EL ETERNO PRESENTE
Relojes de arena,
de pulsera y de pared
apresuran nuestro cuerpo,
a movilizarse descentralizado
del ahora y del aquí,
plenamente ignorado.
Encabritados, aturdidos,
seguimos avanzantes
con ritmo de galopantes,
hacia un destino no forjado,
impredecible y nada vislumbrado,
sin automóviles con volantes,
simplemente nuestros pasos,
con un incontrolable compás,
condicionados por un tiempo caprichoso
e infaliblemente contumaz.
¿Podemos concluir que el tiempo es una ilusión?
El resultado de una ecuación
entre un pasado y un futuro,
creados por un abanico
de proyecciones mentales,
que nada más lejos de ser reales
tienden a confundir
la lectura de una vida
que solamente pretende una misión:
vivir cada apasionante instante,
como un apetitoso entrante,
degustado con una exquisitez galante.
Y provistos de un sabroso manjar,
que nos ofrece
más de un rotante segundo,
ensalzamos la gratitud de ser y de complacer
a nuestro más venerado corazón
y, sin duda, también semblante.
Almas peregrinas y en sumida pena,
nos paseamos sin pretender la escucha activa,
tampoco la plática coherente,
la mirada compasiva,
la intuición latente,
la sonrisa receptiva:
esa presencia íntegra y fehaciente.
Nos disponemos a partir:
¿Dé dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?
¿A qué puerto nos dirigimos?
¿Quién amarrará el timón
para desembarcar en la isla del tesoro?
¿Dónde yace el verdadero talismán de oro?
¿Quién reconoce el fuero
que todos anidamos,
subliminalmente olvidado
y que yo, por tanto y tanto tiempo, añoro?
Momentos de claridad,
ciudadanos concienzudos,
espero algún día,
abandonemos los rostros irascibles y ceñudos,
y nos despertemos del anestesiado sueño
para integrarnos en un consciente empeño,
a formar una muralla recia e indivisible,
de seres que jamás quebrarán
y, en el tiempo biológico, perdurarán,
como una fortaleza sabedora,
legítima e invencible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario