Pasos avanzantes se acercan,
en la verja flores se abanican;
con la tibia brisa de un amanecer,
mis ojos desean ver imágenes florecer.
El umbral de la puerta
resignado me espera;
voces mar adentro
se alzan sin pudor;
de antaño proceden
con una plática retumbante y severa
a años luz no asoman brillo ni color.
voces rústicas, insolentes
mis tímpanos ganas tienen de ensordecer;
mas no dispongo de valía
ni fuerza contundentes
para tapizar la escena que visualizo
con un inevitable entristecer.
Nadie se percata de mi presencia,
ojos ajenos enfocan como luciérnagas
la cobardía de una niña que,
aquejada por un viento sombrío,
se retrae despacio
cayendo desmayada,
casi en un roce de embriagada indigencia.
¿Cuánto tiempo perdurará
esa ignorancia parental que no amaina?
¿Será verdad que mi piel ya no se emociona
bajo el alumbrado de un sol resplandeciente?
¿Es soledad o un agujero excavado
que dibuja una cicatriz hiriente
en un cuerpo embalsamado
que ya jamás se reanima?
Un viaje me espera
en la parte opuesta de la entrada;
de puntillas mantengo el apeo
por el empuje de ese discreto aire
que, al ventilarse,
me permite un efímero recreo.
Un hogar duerme, ignorante de quien soy,
qué quiero y hacia dónde voy,
sin saber si poder vociferar
por el vasto universo,
para abastecerme deprisa
de una saga familiar,
que me nutra
con un corazón rebosante,
perfilado por una honorada
y radiante sonrisa.
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