ESTRELLAS QUE YA NO BRILLAN
Arropada bajo un edredón aterciopelado; abrigada hasta la nariz,
solamente dejando atisbar una mirada dormilona, el techo resplandece con un
cruce de luces y chispas por un amanecer que promete destellos solares bien
recibidos.
Araceli intenta incorporarse de la cama. Sus movimientos arqueados
denotan una cierta pereza. Una vida, envuelta de agraciados regalos, prevalece
como un anagrama precintado en las venas de su sangre artística.
Piensa en su madre. El día de hoy la añora. De hecho, muchas veces esa
añoranza se convierte en hastío. Su madre, tan resuelta, emprendedora; una
luchadora con precedentes folklóricos en las raíces, su juventud fue un camino
de gloria. Araceli, muchas veces se pierde en el intento de congratularla.
Querría compararse a la madre, reivindicadora de derechos, activista por
naturaleza, siempre procurando promover el bien ajeno, ahora ya es solamente un
recuerdo mental.
La mente, un ente siempre ensoñado, mantiene a Araceli en vilo. No puede
dormir desde hace una semana. La defunción de su madre Sara la ha desquiciado,
entorpecido y perturbado sin cesar. La chica, ahora ya una treintañera, le
prometió en su lecho de muerte que jamás naufragaría en mares de bravura,
expuestos a una deriva inminente. Sin pronunciar frases ni palabras a viva voz,
quiso homenajearla a base de interpretaciones musicales que tarareaba, a pesar
de su emergente tristeza.
“la Traviata” y “La Sonámbula”: dos recitales de la gran musa María Callas se dejaban entonar entre lágrimas agridulces. Araceli ha arrastrado consigo mismo un talento lírico innato. Ella, el día de hoy, es una joven mozuela que ha tenido en bandeja la posibilidad de triunfar en los escenarios. No obstante, jamás ha considerado que su madre, con una reputación engalanada y esa brizna de poderío que desparramaba en el teatro Apolo de Barcelona, el Liceo de Las Ramblas y el TNC la hubiese contagiado con una voz aguda, sedosa, dulzona, cuajada, profunda y penetrante.
Sara cabe decir que era el paraíso de la admiración y aclamo que la
audiencia no cesaba en aplaudir.
Araceli la visualiza siendo solamente una niña; como sentada en platea
vestía abrigos serpenteados con un vello emplumado; como los zapatos de tacón
charol llenos de estampados de aves exóticas danzaban al ritmo de la música más
contemporánea e inmortal. Las bufandas de veluté, con aromas tropicales, y unas
coronas de aristas que dejaban encajar un tesoro de brillantinas y diamantes
prestigiosos, embelesaban una muchachilla que, acompañada de su padre, se
regocijaba por tener una simbiosis genealógica imposible de quebrantar.
El apellido jamás ha emborronado el aprecio tan genuino hacia una madre
que la hacía lucir vestiditos de volantinas, la peinaba como a las sirvientas
Geishas japonesas: una pinza cruzada que dejaba sujetar la silueta de un moño
bien ajustado con un contorno simétrico y proporcionado.
Ahora en su casa de matrimonio Araceli deja volar los sueños. La ventana
de la habitación compartida le devuelve una sonrisa ahondada de gratitud y
complacencia; también intenta recordar a su madre como lo que era: una princesa
que podía brincar por todos los valles regados de hierbabuena y todos aquellos
lugares en los que las montañas la acompañaban hacia la cúspide del estrellato,
del reconocimiento, del glamur y de la belleza más apoteósicos.
Pero esa nostalgia; esa tristeza que no desvanece. No procura aquietarse
ni por asombro. Asoma su empañada sombra con una frecuencia precipitada que
Araceli es incapaz de torear. Tampoco es que lo pretenda a consciencia. Su alma
está ligada a ese cordón umbilical materno que jamás flaquea. Sangre cantora,
sangre libertina, arraigada a dos generaciones de sopranos: su abuela y su
madre. A la abuela nunca llegó a conocerla. Un infarto en plena actuación en el
Palacio de la Opera en la Coruña desembocó en una muerte súbita, la cual puso
finalización al recorrido operístico de una mujer con un don que podía
irradiarse sin reservas.
–Cariño, baja pronto que tendré que marcharme al teatro. El marido la
reclama.
Araceli no se deja intimidar. Quiere seguir recostándose en esas
pequeñas imágenes enturbiadas que la mecen sin ablandarse. El corazón lo siente
partido. Sara se ha ido, ha huido hacia lugares nada hallados en el mapa
político. En el limbo bien seguro habrá un podio que rendirá homenaje a una
madraza que quería que Araceli pudiera continuar con el legado. Sin embargo, la
chica no percibe esa tostada aurora. La pérdida de la madre es demasiado
rematadora. Siente una tortura interna que la azota y la ciega. Una especie de
voz gimiente, de taladradora que le va perforando el cráneo, le cuchichea que
ya jamás podrá recobrar una vida digna de ser retratada. Quizás es el plomizo
desgarre; quizás son esos nódulos que van enquistando las endebles partes de un
corazón descuartizado; quizás una vida en la que Araceli no acaba de sintonizar
con la fama más enarbolada.
El marido prosigue con un griterío insistente des del salón de la calle Río
de Janeiro del distrito de Verdún.
Ella opta por quedar enmudecida hasta que un portazo hace temblequear
las paredes empapeladas de floraciones violáceas.
Araceli se sobresalta. Parece que el cuerpo de sacudidas frente a una
pareja que se ama con locura. La defunción de Sara, muy a pesar suyo, casi la
vive como su propio retiro. “Quizás debiera jubilarme y pasarme el resto de
mi vida veraneando”. “Día tras día, año tras año, podría festejar el tiempo
honorando a mi madre a través de perderme por todos los rincones del mundo”. “Podría
rendirle tributo fotografiando todos los teatros y anfiteatros que ella hubiera
deseado pisar y venerar”.
Un cúmulo de pensamientos imponentes y salpicados de brusquedad, no
obstante, quedan rezagados.
Araceli se viste con desasosiego. Es un domingo por la mañana que debe
llevarlo con alguna ocupación. Un día libre para gozar de un alardeo primaveral
de aves que se empeñan en picotear, desmenuzar cáscaras de frutos secos y
semillas y canturrear sin importarles la aprobación del aclamo colectivo. Son
simplemente animales que ya han alargado la esplendorosa autoapro bación con
silbidos y crujientes voces, que jamás dejan de sorprender.
Durante ese domingo tan punzante y espinoso Araceli tiene ganas de
ensayar. Unas cuantas partituras la esperan para que la semana siguiente pueda
continuar con las clases de canto en el taller Ensamble. Una de las ocupaciones
que combina con las actuaciones en vivo en el teatro Borrás.
Su voz es suave como el algodón, fina como el musgo y mágica, igual que
las estelas que fulguran y se ensombrecen por eclipses intermitentes.
Sin embargo, siente un cierto retortijón en el estómago. Es vago,
bastante superficial, nada molesto, pero está ahí como un recordatorio.
Su madre parece alentarla desde el paraíso santoral. Podría tratarse de
una corazonada, una llamada del destino, un reclamo de su instinto más
inherente. También el eco de sus proyecciones caóticas, las supersticiones más
extravagantes e ilusorias o, sencillamente, un aviso de la naturaleza.
Frente al ventanal el sol se despliega con rayos que reflejan cáliz y
una buena acogida; unos rayos transparentes como el agua beatificada,
reflejantes como el haz de las velas que van meciéndose por la inercia del aire
más templado, radiantes como la hermosura de su voz increíblemente prestigiosa.
Araceli siempre ha expresado sus penas y alegrías con la calidez de su
voz.
Desde pequeña, en la escuela de primaria Victor Català, dejaba a los
profesores anonadados cuando interpretaba con el acompañamiento de una flauta,
las cinco estaciones de Vivaldi, la Octava Sinfonía de Beethoven y el Himno de
la Alegría. En Navidad era la voz prodigiosa que anidaba renaceres en los
corazones más despechados. Solía hacer vibrar las cuerdas vocales con
villancicos populares en los que muchos alumnos eran partícipes en coros bien
sincronizados. Araceli podía alcanzar un timbre fónico tan sumamente creciente
que la expectación se preguntaba de dónde se había fecundado semejante encanto.
Parecía un hechizo endiosado, un conjuro procedente de un universo alejado a
millas luz de la Tierra, que permitía a la muchacha dejar relucir las
vibraciones vocales con descaro y liberación. Una soprano libertaria, la
llamaban cuando cursaba el cuarto curso de primaria solamente con nueve años.
Una institutriz llamada Loreto, una vez ya en secundaria, la instigaba cizañera
para que se apuntara a una academia de música y, así, poder pulir su arte natal
prominente y flamante.
Araceli, frente a la petición tan insistente de la tutora, quiso probar
futuro en el Ateneo Popular: una escuela semipública de Sant Andreu que acoge a
mozuelos para realizar actividades extraescolares que incentivan y potencian la
creatividad más latente. Desde profesores de piano, acordeón, violín y saxo
hasta mentores de canto de diferentes géneros musicales: soul, rock, reggae,
lírico-soprano y sinfonía clásica.
Allí emergió el portentoso caudal de arte de Araceli. A los dieciséis
años, la madre se desvivía por pagarle matrículas e invitar a la hija a
degustar la chinchilla de la popularidad.
Sara era famosa pero nunca se le subieron los humos a la cabeza. Como a
Montserrat Caballé en la bella comunidad catalana, sentía los pálpitos de la
atracción multitudinaria de miles de seguidores que se quedaban atónitos cuando
los focos alumbraban una silueta tan imperiosa y de gran talante.
No obstante, era una mujer modesta.
En un programa de TV3: un magazín que contrataba todo tipo de
personalidades célebres le preguntaron cómo sobrellevaba con tanta humildad una
fama arrogante y arrolladora. Sara parecía ofendida. Sus manos frotaban
disimuladamente la barbilla con un gesto de impacto.
– ¿Cómo dices Albert?
El presentador Albert Om tampoco comprendía su estupor y persistía en
que la respuesta fuera del agrado del programa y de los televidentes.
– ¿Acaso me estás llamando diva? ¿Quizás para insultarme?
El plató quedó silenciado, sin murmullos, sin quejas a baja voz, ni
susurros ni críticas que pudieran descifrarse. Parecía que su respuesta, tan
límpida, había depurado cualquier sospecha de altanería y engreimiento. Y
realmente era así. Ella no podía concebir la fama como un medio para hacerla
competir, rivalizar y enfrentarse con otros miembros de su mismo gremio. La
sencillez en las pupilas, una mirada asertiva, amigable y una sonrisa plácida
eran características que le profesaban un encanto peculiar.
Su hija, sin duda, al nacer heredó esas cualidades trascendentales y
valorables dentro de un marco social trabado por la necesidad del lujo, la
ambición del magmatismo y la capitalista ideología de la mayoría de los
obreros: clases trabajadoras dominadas por el hambre a contemplar solamente el
alce de los ingresos mensuales y el caudal de bienes traducidos en especies
tangibles.
El día de hoy Araceli recuerda en un bálsamo de lagrimones resbaladizos,
que van derramándose, ahuecando los pómulos paliduchos de la muchacha, como
entró a formar parte de esa élite profesional cantora a base de múltiples
errores, de prácticas de ensayos y de horas sacrificadas de sueño para modular
una voz, en esencia, perfilada, torrencial, inconfundiblemente pendida por una
melodía que sintonizaba con el tránsito imperecedero de una vida caprichosa y mutable.
El profesor del ateneo: un pianista que interpretaba canciones populares
de los Beatles también podía interpretar una pieza de Laura Pausini o de Ainoa Arteta: dos voces que en esta era moderna, al cantar, hacen resonar un abanico
romántico de disfrute auditivo. Su lirismo casi recitado impone esa fuerza que
Araceli siempre se ha propuesto emular.
En dicha escuela aprendió a entonar y a alargar, en el tempo marcado por
el maestro instrumental, una serie de notas infinitesimales que eternizaban el
existente compás vívido. Eran como sonatas, que dejaban a otros aprendices con
los ojos extremadamente abiertos y una comisura de labios, casi aferrada a
disgregarse por un anonadamiento unánime.
Araceli, en aquel entonces, no comprendía la valoración y los
calificativos que los testimonios se empecinaban en articular. Ella se
consideraba como Sara, corriente, mundana a la vez que partícipe de un aspecto
congénito que cualquier persona podía heredar, entrenar y perfeccionar. En
realidad, pero estaba muy lejos de la evidencia y ahora, después de catorce
años, se puede reflejar en el espejo invisible de la vida, como esas migajas
apetecibles se rinden al éxito y dejan de convertirse en escombros
desaprovechados e infructuosos.
Araceli mira el reloj: las doce. Le quedan veinticuatro horas para ir al
teatro Borràs y actuar. Su nombre Araceli Montés se encuentra en esa cartelera
el año 2014. Un año lleva recitando “La Celestina”, “La Casa de Bernarda Alba”,
“Los Gozos y las Sombras” y Madame Bovary”.
Su mánager, un recién nacionalizado en España llamado Dino Sylvano de
Nápoles, quiere apostar por la proeza de la artista y conducirla hacia otros
escenarios más silvestres en los que ella pueda dejar resplandecer sus graves y
agudos sonidos poéticos, en fusión con el vivo y determinante ecosistema.
Bohemia y soñadora, libre pensadora, apolítica y liberalista Araceli
mira el parque de su casa en el que los niños cantan acorde a un ritmo que
marcan sus voces sin batería, bajos ni percusión. Se detiene a escuchar el coro
circular que forman dentro de la verdeada verja del parque circundante,
representado como un gran emblema decorativo dentro de un barrio de estatus
mediocre.
–Venga, Araceli, ¡que tú puedes! ¡Tú puedes!
Un eco atornillador repiquetea en su mente
aquejadora.
De golpe se abstiene a contemplar el parque dentro de un entramado
ventanal.
– ¡Tú puedes, Araceli! No te rindas.
–Dios, ¿Quién eres? Se pregunta
la muchacha.
El resonante recuerdo de una madre que, antes de morir, le regaló un
nacarado brazalete, lleno de deidades egipcias, nunca ha tenido la valerosidad de despojarse de él.
Ahora, dentro de ese cerebro espaciado, un tanto barrancoso, charlatán y
pregonero con una frase de revitalización, siente que su madre no ha muerto
realmente. Solo un cuerpo apergaminado, unas arrugas sobresalientes, unas
bolsas que caen desmayadas bajo el perímetro ocular y unos surcos que deciden
desplomarse en una piel tremendamente despuntada por un envejecimiento atroz,
han sido los agentes que han obligado a Sara a batirse en retirada. Un cuerpo
deshuesado y fileteado ha perecido dejando la chispa de esa energía, que no
decae ni se desmenuza dentro de Araceli.
–Venga, no te rindas, tú puedes.
–Mamá, ¿estás conmigo? ¿Me puedes oír?
–Quizás estoy enloqueciendo por esa desidia desafortunada y fatídica.
Intenta cerrar los ojos unos segundos al lado del cabezal de la cama.
Encima un retrato de la chica cuando comulgó en su comunión eucarística.
Respira y en cada inhalación esa voz que parece enfermiza y casi paranoica no
mitiga, no vence, no se rinde. Insiste en que Araceli reaccione.
Una vida casi de fábula: casada hace cinco años con Ángel: una estrella
del humor más esperpéntico y polemizado; un monologuista reputado con muchos años
de recorrido. Una economía estable, habitáculo humilde pero seguro, confortable
y a gusto de la pareja. Sin pretensiones. Simplemente Ángel y Araceli se tienen
el uno al otro, pero ella ahora debe actuar.
Se retrae, pero le gustaría salir a la calle con un camisón de nylon de
rosa púrpura y gamberrear, juguetear y manipular todo cuanto estuviera a su
alcance. Traspasar la frontera de lo prohibido, de lo políticamente correcto,
de lo socialmente culto, de lo familiarmente cuerdo y veraz. Poder fusionarse
con las amapolas en un jardín de hectáreas abiertas, abanicándolas. Intentar
balancearse con un cuerpo retornado a la niñez más impávida. Poder trotar al
ritmo del viento y cantar a su madre cerca del cielo, a la luz de la luna, en
el crepúsculo sagrado, en la cúpula de las montañas rociadas de densa nieve.
Poder adorar a Sara sin resistencia, frente a la muchedumbre, a gran escala,
sin recelos.
¿Es posible que yo también haya muerto? Se pregunta hacia sus
adentros. Se palpa, se araña con suavidad y siente como la llama del miedo indisoluble
intenta apoderarse de su escuálido y fugitivo cuerpo. Quiere huir, lo tiene
claro. Pero no sabe de quién ni cómo.
La música es su caserón; ese castillo templario que la va a resguardar,
propugnar y abrigar frente a los contratiempos de un destino falaz. Sin
embargo, ahora siente un abultamiento en las sienes que no la dejan despegar.
Esas brumas, tan espesas y cargadas de viejas creencias. Quizás sea el miedo al
orfanato, a la destemplanza, al futuro más desnudo de alicientes y sorpresas
que ya no pueden avecinarse. No lo sabe realmente. O sí quizás. Pero no puede
mirar hacia dentro.
Deja caer el camisón de un plumazo en el suelo embaldosado. Intenta
contemplar su cuerpo semidesnudo, con lencería sintética y tejida de lunares en
las puntas de encaje elegantes y casi se aborrece. Ella misma se sorprende.
Está en el esplendor de la juventud y siente la vejez pisándole los talones.
Todo un matorral de zarzas parece pinzarla y rasgarla por dentro de forma
desentrañada.
Sara nunca permitiría que los complejos en mí fueran un obstáculo para
brillar, se dice. Pero en la
silla, recostada al lado de la lámpara de acero de la mesilla rectangular de
noche, intenta ponerse un chándal para ir a correr un poco. Pasear por el
polígono deportivo de Can Dragó puede apartarla unos segundos de su
apesadumbrada dejadez.
– ¡No te rindas ahora! Intenta alzar la cabeza hacia las nubes.
– ¿Por qué me hablas así, madre?
–No dejes de soñar y vivir los sueños como realidades palpables –insiste
el eco de la voz.
Soñar. Araceli ha soñado toda la vida seguir los pasos de una madre de
temperamento optimista, alegre, vivaz, negada a la pasividad y a la contención
frente a objetivos sólidos y de alcance realista.
Cuando Araceli se casó, creía haber conseguido ese objetivo. La fusión
sentimental perfecta que nunca se prestaría a marchitar con un marido bohemio y
persecutor de una vida anárquica. Los dos artistas completamente consagrados,
siempre han recolectado vitoreos, chispas de alabanzas y encomios negados a la
disipación. La displicencia jamás se ha prestado a ser la protagonista en sus
vidas. Siempre han complacido sus deseos en el nido más íntimo y en los
círculos sociales. Se han sulfurado contra los radicales, los tóxicos y los
maníacos depresivos. Han boicoteado los agresores escogidos por decreto ley y a
los delincuentes del paraíso fiscal. Dos almas a merced de una vida despojada
de criaturas corruptas y vandálicas: políticos parásitos que se nutren a costa
de arruinar naciones y de explotar a las clases populares currantes. Ni
inadaptados, ni rebeldes sin causa, ni insumisos ni gobernantes despóticos. Un
dúo hecho a imagen y semejanza, a talla perfecta: un perfecto encaje.
Araceli en ese instante quiere ventilar su corazón. Desea que nazcan
pigmentos de esperanza; pequeños talismanes tatuados que la acompañen hacia un
rumbo de suerte inagotable. Ella sabe que tiene un compañero a quién amar, pero
muy a pesar suyo, esa imagen del parque con niños que están enfrascados en
juegos infantiles la desarma. Los ve con ojos lastimados, casi derrotados
porque cree que la maternidad ahuyentará hacia tierras fértiles inaccesibles.
Tampoco es que en ese momento se plantee la posibilidad de concebir. Tiene un amarre
artístico tan protuberante que quizás más adelante encuentre un hoyo para
engendrar un nato, que desparrame ese talentoso, estelar y grandilocuente espíritu.
Sin embargo, su deseo, tan protuberante, no lo ve alcanzable a corto plazo.
A Sara seguro que le hubiera gustado ser abuela. Una nieta con broches
rosados e imperdibles dorados en el torso. Una niña con aros en el pelo, cintas
elásticas y agujas decoradas de colores llamativos: la futura reina de la
ópera.
Araceli más que nunca sabe que debe salir de ese estado ensoñado. La
mente, pero quiere un amarre sin precedentes; un secuestro invisible que avance
sin cesar hacia una esterilidad perpetua; una esterilidad en la que la opción
de gestar se contemple como un patíbulo de castigo y muerte.
Debo dejar de soñar despierta, se repite.
– ¡Adelante, campeona! Sal a la calle y congrégate entre la multitud.
Sara llamándola a la puerta de su consciencia intuitiva. Araceli casi
creía que la tenía desterrada, desposeída e inmerecida.
¿Por qué? ¿Por qué no obedecer los dictámenes de un seno materno
lleno de sabiduría pacífica? ¿Cuándo aterrizaré? Una semana después de su
muerte y la muchacha se siente desfallecida, extenuada y fustigada. En cambio,
nada la atiza. Todo ese enredo tumultuoso proviene de predicciones mentales un
tanto extraídas de un pozo imaginario que arrastra aguas que ya no pueden
cristalizarse y depurar cuerpos indigestos. ¿Pero qué demonios estoy
haciendo aquí encerrada un día primaveral, un día puramente sabático para mí?
Nada más pronunciar dicha pregunta, Araceli abre la guardarropía. Quiere
vestirse informal, recogerse el pelo con un gorrito, equiparse con una camiseta
de algodón holgada de la marca Lacoste y unas mallas cubiertas hasta las
rodillas, negras y de licra. Las bambas de poli piel, de color rosa morado con
unos cordones hilados de un blanco cremoso.
Intenta buscar por diversos compartimentos del armario una riñonera.
Mientras tanto, se pelea con billeteros, dosieres, carpetas archivadoras,
monederos, maletas y bolsas de ropa desgastada para hacer gimnasia y mantener
la esbeltez de una feminidad incuestionable.
Va palpando, recolocando, desordenando los estantes hasta que, desde el
altillo, ya subida a un taburete, sin atino y casi a tientas una riñonera tono
yema se desliza y cae plomiza ante la bajera de la cama.
Araceli, fastidiada por haber trasteado prácticamente todos los
receptáculos, la recoge con vigor. Casi daba por perdida la hazaña, pero un
pensamiento mustio la ha empujado y la ha incitado a no rendirse. Abre la
cremallera y pone dos billetes de veinte euros, el móvil, unos auriculares y el
documento de identidad.
12:20h. Perfecto, piensa.
Ángel no llegará hasta las diez de la noche pasadas. Puedo dedicar el día a
mí misma.
De un impulso cierra todas las cajoneras y las cajas de zapatos medio
desordenadas bajo la mesita de noche. Se coloca un reloj de pulsera que un
exnovio en plena adolescencia le regaló: un Lotus plateado que siempre ha
funcionado a la hora británica. Jamás ha tenido la necesidad de someterse a un
taller de reparación; una ganga encarecida, pero al fin y al cabo un artilugio
rentable.
Cierra las cortinas para que la habitación tenga ese pronto de calidez
luminiscente. Esa penumbra tan relajante y honorable que permite el paso del
sol sin hornear el lugar ante temperaturas elevadas, ella cree que es
recomendable. Respira muy profundo. Un aire inhalado con viveza, mirando hacia
todas las direcciones, siguiendo el rostro de su propia sombra ambulante,
considera que debe partir para dar un paseo.
Ais, Dios, ¡las gafas de sol! se dice exclamando un tono recriminador. A estas alturas debería saber
que cabe pasar desapercibida. Nada de alardeos, nada de miradas regocijadas,
nada de comentarios acaramelados, nada de bobadas que recuerden su carrera
profesional.
Baja las escaleras y acude a la portería. En todos los perfiles hay
bares abiertos con clientela expuesta al tapeo y al picoteo de exquisiteces de
marisco y comida de refrigerio. Ella se dirige a la Avenida Meridiana, pero
antes de atravesarla una voz chata e infantilizada la detiene en su marcha
decidida:
–Por favor, un autógrafo.
–Para mí otro.
–Yo también quisiera una firmita. Mi madre es una gran devota de su voz
prodigio.
De pronto, se ve circunvalada en la Plaza de la Iglesia de Ángel Pestaña
por seis niños de unos diez años. La primera zagala que se dirige a Araceli
actúa como portavoz del grupo.
Araceli la escruta con los ojos: tez blanca, pelirroja, con rizos muy
marcados y pequeños acabados capilares con tirabuzones, mirada de sigilo,
atenta, inquisitiva, curiosa, casi algo fisgona, piensa Araceli. Sin más, la
niña saca una libreta en la que estaba dibujando caricaturas de cómics manga.
–Esto es maravilloso. ¿Tú dibujas así de bien? ¿Qué dicen tus padres de
ello?
–Mis padres están divorciados. Mi padre no quiere saber nada de mí. Se
esfumó a mi nacer y no ha dado más señales de vida.
Araceli siente como si la hubieran apuñalado por la espalda. Un
pinzamiento en la columna y contracturas abdominales son los síntomas que
percibe como detonantes. Quisiera haber no preguntado.
La niña percibe su culpa y justifica la respuesta:
–Tranquila, no te preocupes. Mamá y yo vivimos de fábula.
Araceli sonríe apesadumbrada. Una sonrisa algo falseada, fingida,
artificiosa pero aliviada por las palabras de una niña que le recuerda a ella
cuando tenía nueve años.
– ¿Cómo te llamas?
–Mari Luz.
Un nombre que estaba en la lista de Sara: Lucia, Luz, Candela, Gloria,
Paz, Remedios y Araceli. Un repertorio de nombres con connotaciones religiosas,
himnos a la amnistía abierta, nombres representativos con una imagen configurada
mentalmente: nombres de nobleza, embellecedores, revitalizadores y sanadores.
Sara se inspiró en Araceli Segarra: todo un mito de osadía e intrepidez.
Escaladora, alpinista, corredora, una gran trotamundos sin limitaciones
geográficas. Sara opinaba que su hija también podía llegar a la cima más allá
de un Everest cántico. Un pináculo lleno de esplendor, hermosura y carisma.
Araceli mira a Luz con emoción. Una diadema floreada con pétalos de
amapola dibuja una cabecita rechoncha y anivelada. Parece una pequeña diosa
menor que sale a disfrutar de la brisa en plena temporada de primavera.
Araceli siente envidia y unas repentinas ganas de rebobinar en el
tiempo. Quisiera que el presente le devolviera el rostro de Luz al lado de
Sara, su madre más preciada. Pero el tiempo es demasiado contumaz. Raramente se
entretiene en conceder deseos que solamente un genio podría ofrecer.
Los niños que tiene delante la miran y la admiran. Luz, en el centro del
coro, esperando que Araceli le entregue la libreta sin demasiado retardo. Los
otros seis niños no se cansan con sus súplicas.
–Por favor, gran cantante, bella dama, un autógrafo.
Araceli sonríe complaciente, pero sus entrañas las siente resignadas. Se
siente alivianada, pero a la vez atosigada y molesta. ¿Cómo concebir ese
antagonismo emocional?
Entre dos océanos ella se encuentra luchando frente a un escuadrón
infame. No puede ser grosera con personas de corta edad. ¿Pero cómo la han
reconocido con tanta rapidez? De golpe, levanta los ojos frente a la diapositiva
de unos niños que empiezan a ser rompedores en sus peticiones. Tienen mucho
brío y agallas a pesar de su escasa madurez, piensa ella mientras recorre
con un escruto fugaces madres de familia, alejadas del área de recreo que
platican entre ellas, completamente concentradas en sus diálogos.
Araceli acepta los cumplidos de halagos y reconocimientos meritados. Pero
ese domingo tan especial, después de siete días anteriores en los que Sara la
alejara de su vida por un vencimiento desfallecido de fuerzas completamente
irreversible, tiende a comparar a esas familias que están en pleno jolgorio.
Familias que disfrutan de los más peques sin más daños ni truncamientos y
siente celos. Sabe que esa sensación la ahorca. Le conlleva un tipo de suicidio
emocional dividido en episodios melodramáticos. ¿Qué representa mi vida? ¿Un
drama, una comedia, una tragedia, una saga de humor que no divaga, que no se
esfuma ni emigra hacia lugares inexplorados? Ella vuelve a mirar a esas
familias. Niños que nacen con el pan bajo el brazo; pequeños santurrones, niños
del adorable ruiseñor, ángeles posados en el capitolio romano, redentores de
Jesús que ya se han desprendido de la maleza más tentadora, almas con una
pureza blanquecina que parecen incapaces de ser barnizadas. Todavía les queda
una brizna de inocencia en las pupilas, manos y labios.
De repente, Araceli siente ganas de procrear. No puedo, se
reprocha. Debo seguir los pasos de Sara.
Entregarme al proclamo social como una polifacética operista que canta al mundo
con la desnudez más incólume en las entrañas; esa acariciante voz que
intenta aspirar toda mugre que pretende contaminar el universo; una voz
pegadiza que se presta a una imitación; una voz que quiere revelar que la
música afianza cordura, concordia, bienestar y estabilidad energética.
Ante el caos mundial que nos pisotea los tobillos y nos encharca hasta
las nalgas ahora más que nunca esa habilidad artística, entonada a través de
una voz brava, sabia, y sensible debe redimir a todo ser ajeno a la lealtad y a
la honra.
Araceli se siente casi frente al estrado del auditorio en el teatro
Borràs. Sus brazos se impulsan hacia horizontes intocables pero finitos. La
cabeza se doblega y se mantiene erguida como un ave rapaz que voltea frente a
dimensiones soberbias y acogidas por un enraizado firmamento. Todo su cuerpo
parece trivial y lívido. Sin embargo, una porción del alma se encuentra
encorsetada. Es un corsé que prensa las vísceras del corazón, lo ata hacia una
tierra amarga, con sabores ofensivos, corrompidos, podridos y llenos de
ponzoña. En ese estrado todo está desabrillantado a la vez que una cierta
opacidad rebaña una cortina de humo ante sus ojos. Su mente no cesa de viajar
hacia otras colinas, mundos oscilatorios, rumbos mutantes, direcciones
transversales.
Los niños la abrazan y la apretujan contra su bajo pecho plano. Luz se
retira y va en busca de su madre.
–¡Noo! Perdona.
La voz de Araceli se ha visto aquejada por un subidón de adrenalina.
Coge seguidamente la niña del brazo.
Luz frunce el ceño con una expresión de rebelión:
–Suéltame, me haces daño.
–Mira –Araceli se serena y la mira con dulzura –haremos un trato. Yo te
devuelvo la libreta con un poema bonito y una rúbrica a cambio que tú me regales
el secreto de haberme visto en el parque.
–O sea, –Luz se queda pensativa – ¿No quieres que mi madre sepa que
estás aquí?
–Hoy es un día especial para mí. Prefiero disfrutar del atardecer,
dejarme broncear por el sol y perderme por esos rincones cautivadores, que no
cesan de sonrojarse frente al encanto que emanan tan extremadamente radiante.
–No sé si te comprendo –responde Luz abatida como si se acabase de
arrepentir de algo.
Araceli se resitúa y recapacita fieramente. Frente a ella una niña de
diez años intenta traducir la respuesta anterior con palabras francas, sobrias
pero sencillas.
–Querida princesita, lo que intento decirte es que quiero darme el
capricho de pasear y desconectar de mi trabajo, agendas, horarios, tareas
comprometedoras, obligaciones que reclamen atención. ¿Me comprendes bien ahora?
Araceli le esboza una sonrisa de complicidad.
–Sí, claro –Responde Luz agradecida. Pero mi madre quiere venir a tu
próxima actuación. ¿Cuándo se convoca?
–Los lunes, jueves y viernes. ¿Tiene Internet?
–Sí.
–Pues a través de la web podrá descargarse la aplicación y consultar los
intervalos en los que me entrego en el escenario a mis fieles seguidores.
En el momento que pronuncia la última palabra, Araceli siente cosquillas
en el ombligo. Musa e infante han intercambiado un espacio en el que el diálogo
ha encarrilado a ambas hacia una comprensión unívoca, bien modulada y expuesta
de manera uniforme y llana, sin frases circundantes ni retóricas.
La gran travesía de Río de Janeiro está empañada por desfiles de
jovenzuelas que parece quieren engalanar la desgarradora silueta con avances
insinuadores. Araceli observa el tránsito. Es holgazán, recreativo y nacarado
de joyas femeninas, que intentan desobstruir compuertas para hacerse paso firme
hacia la admiración más mediática.
La chica, no obstante, intenta recatarse ante el señalamiento
multitudinario.
Su voz, tan danzante, entonada y timbrada, ese domingo prefiere que le
persiga el desentendimiento ajeno. Toda la avenida la percibe dilatada: un
ensanchamiento descomunal, casi irracional atraviesa sus pupilas. El grado de
observación de la muchacha es agudo. Ella intenta precintar la etiqueta
clamorosa que desde hace catorce años ha consagrado en su entrañado. Lo que
ahora le envuelve, sin embargo, es una aglomeración de sentimientos
yuxtapuestos.
Araceli vislumbra su debut en el teatro Borràs como un tributo a esa
madre que no se extingue, ni tan solo languidece.
El torso de la chica avanza determinante, los pómulos tensados, la
comisura de sus labios entrecerrada con un toque insinuante, de presunción
victoriosa. Siente el pálpito de la victoria meciéndola, le acaricia suavemente
el tronco, la arrulla lentamente y la impulsa a creer que Sara está simplemente
recostada: su muerte, una sarta de amaneceres iridiscentes que ya no amainan.
No pretenden despedazarse ni disgregar la fiel posición a ser exhibidos en el
plató.
Tantos años de vida maternal y ahora un luto, que parece mofarse del
esplendor de una fama voraz, no puede desplomarse ni permitir que Araceli
navegue bajo tempestades marinas irascibles.
Debe abandonar ese duelo que penetra con sagacidad y descaro. Debe dejar
de embeber el jugo amargo de una soledad hiriente.
Sara no querría desolarse bajo la mantilla estelar de un reino celestial
rebosante de gloria. La madre ha sido el punto cardinal en el espacio de
Araceli, que ha propiciado un decisivo eje para amarrar la arraigada estirpe de
un torrente artístico virulento.
Araceli continúa andando contemplativa y siente el cuerpo levitar. La
elevación del podio, el alzamiento de los rostros que, acaramelados, aclaman
con ademanes de aprobación un acto apoteósico. No hay filas que apuntalen un
truculento desenlace. Las escenas teatrales son casi humorísticas, satirizadas
por comentarios aliñados gracias a una voz empalagosa: cantos hímnicos que
reclaman vitoreos platónicos; aplausos gratuitos de franqueza inquebrantable;
una expectación gozosa y halagada; un chirrido de voces de aclamo satisfecho y
prolífico.
Araceli sigue con frenesí atravesando Río de Janeiro. Sus pies, parecen
bailotear con desgarre y desenfreno. Tiene la percepción, mientras tanto, que
la muchedumbre la escruta, la chequea, analiza su cautiva posada bajo un cielo
copulado de brumas que se funden en un soleado paraje arrollador. No hay
testigos, solamente una sombra que va tintando un tramado caminante que se
recrea frente a la brisa matutina: un destino frívolo, intachable, pertinaz.
Araceli vuelve su mirada hacia el horizonte alumbrado de luz
cascabelera. Siente como va emergiendo musicalidad a través de su esplendoroso
reflejo y la va acompañando en su paseo matutino sin pellizcarla. Tampoco la
acosa ni pretende que ella se moleste en desentrañar un alma desgarrada por un
seno materno ya sucumbido.
La joven artista debe enraizarse, desnudar el dolor más sepultado para
desplegar el vuelo hacia escenarios cortesanos.
Los carriles parecen serpentearse. Van sonriendo encandilados bajo la
marcha de una transeúnte que ya ha transcendido la sombra de esa muerte
soberana: una muerte antes llena de vida fructífera, un vientre fecundo y
enraizado que pretendía exponer al mundo la semilla del cáliz escénico. Ese
ruiseñor materno canturreando en los anfiteatros y palacios más gallardos y
acompañados de un público macerado y afianzado ante los gustos remilgados y
selectos.
Araceli anda con pesadumbre. Cada paso es aplastante, como si sus
empeines fueran triturando la caducada imagen de una madre ya rendida ante un
último suspiro. De repente, mira alrededor. La cuneta ladeada abriga plataneros
que van abanicando un silbido eólico que no se disipa. Árboles imponentes,
febriles instantes de un movimiento acariciante van recorriendo
parsimoniosamente las mejillas de Araceli. No hay víctimas ni verdugos. No hay
máscaras ni retratos. Ni fisonomías retocadas. Solamente ella con gafas opacas
que revisten el deslumbramiento de un sol tórrido. Con firmeza fugaz, intenta
prescindir de los chismorreos. También de la palabrería popular: conversaciones
ordinarias, chismes sin sentido que no rebasan la mundanidad de un cosmos
sentenciado al hechizo de un sueño letárgico; seres que vagabundean y comentan
sin más trascendencia. No hay filosofía decodificable, tampoco frases que
induzcan a preguntas de maestría. No hay una brizna de sabiduría que el arte
permita filtrar su posada escénica. Todo son murmullos triviales; un encadenado
de palabras barrocas que no pretenden sofisticar la creación más antropológica
de la que provienen.
Araceli percibe aromas dialécticos que no entonan ningún mensaje que
pueda interpretarse en un entablado que abrigue y propugne un soliloquio con
canto a la libertad, a la vida incipiente, a la sánscrita belleza de las obras
literarias más resonantes dentro de un marco histórico.
El salpullido de voces que irritan los tímpanos provoca en Araceli ganas
de recostarse; como una pequeña evasión hacia paisajes en los que florezcan
soles rebosantes de energía regeneradora.
Ella pasea embaucada por un marco de imágenes que esculpen seres en
constante desazón; un desfile de presencias que no se jactan ante la vastedad
de un universo gentil.
Araceli sabe que ese domingo es sabático y apoteósico. Debe dejar
rebozarse por el resoplo de la Constanza letargia. No cabe duda de que la
artista ha sacrificado duras horas para preparar su posada escénica frente a un
flamante grupo de críticos que escudriñaran su voz penetrante, la cual
seguramente realzará grandes expectativas a través de dichos avivados e
incondicionales observadores. Será el espíritu de la excitación más venerada,
la gozosa llama que la soprano podrá reproducir a través de un vivo calco
rebrotado de su albergue materno.
Sara estaría orgullosa, piensa. Querría que homenajeara su voz servil al encanto de pasajeros
a bordo de un viaje lírico hacia la distinción más dinástica: dos voces
soberbias que se han elevado a una altitud vertiginosa para profesar un arte
cántico que reclama abanicar obras de la literatura clásica, que han procurado
su algidez íntegra y virgen a pesar del recorrido fiel de las décadas y las
tendencias más comerciales.
Araceli se visualiza en el estrado interpretando “La Celestina”: una
obra que ha ejemplificado la grandeza de un amor que fue arrebatado por un
destino caprichoso decantado hacia el malogramiento de Calisto y Melibea. Dos
almas que ambulaban bajo un manto que les fue volcado para estrellarse hacia el
derrumbamiento de un afecto consagrado.
La muchacha piensa en la Celestina: una anciana que mediaba para que dos
jóvenes pudieran garantizarse una unión sagrada desde el albino destello de una
fidelidad intocable. Una figura magistral que consigue que los ojos de Melibea
se derritan ante la caballerosidad de Calisto a pesar de los intrincados
recorridos que éste realiza para ganarse la admiración de su anhelada dama.
Araceli deberá interpretar la pieza de ópera que se fundó la primera
década del siglo veinte. Rendir conmemoración a una representación teatral que
se trasmuta en una trágica condena hacia la muerte colosal de ambos enamorados
representa un grito a la resiliencia del amor más casto. Marca un compás que
traza la secuencia invencible de estribillos en los que el goce más afamado y
el dolor más plausible se alían para converger en un contexto disyuntivo a la vez
que concordante con la realidad de una época, masacrada por amores conducidos
hacia la sepultura, hacia el limbo de lo prohibido, hacia la cima de lo
socialmente escenificado como aterrador y blasfemo. Una amenaza, un canto que
se bate entre una elegía operística. Un jadeo que puede pincelar trazos
coloreados de variables que condecoran una realidad insolente y políticamente
sesgada por una ideología primitiva, que se abalanza a parodiar el amor como un
acto criminalista.
Araceli, alguna vez, ha sentido en su cuerpo el pellizco de un amor
furtivo a la vez que raptor. No recuerda cuándo ni cómo. No puede resituar el
recuerdo ante una platea llana en proporciones, que enfoca una imagen de
desgarre e irrupción desmedidos.
Su relación con Ángel es pasional, impulsiva y reafirmante en el tiempo.
Sin embargo, ella siente un vacío celestino. Necesita un consejero que pueda
hacerla reconducir un cauce de sensaciones que ahora por ahora experimenta
polarizadas. Hay brillos y sombras; colores y espacios carentes de tonificadores;
hay deslumbre y penumbra; hay brumas y claros; vuelos y aterrizajes; viajes y
aposentos; despegues y anclajes. Todo es difuso y contrapuesto. Un mundo
prestigioso que no atiende a razones. Es casi resbaladizo, se escurre a través
de la piel de Araceli a la vez que permanece tatuado. Toda su dermis está
perfilada por esa antología de atributos que se debaten en una antonimia impensable.
La muchacha siente el palpitar de su corazón con una furia encabritada.
Su madre la empaña, la aclimata y le rocía manantiales de éxito potable. Sara
ya no está entre los mortales, Araceli lo sabe. No obstante, mientras pasea por
el recinto circundante de Can Dragó una voz que se ha despojado de timidez y
discreción la apremia. Impele a la muchacha a empezar a correr. Su cuerpo
quiere accionar un ritmo dinámico, sincronizado a través de unos pasos
danzarines. La marcha debe ser veloz para que la añoranza que Araceli alberga
en sus arterias, por una madre con un reflejo empañado de osadas sombras que
emborronan toda toma de lucidez, no demacre su estrellato. Un estrellato
crecido por un clamor social leal y de adoración hacia una diva que ha
colonizado tierras que parecían marchitarse hasta perder todo auge de posible
fertilización.
Los alrededores que percibe Araceli mientras corren son amenos. Una
pista de atletismo tapizada por deportistas obstinados que se entrenan a toque
de cronómetro para romper con las directrices de la fuerza de la gravedad. Ella
ve el asfaltado de un color ocre, con líneas que marcan el despegue de unos
atletas que quieran perfeccionar su agilidad corporal para competir sin
reservas ni renuncias. Unos deportistas que se reactivan a toque de silbato
para alcanzar una meta predestinada al reconocimiento de un posible candidato
premiado: un finalista, un único conquistador que rebate obstáculos para
proclamarse vencedor y un ilustrado accesible a un medallón, conseguido por el
esfuerzo dedicado sin mediar excusas ni tanteos.
Araceli: una corredora que puede cooperar con su biorritmo corporal y
conservar la compostura de una artista que debe proliferar su estética, ahora
no puede arreplegarse ni mucho menos dimitir.
De repente, mira el reloj. La una del mediodía menos cinco minutos. Su
riegue sanguíneo templado a la vez que rebozado por un cierto empañado
sofocante lo siente proliferante. Los cristales oscuros que recubren sus ojos
expresivos y vivaces la ayudan a convertirse en un miembro desapercibido
popularmente.
Piensa en los niños del parque. Luz la reconoció. Los infantes son más
sagaces, agudos, con instinto afilado y salvaje. Se abalanzan sin temores ni
complejos. No temen las contrariedades ni los vaivenes ambivalentes de adultos,
que abultan lugares en los que el rumbo no ocupa un espacio decisivo ni
anclado.
Los niños, como ella opina, son filósofos predispuestos a ser adobados.
Adoran el mundo sin fisuras. No se espantan de las aleccionadas madres que les
exigen ser mejores. No se quedan identificados con los altibajos de una carne
disoluble, volátil, fracturada por múltiples achaques surgidos de una nada
improcedente y nociva.
Araceli de niña era esponjosa, tersa como los terrones de azúcar. Toda
ella reforzada por una ternura estelar. Una potente corriente artística que
plasmaba en las láminas al vacío. Las artes plásticas despertaron en ella la
viveza de jugar con carboncillos, colores pastel, lápices de cera y pintura de
acuarela para plasmar múltiples figuras que retrataban fenómenos
medioambientales: trazos otoñales dejaban desmayar hojas que se desplomaban de
los árboles para emerger una imagen de templanza y sosiego. Hojas que
enorgullecían su pose con grises, tonos negruzcos y contrastes blanquecinos
acompañando una panorámica apaciguadora.
Ella, con doce años, acudía los jueves a una academia de pintura que su
madre se encargaba de costear. La niña se esmeraba por decorar aquellos
perfiles retratados para un despertar futuro hacia corrientes artísticas en las
que la voz precedería y pronosticaría un embelesamiento colectivo. Los lápices
bañados de colorido llamativo tonificarían el entusiasmo de Araceli hacia el
pináculo del resplandor más empírico.
Sin error, en una academia, Arte Sanas, ubicada en el corazón del barrio
de Gracia, podía identificarse con la Dama de Blanco: una obra en la que Wilkie
Collins realza la desfachatez de una familia que se debate en pugna para
conseguir una herencia, a costa de malograr la integridad fraternal de dos
personajes.
Ella esculpía con líneas garabateadas y con elegancia una dama con un
manto que le otorgaba una simbología muy análoga a la Virgen de Lourdes. Sara
le comentaba que la Dama de Blanco en el siglo XIX lucía un tupido velo con un
vestido de encaje que se dejaba holgar hasta los pies galardonando la
esplendidez de un mágico y ritualizado cuerpo. Una inmaculada silueta yacía entre
los suburbios más enredados para dotar de remedio eficaz a una familia de
hermanos que navegaban en una infamia arrasada por un violento oleaje.
–Mi cándida Dulcinea.
De repente, Araceli retoma el presente con la mente abandonada al
sometimiento de un estado más bien disfuncional mientras recuerda como Sara le
espolvoreaba unos coloretes que bronceaban una tez brillante e incolora; como
el sombreado de los párpados eran maquillados con un moderado conglomerado de
colores mixtos: una mezcla rosada y azulada semejante al éter cuando ofrece su
grandiosidad crepuscular, al dejar en escondite un antiguo sol esplendoroso.
–Mi cándida Dulcinea.
Araceli sigue avanzando con un ritmo a toque de diana mientras la cabeza
retumba por esa voz maternal entrañable y clamorosa. El viento lo siente
ventilado y muy acogedor. Parece que va columpiando su sacudida mientras la
cantora siente su alma crujir.
–Mi cándida Dulcinea.
¿Eres tu madre? Araceli intenta establecer un enlace casi virtual
con una madre que ha traspasado a hurtadillas el umbral más metafísico.
–Madre, te quiero. Dame fuerzas para poder seguir actuando sin esa
congoja acechante.
Se repite un generoso paréntesis en el que la voz deja de recrearse.
Unos segundos y vuelve a repicar en las sienes, en los latidos de un corazón
amoratado, en el pulso más latente, en las clavículas rígidas y compactas, bajo
unas cuerdas vocales que destierran afonía.
–Mi cándida Dulcinea.
Esa madre que todo lo perdona, lo excusa, lo justifica, lo relativiza,
lo argumenta, lo explicita, lo edulcora. ¿Es real lo que siento? Araceli
siente flaquear, atenuar el bravo chaparrón de portento arrollador. No debería
consentir que el vacío, que ese cúmulo de cráteres ennegrecidos por un espíritu
adolecido le remitieran una desoladora pena.
La cándida Dulcinea.
Una sortija de oro, un brazalete con diamantes de rubí, una gargantilla
diseñada con una cruz de platino con rostros endiosados en el núcleo. Tantas
perlas complementadas que Araceli ha recaudado de una madre que ya vive exiliada
de la Tierra ahora toca ornamentarlas en el cuerpo de la cándida Dulcinea.
Collares rudimentarios que se regocijaban con talismanes de cinco puntas
estrelladas colgaban del torso de una muchacha con apenas trece años. Unos
imperdibles floreados, con lienzos que dejaban un tacto áspero a la vez que
resbaladizo se prestaban a guarecer una cabeza que todavía no había descubierto
la fama más izada; aquella rendija que dejaba permear arcoíris de grandeza y
majestuosidad galante.
Araceli, tan menuda y tan madura. Araceli, una damisela que no había
estrenado ningún anfiteatro se sentía próxima a una madre que acataba los
estridentes, aparatosos y entonados cantos en sus magistrales actuaciones.
Araceli era una dama de compañía. Aquella mozuela feliz que ilustraba bocetos
con pintura encaprichada a satisfacer sus facultades artesanales más
intrínsecas. Empezaba a saborear una fama que la enderezaba mientras sentía el
pellizco agradable de un subidón discreto de adrenalina en su sangre coralina;
el placer de haber sido premiada por una colegiada que dirigía sus clases
plásticas con el vasto propósito de dulcificar a los alumnos con palabras de
esperanza hacia el perfeccionamiento del arte pictórico.
–La técnica es importante pero el
talento indispensable.
Núria Montero repetía a Araceli un mantra que parecía extraído de un
manual. Sin embargo, no era teorizado bajo ningún libro instructivo, didáctico
ni de objetivo pragmático. Era un consejo gestado desde la experiencia y
articulado a partir del nacimiento de una verdad empírica, a la vez que
modelada por la voz del conocimiento más adobado: sin retoques ni perfilados.
Un conocimiento nada lijado por algún remedio añadido.
Una verdad templaria que Sara, igual que Nuria Montero, compartía con su
hija de manera inequívoca. Una fuente verídica verbalizada desde la semilla
virgen y afamada por dejar germinar resultados infalibles: acabados casi
homogéneos, formas geométricas dispares, otros segmentos que acogían
similitudes en los trazados llenos de color y regocijo visual. Todo podía ser
posible en el mundo del arte. Sara se ensimismaba en su versión irrevocable.
Araceli ahora comprende el mensaje materno aireado de forma oral. De
niña sentía el gusano chincharle las ansias por explorar, palpar, manosear,
remodelar, integrar formas casi surgidas desde una órbita fantástica en la que
los sucesos utópicos podían salpicar veracidad. Igual que los niños cuando
toquetean, golpean, modelan, tantean, manipulan y hacen maravillas con la arcilla
más arenosa. Sueñan a ser magos que pueden construir montecillos de duna que
forman laderas montañosas; juegan a ser bufones que cimentan castillos de
caballería medieval, prueban a cabalgar por praderas que los conducen hacia
palacios cortesanos recónditos. Intentan dibujar un mundo que pueda
flexibilizar su ritmo de danza para llevarlos a un incesante globo contenido de
azucaradas sorpresas, de historias estoicas, de hallazgos casi mitificados, de
fábulas que alimentan sueños conscientes por una algarabía propia de la esencia
infantil.
Araceli y una infancia encandilada de dulces obsequios casi conseguidos
por doquier: Sara perlada de clamados inagotables, apreciaciones en el estrado
por su carrera profesional invaluables, sensaciones ambiguas y salpimentadas de
vanagloria, un traspaso de linaje que Araceli ha adoptado sin continencia.
Una algarabía desmedida.
Araceli se escandaliza con una palabra que Sara le soplaba como un
recital de sonetos de Madame Bovary. A golpe de oído, la niña podía percibir la
alegría de una soprano oradora que no se detenía ante la posada aparente de
limítrofes fronteras.
El regaño no era un buen aliado; más bien un ente que debía emigrar
hacia parajes de vistas nada frecuentadas. Ahora le toca a la muchacha pisar la
cúpula de las nubes caramelizadas, imponer su casta cántica frente a miles de
seguidores.
Mientras tanto, en Can Dragó, un espacio semiabierto, con un pórtico que
desemboca en un recinto constituido por salas ambiguas, un grupo de chavalinas expresan su escultural cuerpo a ritmo de danza sincronizada. El apego casi
compasado no deja indiferente a Araceli.
Ella se detiene bruscamente. Sus piernas quisieran continuar andando
hasta alcanzar el éter, pero un torrente motor de adrenalina no vertida la
induce a quedarse embobada frente a un hilo musical al ritmo de Hip Hop y de
salsa latina. Todos los sonidos musicales que las bailarinas transmiten al
público están condimentados con una gracia y un aireo casi platónicos. Araceli
siente los sentidos balbucear, como si éstos quisieran un acoplamiento con el
sugerente y plácido espectáculo que se despliega ante sus ojos. Ella puede
vislumbrar estrellas que se sienten devotas ante un compás aerodinámico. Todas
las componentes van alzando sus descaradas piernas, retorciendo cinturas,
flexionando caderas, formando curvaturas en los muslos, expresando un
movimiento muy cercano al alce del vuelo; a querer despegar de la tierra más
firme y cimentada hacia un viaje de ensueño.
Araceli se queda paralizada con unos ojos admirados ante un despliegue
de bailarinas que se permiten dejar exteriorizar un lenguaje no verbal lleno de
sugestión, sensualidad y garbeo escénico casi contagioso. Ella sonríe de par en
par. Su faz sonrosada, simpatizante y empática hacia jóvenes promesas dentro de
un retrato artístico no la pueden distanciar. El marco que ella ocupa le evoca
recuerdos de infancia. En la sala de actos de la escuela Elisenda de Montcada
había participado en clases de aerobic al estilo más relacionado con el Pop
Contemporáneo. Recuerda mitos del mundo de la música Disco y del Rock que
fusionaban corrientes melódicas que no se podían eludir: Boney M, Irene Cara,
Laura Branigan, Madonna, Modern Talking, Lionel Richie dejaban entonar con un
brío en sus venas arraigadas de sangre bullente canciones que de pequeña
Araceli emulaba sin preámbulos. Todo su cuerpo lo sentía flotante, liviano,
cristalino, casi derretido ante una gravedad que desafiaba sin murallas. No
había límites, ningún obstáculo que pudiera solidificar las devoradas ganas de
fundirse en un sueño lleno de espléndidas luces bautizadas al ritmo de órganos,
bajos y baterías. Todo parecía fabulado. Un sueño clasista, remilgado, inducido
por un recreo hacia el arte más prehistórico a lo largo de la existencia de la
humanidad. La chispa del lenguaje instrumental que Sara quería inocular a su
hija. La madre no tuvo que emplear ninguna estrategia ardua para influir en
Araceli la vocación fónica. La niña sentía placer al ver a su madre
interpretando la Traviata y el Himno de la Alegría con unas cuerdas que
parecían surgidas desde un corazón famélico por latir y resplandecer en el
Teatro Nacional de Madrid, en la Coruña y en otras tantas comunidades
españolas. Todo lo que recitaba rememoraba libertad, fidelidad, pureza, una
transparencia en la que los sentimientos parecían discutir en un pleito que
jamás llegaría a sentenciarse. Un litigio que no requería veredicto ni
aprobación. Ningún jurado podría cuestionar el talentoso riego de una voz
sopranita imbuida por la delicadeza y la ternura excepcionales cada vez que
comparecía ante el público. Provocaba un efecto vibratorio de vitoreo unánime.
Sus imágenes quedaban fotografiadas y se difundían en diferentes columnas de
prensa. Sara era entrevistada con frecuencia y siempre declaraba que la música
es el espejo platino del alma; aquel reflejo salpicado de agua santiguada que
jamás flaquea ni se deteriora. Un manto beatificado que comulga hermandad,
comunión y un despertar hacia los confines más inalcanzables desde una órbita
mundana. Sara respondía las preguntas con franqueza, sin reservas ni reparos. No
existía ningún atisbo de contención en su voz azucarada de amor genuino y
hambriento por promover deleite en los oídos de una élite mediática. Los humos
jamás tuvieron repercusión en su carrera profesional. Su sencillez era
esponjosa y blanda como el algodón, accesible hacia todos los gremios oyentes.
No insinuaba ni un pellizco de narcisismo. Estaba convencida de su arraigo por
la ópera. El orgullo disgregaba y se oponía a su condición como ser.
Araceli la recuerda por la humildad que Sara salvaguardaba en sus giras
nacionales. Sus premios honoríficos, aquellos galardones concedidos por un
prolongado tiempo de ensayos, de errores y correcciones, de pequeñas recesiones
y galopantes avances, nunca provocaron en la madre la necesidad de sumergirse
en una burbuja de supremacía vanidosa. No era su estilo. Tenía clase, garra,
desparpajo, era una etiqueta comercial, pero ella no se identificaba como un
número oficialmente registrado entre los clásicos sopranos de todas las décadas
precedentes. Su sencillez confundía, consternaba y sorprendía. A la vez
realzaba, decoraba cualquier escenario colonizado e invitaba a la recreación y
al disfrute más campechanos.
Araceli sale de esos recuerdos en los que su madre la instiga a no
detener el minutero del reloj. Araceli obedece las consignas de un corazón que
no bombea, pero puede resucitar en la sucesora gracias a esa actitud que
prospera, que evoluciona bajo el cronómetro de un tiempo indiferente y siempre danzante.
El baile aeróbico finaliza la actuación en Can Dragó y Araceli no
percibe la noción de un cúmulo de instantes que ya han resbalado a su control.
Al día siguiente deberá enfrentarse a un teatro en el que el estrado le
concederá la oportunidad de dotar a la expectación de su talante desgarrador.
La voz, piensa
Araceli. La siente, le susurra, le vocifera, casi la ensordece. El día de ese
domingo se va rindiendo ante un crepúsculo que asoma sin pesar. Intenta no
atribuir a esa voz una identidad descriptiva. Podría ser su propio eco, una
consciencia turbada de dudas que se balancean formando un remolino de preguntas
sin respuesta; podría ser la voz que intenta presagiar la gala operística como
un trofeo asumible.
–No te rindas, nada es imposible.
Madre, ¿estás ahí? Araceli
cree que el alma de Sara la asesora, intenta resolverle encrucijadas de
incertidumbre que entretejen una voz que la muchacha la siente como acuosa,
diluida, desparramada, inaccesible. No obstante, sabe que está ahí, sedienta,
febril, avivada, desafiante, sin corazas ni armaduras sofocantes. Sin abrigos
que hagan tupir la viveza de un cuerpo que vuelca cascadas de rebosante
algarabía.
Se despliega el telón. La reverencia introductoria está a punto de
despegar. La voz de fondo se transforma en un paisaje pueril en el que el
trasfondo centellea y aprueba orgulloso la reconquista de un reflejo celestino
que va al rescate de la amada más deseosa por traspasar un castillo de
tinieblas. El telón se alza igual que un cortinaje que abanica la diva de la
ópera. Todo el escenario irradia ese calor humano condimentado por la fuerza y
el glamur más protuberantes.
–Despega tus alas y vuela
–Madre, ¿Dónde estás?
Un silencio colosal alumbra un teatro que no se ofrece voluntario a
corresponder con una respuesta concordante. Solo un resoplo, un sonido que
repiquetea, que se aleja paulatinamente de la muchacha desnudando el torrencial
mar de incógnitas que antes la habían arrastrado hacia un estado naufragante de
pálpitos. Unos pálpitos que bucean ante un aterrizaje operístico desprovisto de
allanamiento táctil y firme.
El temblor de la voz no ha hecho nada más que
empezar, …
No hay comentarios:
Publicar un comentario