LA ALEGRÍA DE EXISTIR
Una honda cavidad almacena
dunas de silenciada arena;
mi rostro, repleto de arcilla,
tras tantos años mirando el mundo
desechada como una colilla,
sentía un malestar insondable
que al percibirse apena.
Callosidades en pies, manos y frente
acompañaron mi adolescencia,
a una muchacha inerte y vivaz;
mas esos estigmas en el cuerpo
empiezan a resquebrajarse, tenaces,
ante un festival de luces
que alumbra el vertedero
que al arrastre me condujo
hacia un destino amargo
e inequívocamente falaz.
Pequeños riachuelos
riegan mis venas de estima;
manantiales de sentimientos depurados
inician un torrente caudaloso.
El paisaje circundante destella
un marco portentoso de formas y colores;
sentada en una orilla,
mi imagen
se reconoce distinguida y bella.
Un milagro, una quimera,
han reposado durante años
cerca de mi vera,
sin yo darme cuenta
de la importancia de cambiar
el prisma
conceptual de uno mismo.
Sin luchas ni forcejeos,
sin un desfallecer hacia un abismo,
sino levitar en un éter
liberado de brumas
en las que la congestión de culpa,
miedo y dudas
se disocian del egocentrismo,
acarreado de antaño
por una densa nube en mis ojos
que, como testigo,
me exenta
a visualizar un ser
repleto de cordura
y de impecable civismo.
Aquí radiante me observo;
mi caminar es decisivo
la mirada, nada frustrada y humilde;
una sonrisa pinta los labios sonrosados;
en mi corazón luzco imperdibles dorados
que, por alquimia, han transmutado
aquella desdicha impertérrita,
en una hilaridad en avalancha
que, a través del cauce de los ríos,
en mí, al fin, ha calado.
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