EL TORMENTO
Años aquejados por el dramatismo;
soledad que encapsula los años;
A veces soñamos con seres de luz,
que vienen a acompañar
nuestro vacío con ahínco y confort.
Son invertebrados,
imperceptibles, omnipresentes,
pueden aparecer y desaparecer sin límites;
no necesitan enmiendas
para circular libremente
por el vasto espacio planetario.
Nos observamos y nos contemplamos
con un asombro desmedido.
La tristeza y dramas de nuestra vida
sucumben por un instante;
intentamos cerrar compuertas
donde el temor no aceche nuestras entrañas.
A veces, nos aferramos a preceptos
provenientes de leyes espirituales,
aprobadas por maestros del saber universal.
De repente, nos desperezamos,
nos incorporamos del lecho
y reclamamos auxilio;
sentimos que estamos al borde del delirio,
con imágenes desdibujadas
que no atinamos a descodificar.
Un abrazo agradable nos reclama atención;
nos complacemos cruzando los brazos
y, mirando hacia el éter infinito,
imploramos una señal de esperanza.
El dolor mengua;
libera destellos
de rencor y de venganza;
y en un bucle de añoranza,
nos aferramos al deseo unívoco
de palpar la libertad acometida
hacia nuevos y tangibles
horizontes de bonanza.
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