lunes, 29 de diciembre de 2025

VIAJE HACIA EL EDÉN

 



 VIAJE HACIA EL EDÉN


Nunca olvidaré aquel viaje en el que buscaba el ocaso de un sol naciente. Andaba casi a ciegas, no tenía equipaje más no lo requería. En ambos lados, se reproducían ventanales con una amplitud estratosférica. Parecían espejos en los que yo podía contemplar siluetas de proporciones asimétricas. Con una observación menguada por el deslumbre de una luz misteriosa, en la que mis ojos quedaban entornados, apreciaba haces trenzados que iban extendiéndose a lo alto, casi a punto de rozar el éter. Eran espectros que no tenían fisonomía, ningún rostro que se asemejará a una figura humana reconocible.

No obstante, yo veía en el trasfondo luminiscente pequeñas facciones diminutas que pedían socorro. ¿Quién eran? Me preguntaba. Seguía avanzando y avanzando con agitación. El suelo se veía desdibujado, con baldosas que se ensanchaban y dejaban entrever un despeñadero al fondo de un pasillo que lo percibía inalcanzable. Los espectros laterales no cesaban de mostrarse trepadores. Iban alzando su erecto tronco y dejaban percibir esfinges infantilizadas con ojos amenazadores, un rostro desfigurado y un cuerpo emborronado, que no permitían que yo pudiera continuar con mi viaje encauzado hacia un destino liberador.

Me sentía presa por el pánico. Esas figuras serpenteadas que se iban contorsionado mientras yo andaba sin cesar, buscando una salida de emergencia, me tenían desquiciada. Los espejos me invitaban a ver un reflejo fantasmal. Yo me percibía inexistente. Solamente esas criaturas amorfas intentaban entonar algún sonido que no llegaba a descodificar.

De repente, en la parte más alta de su tronco faces de bebés berreaban sin cesar, solicitando cobijo. Yo no entendía dónde había ido a parar. Miraba hacia el techo, pero una cúpula con un tejado vidrioso, lleno de santidades que simbolizaban la antítesis frente a cualquier axioma de bondad, no podían suponer el desenclave de un viaje tormentoso. Más bien un encuentro delirante conmigo misma que no hacía nada más que empezar.

En cada paso que daba los espejos circunvalaban mi trayecto y esas formas serpenteadas, tan dispares y aterrorizantes, me hacían sentir que sería víctima de un ataque cardíaco en cualquier instante.

El escenario que pisaba en segundos se convertía en una pesadilla infame. Los espejos de pronto desaparecieron. Una penumbra arrolladora se apoderaba de mi ser. Sentía los pálpitos de un corazón desgarrado de fuerzas. No podía preguntar a nadie. No había presencias que pudieran salvaguardar mi identidad. Más estaba allí, en ese espacio sin ley, que me aprisionaba las vísceras y provocaba en mí la necesidad de escabullirme.

¿Alguien puede oírme? De pronto un grito ahogado repiqueteaba frente a un espacio ingrávido. Los alrededores ya no exudaban la brillantez inicial que había atisbado. Todo eran entes eclipsados por una negrura que no desembocaba hacia un posible desvanecimiento. Aquel espacio que, en primera instancia, estaba poblado de espejos, ahora se convertía en un corredor lúgubre, estrecho y alargado, con voces de ultratumba que se acercaban hacia mí.

Podía estar pisando un cementerio con almas errantes que no encontraban el son de paz? ¿Podía ser yo que hubiera muerto y ahora estuviera en el purgatorio del infierno? ¿Podía ser un viaje onírico que me sentenciaba a vivir situaciones de tortura sin una justificada razón? Demasiadas preguntas hervían dentro de un cerebro que sentía que alguien lo estaba oprimiendo. Cada vez lo sentía más adolecido, aquejado por un dolor que no se prestaba a amainar. No había posibilidad de escapatoria. Un eco ensordecedor empezaba a pronunciarse. Voces chirriantes que se me antojaban aborrecedoras se iban aproximando.

Miraba hacia los costados, pero ya no podía reflejarme en ningún espejo. El suelo había quedado hecho trizas. Las baldosas habían deformado su forma original. No había fuerza de gravedad, en cambio yo podía andar, a pesar de sentir mi brío flaquear. Mis pies parecían farolas danzarinas que iban alumbrando mi tránsito indefinido. La oscuridad, cada vez más invasora y repelente, me acosaba con despecho. Sentía que era una carcelaria frente a algún verdugo que me conduciría al patíbulo sin posibilidad de salvación.

En el horizonte más obnubilado unas presencias se acercaban con ahínco. Voces hambrunas apagaban su sed de venganza e iban cantando al unísono un mantra irascible. Querían poseerme. Todo era muy difuso. Estaba petrificada. Quería saltar al vacío. Un acantilado sería mi punto de fuga para despojarme de ese oasis infernal. Las voces no se detenían. El timbre fónico resonaba en el ahuecado espacio en el que mis pies se encontraban desanclados. Todo el trasfondo, de repente, se volvía ígneo. Yo no podía parar de caminar a pesar de mi repentina parálisis mental. Cascadas de fuego iban supurando para formar un círculo iridiscente de cuerpos rollizos.

Yo sentía que me iba a desmayar. No podía continuar ese viaje sin ver la luz del sol. Sin notar el calor y la calidez de un abrigo incondicional. Sin embargo, estaba atrapada en mi propia red. Las presencias no se apiadaban de mi congoja ni de mi terror escénico.  Notaba el temblor de mi cuerpo. Un cosquilleo y un hormigueo electrificaba mi toma de contacto frente a cualquier objeto. No podía pedir ayuda. Mi voz había dejado de emitir fonemas entendibles. Estaba sola en ese pasillo, semidesnuda, descalza, con un camisón holgado que azotaba mis tobillos. Tenía ganas de gritar, pero mi voz disecada se encontraba ante un estado de indefensión que no podía concebir. Pero ahí estaba. Sola, desamparada, desolada. No existía ninguna posibilidad inviable de que esas presencias corpulentas pudieran retroceder y dimitir frente a su intento de ataque terminal.

Intentaba alzar el grito mientras las cascadas de fuego en el preludio del pasillo se dilataban. Se revolcaban con fiereza y desmadre.  Ardían sin freno posible. Yo sentía que era presa de un hechizo. Un hechizo que parecía cavaría mi tumba. Más debía actuar. Intentar pleitear frente a una efervescencia calorífica que el fuego dejaba emanar sin piedad. No había consuelo alguno para una persona que quería finalizar un viaje hastiado que solamente podía englobar un pasaje laberíntico, en el cual el corredor no parecía tener un aposento, aquel albergue de acogida en el cual recostarme y arroparme. Mis pasos eran cada vez más ralentizados, más apesadumbrados y jadeantes por un pavor en mi entrañado imposible de contrarrestar. La necesidad de gritar a los cuatro vientos me impelía. Una fuerza interior me presionaba para que mis andares fueron más vigorosos, más no podía obedecer los dictámenes de mi consciencia por una oscuridad intimidatoria y asfixiante que me tenía secuestrada de pies a cabeza. Me había convertido en la esclava de un hechizo que estaba atizando mi memoria.

No tenía el poder de pensar, de reflexionar, de analizar, de decidir como huir de aquel encontrado tan odioso y apabullante. El corredor que atravesaba lo percibía como una mazmorra en la que me había convertido en una vasalla, que no tenía ningún derecho a rechistar ni a reivindicar libertad.

¡Mi libertad!

Una bombilla diminuta, pero a la vez con un cierto furor fosforita se encendió en mi mente. Podría encontrar la libertad, siempre que me prestara a liberarme de ese maldito y enclaustrado infierno. Miraba a los costados y no había reflectores. Los espejos se habían exterminado, las voces quedaban posicionadas a una cierta lejanía, las figuras caracoladas ya no dejaban exhibir rostros de infantes que clamaban auxilio. Solamente estaba yo, prisionera de guerra, desterrada de la faz de la tierra, en un lugar esotérico, maldecido, hechizado y sentenciado al sufrimiento más horrendo.

Enfrente tenía un ángulo de visión que me permitía acercarme a las cataratas de fuego. Caían desmayadas desde una cúspide casi imperceptible ante unos ojos llenos de bruma. Una niebla espesa me cegaba por segundos. A pesar de esa imposibilidad de percepción, podía detectar la llegada de cazadores furtivos que invadirían mi cuerpo como espectros carroñeros, con el fin de colonizarlo y, finalmente, devorarlo sin ningún lastre de compasión. Desde esa perspectiva en la que iba andando en una superficie completamente desclavada frente a cualquier toma de sujeción gravitatoria, aves rapiñas que yo describía como murciélagos iban formando circunflejos a mi alrededor. Con unas alas emplumadas y oblicuas rodeaban mi cuerpo y pretendían arrastrarme hacia un diabólico claustro. Podía intuir su intención subliminal. No tenía escapatoria o quizá sí. De repente cerré los ojos, me palpé el plexo solar, la mano derecha la deposité en el corazón, recé el mantra de la Santísima Trinidad para invocar una huida frente a esas bestias inmundas. Los segundos parecían inacabables. Solamente ese ritual que yo aplicaba para rehuir espectros que querían demolerme podría resultar efectivo, si conseguía reclamar mi libertad atracada.

Los murciélagos aleteaban y se regocijaban con su virulento planeo sin importarles mi integridad. El miedo era tan punzante que sentía que el viaje que había emprendido no tenía fin. El destino me había sido arrebatado, sin posibilidad de hogar, de posada, de refugio, de cavidad protectora frente a tanta malignidad conjurada. Ahora solamente me tenía a mí, despoblada, prácticamente desvalida, con un cuerpo escuálido y unas punzadas que sentía en mi piel, llena de cardenales y moratones por las sacudidas frente a un viaje tan relampagueante y accidentado.

Algo debo hacer, pensé. De repente, pensé en el miedo que sentía. Era atrofiante y llevado a un extremo maximizado. No había forma de atenuarlo. Yo me sentía agotada de tanta pugna por insistir en preservar mi identidad. Una vela tenue y prácticamente incolora, de sopetón, posó en el centro de mi corazón. Yo no comprendía como había aparecido. Quizás era magia blanca. Quizás un bendito bufón. Yo no podía hacer preguntas. Los murciélagos me rozaban con sus alas puntillosas. Se acercaban a mí y vociferaban palabras que no podía descifrar. Parecían palabras exorcizadas, poseídas por algún convenio establecido con Satán. Palabras verbalizadas para proclamar sus agallas y su poder supremo y, así, transfigurar mi ser.

Un retumbo muy prominente se manifestó. Yo no detenía mi marcha a pesar de esas aves carroñeras tan repulsivas. Ese tembloroso terremoto parecía cada vez más acechar con un soberbio protagonismo. Los murciélagos empezaban a tambalearse, como si pudieran acceder a un despeñadero sin reservas. Todo mi alrededor adoptaba un sombrío aspecto. A mis costados iban brotando plantas de color malva, púrpura, violeta y turquesa. Yo no comprendía. Hacía unos segundos todo estaba beatificado por un rito maléfico que quería hacerme trizas y ahora el viaje era más augurador. Miraba mi corazón y la diminuta chispa de vela que, hacía unos instantes irradiaba tímida, ahora adoptaba un grosor majestuoso. Se desarrollaba fulgurante, resplandeciente, abrillantada, límpida.

Los murciélagos, mensajeros de un infierno colosal, ahora estaban reduciendo su masa corporal. Yo avanzaba casi alcanzando la cima de las cascadas que seguían prendiendo fuego en un vacío que no parecía tener llanura. Me sentía insignificante más no tan presa por un terror que inicialmente había trastocado mi serenidad. Las plantas crecían en los laterales, se proliferaban y se jactaban de su galante silueta en un tiempo que yo lo relacionaba con un nuevo amanecer.

¡Dios mío! mi libertad. Sin saberlo a ciencia cierta, en unos infinitesimales segundos comprendí. Mi viaje era un reflejo de mi estado emocional. Los espejos un símbolo en el que yo podía observar mis sentimientos inundados por una constante ambivalencia. Esa imagen de una persona que se debatía entre el cielo y el infierno. Era capaz de sentir dolor y a la vez alegría. Infelicidad y a la vez dicha. Temor y a la vez coraje. También admiración y rechazo. En cualquier caso, empezaba a comprender que el viaje me invitaba a ver mi estado anímico, todo el decálogo de creencias, opiniones y percepciones en relación con mi vida. El viaje no era más que un simple recopilatorio de las vivencias que en estado consciente lidiaba, a veces con más entorpecimiento y, en ocasiones, con mayores proyecciones hacia el éxito.

En el preciso momento de atisbar ese pensamiento revelador, una masa sin osamenta se iba acercando hacia mí a millas luz. Los murciélagos empezaban a derretirse por esas cascadas que seguían cayendo como tempestades arrastradas por la corriente eólica hacia un precipicio profundo y sin acabose. Mis ojos, como dos linternas, empezaban a vislumbrar un atisbo muy ahondado de esperanza. ¿Quién podría acudir a mi encuentro? Todo el viaje lo había hecho casi a tientas. No había habido municiones, ni presencias humanas, tampoco claves, consignas ni ningún vaticinador que me condujese hacia una buena nueva, próspera y rompedora frente a un dolor masacrado.

Lo que presencié, no obstante, me maravilló. Un espectro angelical venía a mi encuentro con una carta en mano. Exudaba una luz que no podía desmerecerse. Su tronco, protegido por un corpiño de algodón muy ceñido, las alas de plumón y una blancura tan albina, me obligaron a esbozar una sonrisa casi de ensueño. En el bajo vientre un cinturón con una placa metalizada, de un color dorado centelleante, anunciaba la palabra muerte.

Sin pensarlo, ese ente casi de fábula dejó brotar destellos focales de luz amarillenta proyectados hacia el centro de mi corazón. No hablaba ni tampoco sonreía. Tenía unos ojos tan repletos de verdor acaramelado, que me sugerían penetrar hacia un paraíso lleno de sosiego. Su mirada escrutadora, un semblante solemne, pero a la vez complaciente, no provocaba en mi la necesidad de levantar desconfianza ni recelo.

Más bien parecía una figura salvadora. Alguien que acudía a mi encuentro en ese viaje tan distante de mi ciudad natal, de mis ancestros, de mi estirpe y de mi propia identidad. Todo era confuso, incierto, abrumador, lleno de una impotencia que yo sentía temeraria. Ese ángel, sin embargo, se anunciaba como un mediador, que traía consigo un mensaje transcendental y decisivo para salir del corredor tan tétrico en el que me sentía encarcelada. Sus ojos enternecedores me obligaban a mirarlo sin juicios, sin reproches, sin agresiones ni palabras ultrajantes.

Casi carente de premeditación, pude sentir como mi alma se expandía. Esa figura me arrancaba la piel y me arrebataba el corazón para introducir en él una antorcha fulgurante. Yo no entendía más no preguntaba. De repente, el espectro desplegó unas alas y me desancló del suelo ingrávido que yo ocupaba. Volábamos a millas luz hacia esas cascadas torrenciales que yo había interpretado que me llevarían hacia el purgatorio. El abismo era impredecible y ahondado, no parecía tener un final fijado por un tiempo biológico. Más no importaba. Nada ya importaba. Yo volaba pensando que se me cortaría la respiración. Inhalaba oxígeno, irrumpido por un primario temor, pero me sentía a merced de un detonante que se me antojaba atisbarlo como próspero. A pesar de ese escepticismo que protagonizaba todo el despegue hacia el fuego vehemente y enfuriado, veía como las cascadas exhibían varias cabezas cónicas, que representaban cada capítulo de mi vida, en el cual había sentido pánico a reconciliarme y a aceptar mi ser sin reservas.

Las cabezas eran protuberantes, causaban repudio, pero el ángel me arrastraba consigo para fundirme en esas cascadas resplandecientes de fuego. Yo miraba esas monstruosas facciones y me parecían figuras procedentes del infierno más agónico. De entrada, una retracción se apoderaba de mí, pero mi mentor angelical penetraba en mi corazón y hacía que la llama de la rendición prendiese sin ninguna reticencia posible.

Una voz mística reclamaba que soltara cada una de esas dudas y temores que habían precedido mi trayectoria de vida. El ángel se proclamaba mi acompañante en un viaje que había supuesto ser una pesadilla horripilante. Ahora, por fin, podía ver una escapatoria después del pudiente y demoníaco estado que había dominado toda mi antología de vida.

 Déjate ir, sin penas ni lamentaciones. Sin culpas ni críticas. Delante de mí tenía un pergamino rotulado que el ángel desenrollaba e introducía dentro de las cascadas de fuego. Las letras relucían belleza y clamor. Un encanto exuberante que no desmerecía aprobación. Yo veía el ocaso del sol que había estado anhelando durante todo el viaje. Solamente era cuestión de estar receptiva y predispuesta a vencer los diablos que me habían mantenido con vida, pero sin vivir en mí con absoluta plenitud.

Me sumergí dentro del fuego que prendía con furia. Sentía que me diluía por segundos en una sensación cálida, acogedora, agradable y gozante de bienestar. Mis ojos se alzaron hacia el infinito y me di cuenta de que el ángel ya no estaba. Había abandonado su aparente presencia corpórea.

El fuego era como un proyector que lanzaba bengalas que depuraban cada célula, músculo, hueso, tejido y órgano de mi cuerpo. Se llevaba toda la escoria emocional que había almacenado durante demasiado tiempo en mi subconsciente.

La antorcha en mi corazón crecía hacia el infinito y yo subía como si quisiera tocar las nubes y el firmamento. No sentía inseguridad, ni congoja. Tampoco desidia ni tristeza. Era libre y esa libertad que había demandado se convertía en una compañera de viaje fiel y constante, transparente y comprometida a velar por mi seguridad más preciada.

Podía reconocer el mensaje del ángel. Había aterrizado en el Reino de los Cielos.


Por fin, me había fundido en la pureza de la luz y del amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...