VIAJE HACIA EL EDÉN
Nunca olvidaré aquel
viaje en el que buscaba el ocaso de un sol naciente. Andaba casi a ciegas, no
tenía equipaje más no lo requería. En ambos lados, se reproducían ventanales
con una amplitud estratosférica. Parecían espejos en los que yo podía
contemplar siluetas de proporciones asimétricas. Con una observación menguada
por el deslumbre de una luz misteriosa, en la que mis ojos quedaban entornados,
apreciaba haces trenzados que iban extendiéndose a lo alto, casi a punto de
rozar el éter. Eran espectros que no tenían fisonomía, ningún rostro que se
asemejará a una figura humana reconocible.
No obstante, yo veía en
el trasfondo luminiscente pequeñas facciones diminutas que pedían socorro.
¿Quién eran? Me preguntaba. Seguía avanzando y avanzando con agitación. El
suelo se veía desdibujado, con baldosas que se ensanchaban y dejaban entrever
un despeñadero al fondo de un pasillo que lo percibía inalcanzable. Los
espectros laterales no cesaban de mostrarse trepadores. Iban alzando su erecto
tronco y dejaban percibir esfinges infantilizadas con ojos amenazadores, un
rostro desfigurado y un cuerpo emborronado, que no permitían que yo pudiera
continuar con mi viaje encauzado hacia un destino liberador.
Me sentía presa por el
pánico. Esas figuras serpenteadas que se iban contorsionado mientras yo andaba
sin cesar, buscando una salida de emergencia, me tenían desquiciada. Los
espejos me invitaban a ver un reflejo fantasmal. Yo me percibía inexistente.
Solamente esas criaturas amorfas intentaban entonar algún sonido que no llegaba
a descodificar.
De repente, en la parte
más alta de su tronco faces de bebés berreaban sin cesar, solicitando cobijo.
Yo no entendía dónde había ido a parar. Miraba hacia el techo, pero una cúpula
con un tejado vidrioso, lleno de santidades que simbolizaban la antítesis
frente a cualquier axioma de bondad, no podían suponer el desenclave de un
viaje tormentoso. Más bien un encuentro delirante conmigo misma que no hacía
nada más que empezar.
En cada paso que daba los
espejos circunvalaban mi trayecto y esas formas serpenteadas, tan dispares y
aterrorizantes, me hacían sentir que sería víctima de un ataque cardíaco en
cualquier instante.
El escenario que pisaba
en segundos se convertía en una pesadilla infame. Los espejos de pronto
desaparecieron. Una penumbra arrolladora se apoderaba de mi ser. Sentía los
pálpitos de un corazón desgarrado de fuerzas. No podía preguntar a nadie. No
había presencias que pudieran salvaguardar mi identidad. Más estaba allí, en
ese espacio sin ley, que me aprisionaba las vísceras y provocaba en mí la
necesidad de escabullirme.
¿Alguien puede oírme?
De pronto un grito ahogado repiqueteaba frente a un espacio ingrávido. Los
alrededores ya no exudaban la brillantez inicial que había atisbado. Todo eran
entes eclipsados por una negrura que no desembocaba hacia un posible
desvanecimiento. Aquel espacio que, en primera instancia, estaba poblado de
espejos, ahora se convertía en un corredor lúgubre, estrecho y alargado, con
voces de ultratumba que se acercaban hacia mí.
Podía estar pisando un
cementerio con almas errantes que no encontraban el son de paz? ¿Podía ser yo
que hubiera muerto y ahora estuviera en el purgatorio del infierno? ¿Podía ser
un viaje onírico que me sentenciaba a vivir situaciones de tortura sin una
justificada razón? Demasiadas preguntas hervían dentro de un cerebro que sentía
que alguien lo estaba oprimiendo. Cada vez lo sentía más adolecido, aquejado
por un dolor que no se prestaba a amainar. No había posibilidad de escapatoria.
Un eco ensordecedor empezaba a pronunciarse. Voces chirriantes que se me
antojaban aborrecedoras se iban aproximando.
Miraba hacia los
costados, pero ya no podía reflejarme en ningún espejo. El suelo había quedado
hecho trizas. Las baldosas habían deformado su forma original. No había fuerza
de gravedad, en cambio yo podía andar, a pesar de sentir mi brío flaquear. Mis
pies parecían farolas danzarinas que iban alumbrando mi tránsito indefinido. La
oscuridad, cada vez más invasora y repelente, me acosaba con despecho. Sentía
que era una carcelaria frente a algún verdugo que me conduciría al patíbulo sin
posibilidad de salvación.
En el horizonte más
obnubilado unas presencias se acercaban con ahínco. Voces hambrunas apagaban su
sed de venganza e iban cantando al unísono un mantra irascible. Querían
poseerme. Todo era muy difuso. Estaba petrificada. Quería saltar al vacío. Un
acantilado sería mi punto de fuga para despojarme de ese oasis infernal. Las
voces no se detenían. El timbre fónico resonaba en el ahuecado espacio en el
que mis pies se encontraban desanclados. Todo el trasfondo, de repente, se
volvía ígneo. Yo no podía parar de caminar a pesar de mi repentina parálisis
mental. Cascadas de fuego iban supurando para formar un círculo iridiscente de
cuerpos rollizos.
Yo sentía que me iba a
desmayar. No podía continuar ese viaje sin ver la luz del sol. Sin notar el
calor y la calidez de un abrigo incondicional. Sin embargo, estaba atrapada en
mi propia red. Las presencias no se apiadaban de mi congoja ni de mi terror
escénico. Notaba el temblor de mi
cuerpo. Un cosquilleo y un hormigueo electrificaba mi toma de contacto frente a
cualquier objeto. No podía pedir ayuda. Mi voz había dejado de emitir fonemas
entendibles. Estaba sola en ese pasillo, semidesnuda, descalza, con un camisón
holgado que azotaba mis tobillos. Tenía ganas de gritar, pero mi voz disecada
se encontraba ante un estado de indefensión que no podía concebir. Pero ahí
estaba. Sola, desamparada, desolada. No existía ninguna posibilidad inviable de
que esas presencias corpulentas pudieran retroceder y dimitir frente a su
intento de ataque terminal.
Intentaba alzar el grito
mientras las cascadas de fuego en el preludio del pasillo se dilataban. Se
revolcaban con fiereza y desmadre. Ardían sin freno posible. Yo sentía que era
presa de un hechizo. Un hechizo que parecía cavaría mi tumba. Más debía actuar.
Intentar pleitear frente a una efervescencia calorífica que el fuego dejaba
emanar sin piedad. No había consuelo alguno para una persona que quería
finalizar un viaje hastiado que solamente podía englobar un pasaje laberíntico,
en el cual el corredor no parecía tener un aposento, aquel albergue de acogida
en el cual recostarme y arroparme. Mis pasos eran cada vez más ralentizados, más
apesadumbrados y jadeantes por un pavor en mi entrañado imposible de
contrarrestar. La necesidad de gritar a los cuatro vientos me impelía. Una
fuerza interior me presionaba para que mis andares fueron más vigorosos, más no
podía obedecer los dictámenes de mi consciencia por una oscuridad intimidatoria
y asfixiante que me tenía secuestrada de pies a cabeza. Me había convertido en la
esclava de un hechizo que estaba atizando mi memoria.
No tenía el poder de
pensar, de reflexionar, de analizar, de decidir como huir de aquel encontrado
tan odioso y apabullante. El corredor que atravesaba lo percibía como una
mazmorra en la que me había convertido en una vasalla, que no tenía ningún
derecho a rechistar ni a reivindicar libertad.
¡Mi libertad!
Una bombilla diminuta,
pero a la vez con un cierto furor fosforita se encendió en mi mente. Podría
encontrar la libertad, siempre que me prestara a liberarme de ese maldito y
enclaustrado infierno. Miraba a los costados y no había reflectores. Los
espejos se habían exterminado, las voces quedaban posicionadas a una cierta
lejanía, las figuras caracoladas ya no dejaban exhibir rostros de infantes que
clamaban auxilio. Solamente estaba yo, prisionera de guerra, desterrada de la
faz de la tierra, en un lugar esotérico, maldecido, hechizado y sentenciado al
sufrimiento más horrendo.
Enfrente tenía un ángulo
de visión que me permitía acercarme a las cataratas de fuego. Caían desmayadas
desde una cúspide casi imperceptible ante unos ojos llenos de bruma. Una niebla
espesa me cegaba por segundos. A pesar de esa imposibilidad de percepción,
podía detectar la llegada de cazadores furtivos que invadirían mi cuerpo como
espectros carroñeros, con el fin de colonizarlo y, finalmente, devorarlo sin
ningún lastre de compasión. Desde esa perspectiva en la que iba andando en una
superficie completamente desclavada frente a cualquier toma de sujeción
gravitatoria, aves rapiñas que yo describía como murciélagos iban formando
circunflejos a mi alrededor. Con unas alas emplumadas y oblicuas rodeaban mi
cuerpo y pretendían arrastrarme hacia un diabólico claustro. Podía intuir su
intención subliminal. No tenía escapatoria o quizá sí. De repente cerré los
ojos, me palpé el plexo solar, la mano derecha la deposité en el corazón, recé
el mantra de la Santísima Trinidad para invocar una huida frente a esas bestias
inmundas. Los segundos parecían inacabables. Solamente ese ritual que yo aplicaba
para rehuir espectros que querían demolerme podría resultar efectivo, si
conseguía reclamar mi libertad atracada.
Los murciélagos aleteaban
y se regocijaban con su virulento planeo sin importarles mi integridad. El
miedo era tan punzante que sentía que el viaje que había emprendido no tenía
fin. El destino me había sido arrebatado, sin posibilidad de hogar, de posada,
de refugio, de cavidad protectora frente a tanta malignidad conjurada. Ahora
solamente me tenía a mí, despoblada, prácticamente desvalida, con un cuerpo
escuálido y unas punzadas que sentía en mi piel, llena de cardenales y
moratones por las sacudidas frente a un viaje tan relampagueante y accidentado.
Algo debo hacer,
pensé. De repente, pensé en el miedo que sentía. Era atrofiante y llevado a un
extremo maximizado. No había forma de atenuarlo. Yo me sentía agotada de tanta
pugna por insistir en preservar mi identidad. Una vela tenue y prácticamente
incolora, de sopetón, posó en el centro de mi corazón. Yo no comprendía como
había aparecido. Quizás era magia blanca. Quizás un bendito bufón. Yo no podía
hacer preguntas. Los murciélagos me rozaban con sus alas puntillosas. Se
acercaban a mí y vociferaban palabras que no podía descifrar. Parecían palabras
exorcizadas, poseídas por algún convenio establecido con Satán. Palabras verbalizadas para proclamar sus agallas y su poder supremo y, así, transfigurar mi ser.
Un retumbo muy prominente
se manifestó. Yo no detenía mi marcha a pesar de esas aves carroñeras tan
repulsivas. Ese tembloroso terremoto parecía cada vez más acechar con un
soberbio protagonismo. Los murciélagos empezaban a tambalearse, como si
pudieran acceder a un despeñadero sin reservas. Todo mi alrededor adoptaba un
sombrío aspecto. A mis costados iban brotando plantas de color malva, púrpura,
violeta y turquesa. Yo no comprendía. Hacía unos segundos todo estaba
beatificado por un rito maléfico que quería hacerme trizas y ahora el viaje era
más augurador. Miraba mi corazón y la diminuta chispa de vela que, hacía unos
instantes irradiaba tímida, ahora adoptaba un grosor majestuoso. Se
desarrollaba fulgurante, resplandeciente, abrillantada, límpida.
Los murciélagos,
mensajeros de un infierno colosal, ahora estaban reduciendo su masa corporal. Yo
avanzaba casi alcanzando la cima de las cascadas que seguían prendiendo fuego
en un vacío que no parecía tener llanura. Me sentía insignificante más no tan
presa por un terror que inicialmente había trastocado mi serenidad. Las plantas
crecían en los laterales, se proliferaban y se jactaban de su galante silueta
en un tiempo que yo lo relacionaba con un nuevo amanecer.
¡Dios mío! mi libertad.
Sin saberlo a ciencia cierta, en unos infinitesimales segundos comprendí. Mi
viaje era un reflejo de mi estado emocional. Los espejos un símbolo en el que
yo podía observar mis sentimientos inundados por una constante ambivalencia.
Esa imagen de una persona que se debatía entre el cielo y el infierno. Era capaz
de sentir dolor y a la vez alegría. Infelicidad y a la vez dicha. Temor y a la
vez coraje. También admiración y rechazo. En cualquier caso, empezaba a
comprender que el viaje me invitaba a ver mi estado anímico, todo el decálogo
de creencias, opiniones y percepciones en relación con mi vida. El viaje no era
más que un simple recopilatorio de las vivencias que en estado consciente
lidiaba, a veces con más entorpecimiento y, en ocasiones, con mayores proyecciones
hacia el éxito.
En el preciso momento de
atisbar ese pensamiento revelador, una masa sin osamenta se iba acercando hacia
mí a millas luz. Los murciélagos empezaban a derretirse por esas cascadas que
seguían cayendo como tempestades arrastradas por la corriente eólica hacia un
precipicio profundo y sin acabose. Mis ojos, como dos linternas, empezaban a
vislumbrar un atisbo muy ahondado de esperanza. ¿Quién podría acudir a mi
encuentro? Todo el viaje lo había hecho casi a tientas. No había habido
municiones, ni presencias humanas, tampoco claves, consignas ni ningún
vaticinador que me condujese hacia una buena nueva, próspera y rompedora frente
a un dolor masacrado.
Lo que presencié, no
obstante, me maravilló. Un espectro angelical venía a mi encuentro con una
carta en mano. Exudaba una luz que no podía desmerecerse. Su tronco, protegido
por un corpiño de algodón muy ceñido, las alas de plumón y una blancura tan
albina, me obligaron a esbozar una sonrisa casi de ensueño. En el bajo vientre
un cinturón con una placa metalizada, de un color dorado centelleante, anunciaba
la palabra muerte.
Sin pensarlo, ese ente
casi de fábula dejó brotar destellos focales de luz amarillenta proyectados
hacia el centro de mi corazón. No hablaba ni tampoco sonreía. Tenía unos ojos
tan repletos de verdor acaramelado, que me sugerían penetrar hacia un paraíso
lleno de sosiego. Su mirada escrutadora, un semblante solemne, pero a la vez
complaciente, no provocaba en mi la necesidad de levantar desconfianza ni
recelo.
Más bien parecía una
figura salvadora. Alguien que acudía a mi encuentro en ese viaje tan distante
de mi ciudad natal, de mis ancestros, de mi estirpe y de mi propia identidad.
Todo era confuso, incierto, abrumador, lleno de una impotencia que yo sentía
temeraria. Ese ángel, sin embargo, se anunciaba como un mediador, que traía
consigo un mensaje transcendental y decisivo para salir del corredor tan
tétrico en el que me sentía encarcelada. Sus ojos enternecedores me obligaban a
mirarlo sin juicios, sin reproches, sin agresiones ni palabras ultrajantes.
Casi carente de
premeditación, pude sentir como mi alma se expandía. Esa figura me arrancaba la
piel y me arrebataba el corazón para introducir en él una antorcha fulgurante.
Yo no entendía más no preguntaba. De repente, el espectro desplegó unas alas y
me desancló del suelo ingrávido que yo ocupaba. Volábamos a millas luz hacia
esas cascadas torrenciales que yo había interpretado que me llevarían hacia el
purgatorio. El abismo era impredecible y ahondado, no parecía tener un final
fijado por un tiempo biológico. Más no importaba. Nada ya importaba. Yo volaba
pensando que se me cortaría la respiración. Inhalaba oxígeno, irrumpido por un
primario temor, pero me sentía a merced de un detonante que se me antojaba
atisbarlo como próspero. A pesar de ese escepticismo que protagonizaba todo el
despegue hacia el fuego vehemente y enfuriado, veía como las cascadas exhibían
varias cabezas cónicas, que representaban cada capítulo de mi vida, en el cual
había sentido pánico a reconciliarme y a aceptar mi ser sin reservas.
Las cabezas eran
protuberantes, causaban repudio, pero el ángel me arrastraba consigo para
fundirme en esas cascadas resplandecientes de fuego. Yo miraba esas monstruosas
facciones y me parecían figuras procedentes del infierno más agónico. De
entrada, una retracción se apoderaba de mí, pero mi mentor angelical penetraba
en mi corazón y hacía que la llama de la rendición prendiese sin ninguna
reticencia posible.
Una voz mística reclamaba
que soltara cada una de esas dudas y temores que habían precedido mi
trayectoria de vida. El ángel se proclamaba mi acompañante en un viaje que
había supuesto ser una pesadilla horripilante. Ahora, por fin, podía ver una
escapatoria después del pudiente y demoníaco estado que había dominado toda mi antología
de vida.
Déjate ir, sin penas ni lamentaciones. Sin
culpas ni críticas. Delante de mí tenía un pergamino rotulado que el ángel
desenrollaba e introducía dentro de las cascadas de fuego. Las letras relucían
belleza y clamor. Un encanto exuberante que no desmerecía aprobación. Yo veía
el ocaso del sol que había estado anhelando durante todo el viaje. Solamente
era cuestión de estar receptiva y predispuesta a vencer los diablos que me
habían mantenido con vida, pero sin vivir en mí con absoluta plenitud.
Me sumergí dentro del
fuego que prendía con furia. Sentía que me diluía por segundos en una sensación
cálida, acogedora, agradable y gozante de bienestar. Mis ojos se alzaron hacia
el infinito y me di cuenta de que el ángel ya no estaba. Había abandonado su
aparente presencia corpórea.
El fuego era como un
proyector que lanzaba bengalas que depuraban cada célula, músculo, hueso,
tejido y órgano de mi cuerpo. Se llevaba toda la escoria emocional que había
almacenado durante demasiado tiempo en mi subconsciente.
La antorcha en mi corazón
crecía hacia el infinito y yo subía como si quisiera tocar las nubes y el
firmamento. No sentía inseguridad, ni congoja. Tampoco desidia ni tristeza. Era
libre y esa libertad que había demandado se convertía en una compañera de viaje
fiel y constante, transparente y comprometida a velar por mi seguridad más
preciada.
Podía reconocer el
mensaje del ángel. Había aterrizado en el Reino de los Cielos.
Por fin, me había fundido
en la pureza de la luz y del amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario