación tóxica
que no deja huella en el ayer ni el mañana.
Tantas noches sonreía al cielo,
creyendo que un trofeo había recibido
como triunfo a un dolor ya polvoriento,
por tantos años retroalimentado.
Creía que mis peticiones
habían concedido a mi palpitar atento
un nuevo intento,
para desembarazarme de un viaje de antaño,
que me impedía estar despierta
por el embrujo de un amor,
adentrado en un mar de lágrimas turbulento.
Más no acerté en mis oratorias;
cada rezo era en vano;
ese amor jovial y lozano
no llamaba al umbral de la puerta.
Partícipes de amor
se congelaban en mis memorias,
como terrones de azúcar,
ya derretidos,
relegando la dulzura original
a un corazón derrotado
y totalmente partido.
Cuantos ataques
mi corazón sintiente ha soportado;
síncopes de dolor se han manifestado,
y muchos pañuelos he secado
con los puños de mis manos.
Ese amor,
hechizado por embelesados besos,
por furtivos abrazos,
por fieras y absorbentes miradas,
necesita ser desechado,
en un barranco despeñado,
para tapiar la sed de culpa,
hacia un ser hipotéticamente enamorado.
El tiempo, desentendido
frente el sufrimiento ajeno,
obstruye la necesidad
de recurrir a un reclamo,
a una desesperación casi roída
por noches de vigilia.
Días sin sabor e inodoros,
por una faz ya demacrada,
por una imagen inherente
marginal y claramente saboteada.
En el presente
un suspiro alentador
se declara fidedigno;
posa en mi hombro
como una golondrina
que después de alzar el vuelo,
se recuesta en reposo.
Se cerciora
que ya ha superado el duelo
de un amor prohibido,
cuya virulencia se ha desvanecido,
para poder aliarse en mi vida
como un noble y bienaventurado esposo.
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