TRIBUTO A LA FAUNA SALVAJE
Miro hacia un pavimento rugoso;
percibo aves, gacelas, felinos,
cánidos, úrsidos, homínidos,
como dejan rastro correteando
y aleteando por un mundo vil.
Persisten como héroes de una velada;
desafían los cánones de una mano humana
que los declara amenaza hostil,
en esta tierra de nirvana,
llena de dicha y rayos de luz febril.
¿Cuántas noches y días deben transcurrir
para ser conscientes de un universo gentil,
que pretende acoger a las criaturas,
sin desperdiciar el encanto
que emanan al sentir?
Sus cuerpos, emblema de un paisaje pastoral,
que dócil y amable
extiende los brazos a los animales
que se congratulan de formar parte
de un círculo focal.
Biólogos y naturalistas han apostado
por perpetuar las especies de un planeta
que se incendia hacia la hecatombe,
por un dominio soberbio
qué defiende el exterminio
de animales maestros,
que solamente aspiran
a avanzar con una meta.
Proliferan sus vidas,
procrean el futuro linaje
sin consumirse por almas corrompidas
que pretenden posicionarse con fervor
hasta erradicar un poblado animal
de culto y de honor.
Sueño con un arca
que integre animales bajo un mismo
decálogo,
formando un coro de voces que reivindique
un sendero de especies
que consigan el hallazgo
de estar sanas y salvas.
Sin malhechores que, a fuerza de látigo,
impongan un castigo,
que recaiga en el olvido
del recuerdo amigo,
de compañeros de bosques,
aldeas, montañas y junglas.
Seres que jamás ponen en riesgo
una integridad intachable,
un instinto resaltable,
un coleteo insaciable,
un emplumado envidiable,
una mirada amigable,
un lamido afable.
Todos enmarcados en un cosmos,
predispuesto a regalar
un corazón fraternal
e imperecederamente unificable.
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