PEQUEÑOS MILAGROS
Andares vibrantes llenan los pulmones de aire renovado. Peregrinajes hacia tierras beatificadas provocan brotes de renacimiento que germinan y florecen sin cesar. Viajes interminables hacia un mundo bendito, que envuelve las pupilas de liviandad y armonía, cuchichea pequeños estribillos de insectos voladores que dejan rastros imborrables, enjuaga el paladar con sabores dulzones y ácidos y complace la piel con el viento, la lluvia y el manto de luz, rebañado por un sol ardiente.
¡Cómo desvanecerse en la nada sin poder apreciar las simplezas de una vida gloriosa! ¡Cómo no ensanchar horizontes con una mirada encarada hacia el triunfo predecesor! Tenemos infinidad de sutilezas que nos sonríen, que nos miman, que complacen nuestros sentidos en un aura viviente, contenida por un baúl condensado de sorpresas no descentralizadas.
Podemos exprimir al máximo momentos infinitos con actuaciones que pueden
retroalimentar un alma que ya jamás renunciará al vivir. El morir será un deseo
distante, alejado de la mente, que, recelosa, asoma hacia un atisbo benefactor,
victorioso.
Es necesario fotografiar imágenes, panorámicas difusas para darles brillantez y esplendor magnificado. La vida es una galería de arte, en la que cuadros pincelados marcan un rumbo tenaz, una trayectoria hacia lugares sombríos, parajes torrenciales, zonas llenas de contrastes luminiscentes, que juegan con los cromatismos, pero en cualquier caso, nos invitan a dejarnos seducir por el despliegue de una exhibición franca, gratuita, sensata e inmaculada.
El mundo dirige su timón a fuerza de bravura y pertinacia por unos pasajeros a bordo, que se prestan a contemplar aguas rebosantes, nubes escamosas, astros lucientes, soles que lustran una aurora matutina, crepúsculos que se despiden anunciando un anochecer reposado, tormentas tórridas que dejan fregar suelos grabados por partículas arcillosas y minerales sedimentados, de una antigüedad ya aquejada por años de resiliencia.
Montañas alejadas de la civilización primitiva rebosan altitud y gallardía; no se dejan intimidar por escaladores trepidantes que, apalancados en una soga tirante, despliegan el cuerpo hacia una gravedad desprendida, ligera de anclaje y soporte definidos.
Nuevos nacimientos en el ocaso y nuevas defunciones hacen que el mundo, lleno de arte y maestría, fluya sin control hacia un destino velado de realidad. Un destino despegado de cimientos y pilares de sustento. Un destino, que muy en el fondo tiene enraizado un surrealismo en el que cualquier noticia gratificante puede ondular las alas hacia un cielo raso y azulado, saltar con ahínco hasta tocar con las yemas de los dedos la textura de algodón de unas nubes engrosadas, brincar por las praderas como un caballo galopante y desincrustar la mugre grasienta de superficies afectadas por el óxido de una vejez ya no reversible.
Tenemos la potestad de valorar y recrearnos con la sencillez de un mundo
humilde, que se reverencia ante nuestros pies y reclama veneración y una
cordura ilimitadas, para que el milagro de estar vivos pueda quedar inyectado
en el jugo de nuestras células, en la raíz de nuestros genes, en la estirpe que
nos une al mundo como pequeños muñecos de trapo, moldeados y versátiles, con un
caminar hacia un futuro incierto y un presente eterno, que ya jamás podrán
desfallecer ni ser lacrados en el intento de avanzar sobriamente, con una
obcecada contundencia.
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