SUCEDIÓ UN VERANO
Y las voces no cesan…
A las once y media Paula está sentada en el banco del hostal. Su abuelo está jugando a cartas con unos
primos de la Vall d’Aran. La niña siente dolor de cabeza, tiene el estómago
revuelto, está paliducha. Sin embargo, una mirada de intriga la amenaza con
sobresalir. El ir y venir de voces en el
salón contiguo no se interrumpen. Un bufete de madera de roble con seis marcos
de plata con retratos de parientes presume en un recinto de semblante solemne y,
a la vez, acogedor. En la pared principal hay cuadros colgados que congelan la
imagen de paisajes pintorescos. En la cocina, la propietaria está tostando
rebanadas de pan. Una estufa de leña se encarga de realizar el cometido. El
aroma que desprenden las brasas es bien recibido. Paula ya ha desayunado, pero
un repentino ímpetu por comer vorazmente invade los sentidos de la niña. La
televisión está encendida. Nadie la percibe más nadie está atento al documental
sobre la Sabana africana. La pantalla impasible sigue su curso a pesar de no
tener espectadores. Cada vez los ruidos de fondo se intensifican. Paula no
conoce el porqué de tanto jolgorio. En la mesa del comedor, un tapiz de color
verdoso cubre la baraja española, en el que varios participantes muestran las
habilidades más talentosas. La niña puede ver como los jugadores consumen un
licor mentolado para saciar la sed. La niña se acerca al abuelo y le pregunta
si puede ir al salón de al lado. El abuelo asiente. Paula se aleja del comedor
y se dirige al lugar de acceso. El discurso está a punto de terminar. Cuatro individuos
de semblante bohemio son los anfitriones del mediodía. Hablan de la anarquía,
la discriminación racial, étnica y cultural y la necesidad de romper con los
prejuicios sociales. La niña mira con rostro embobado. Queda hipnotizada por la voz sonora, dulce y
persuasiva de los conferenciantes. De repente, una necesidad imperiosa de salir
del local hace que los individuos se despidan sin preámbulos, precipitadamente.
“Bajad a la calle si queréis que sigamos
con el sermón” dice uno de los
pregoneros que embaucan a Paula. El
abuelo entretenido con el juego le clava una mirada de disentimiento. Paula se
revela contra él. Se muestra eufórica, como si los forasteros la hubieran
restablecido sin proponérselo. El
abuelo, al ver que su nieta se resiste a la desautorización hace de obstáculo
para impedir que Paula baje las escaleras. La niña se enfurruña, gime,
protesta, llora. Él se muestra
convencido de que esos hombres son de todo menos bondadosos: “Podrían ser prófugos de la justicia,
delincuentes con antecedentes penales o miembros de una brigada mafiosa, quién sabe” – dice. Paula
continua sin ver la otra cara de la verdad. Ella, crédula, está convencida de
que son buena gente. El balcón está abierto. Paula intenta correr hacia allí
para verlos, pero sin fortuna resbala y cae de bruces contra un suelo
embaldosado. Se levanta torpemente mientras, en la calle, un rozamiento
agresivo con los neumáticos frota el suelo de gravilla y dispara una polvareda
casi cegadora. Después de media hora de reloj, los supuestos secuestradores
parten hacia tierras lejanas…
Paula podría, pasados veinte veranos, no estar viva para contar el relato a su hijo de diez. No obstante, en el ahora, es capaz de narrar la anécdota como una hazaña más de su noble y adorable infancia.
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