NAVIDADES MALOGRADAS
Un Santa Claus trenzado de luces que parpadea, como lágrimas cristalinas que emanan reflejos de purpurina ante un suelo adoquinado, me deja prendada. La función de Navidad está a punto de empezar y yo, hambrienta por ver los infantes, cómo despliegan su talento, estoy guardando mi turno para entrar en una fila extensa que abarca tres travesías desde la calle Aragón.
Diez minutos transcurren cuando una chica veinteañera empieza a correr detrás de un joven no mucho mayor que ella. Entre insultos y palabras torpes una discusión ha hecho estallar en llamas una ira contenida que ahora la chica no pretende disimular. La persecución implacable es perturbadora y la muchacha no cesa en ordenar a su pareja que se detenga.
El hombre,
entre la multitud, desaparece a larga distancia sin mediar palabra. Ella
pleitea, pero su intento es en vano. De repente, yo me quedo gélida, quebrada
por una contienda que me gustaría resolver, más no me incumbe. Mi voz interna cuchichea,
siente apenamiento por una Navidad que se desmorona antes de nacer, porque una
pareja de las tantas en el mundo ha resquebrajado a trizas su confianza y malherido
un respeto quizás antes profesado.
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