EL TEMPLO SAGRADO
Casas, castillos fortificados, mansiones, torres de palacio, residencias tridimensionales. ¡Cuantas veces he soñado poder tener un abrigo para aletargarme, reflexionar, meditar, acompañar mi cerebro ante aquellos recuerdos saboreados con una exquisita dulzura!
Mi jardín prohibido no ha podido dejar germinar los esquejes de la rectitud, la fortaleza, aquella confianza que necesitaba para apalancarme en tierra firme y caminar sin tropiezos, sin hoyos profundos, que me harían descarrilar y confundir mi cadena de objetivos que necesitaba zanjar.
La casa de mis sueños tenía tejas rojizas, con una chimenea cimentada por ladrillos grisáceos. El comedor con un leñero en el que las llamas de un fuego chasqueante ardían con valor para climatizar un hogar arrollador. La habitación, con una cúpula de la que colgaban perlas diamantadas, personajes clásicos de leyenda, hélices giratorias, que me ayudaban a viajar en estado sedentario hacia desiertos no monopolizados por la mano del hombre. Mi cuarto tenía que ser aquella torrecilla con la que me identificaba con historias populares como Cenicienta, Blancanieves, la Bella durmiente, la sirena, la Caperucita Roja. Cualquiera de ellas veía una mirilla que les permitía encontrar una tabla de salvación frente a los disturbios a los que se exponían.
Yo soñaba con la aparición de un hada madrina, un príncipe azul e incluso un paje real, que cada Navidad complaciese mis deseos tan determinantes para poder convivir en un ambiente familiar rebosado de compenetración, respeto y entendimiento unívocos.
Con una varita imaginaria, alzaba mis manos hacia un cielo fulminado, chispeado de estrellas inaugurales de esperanza. Otras veces pedía a Santa Teresa de Jesús, mediante frases ritualizadas, un cambio de vivienda en la que el amparo y el arrullo tuvieran una prevalencia ya reafirmada. Oraciones sagradas brotaban de una boca que quería formar un espacio dentro de una órbita gravitatoria, en la que fuera la protagonista de juegos, de actividades compartidas con mis antecesores, amables y cómplices ante mis fervorosos reclamos.
Las plegarias que de manera clandestina dejaba brotar por una boca amarga, sedienta por tener un hogar referencial de gratitud, no llegaban a cuajar ni dejaban rastros en cada uno de los pasos en los que decidía transitar.
Cada trazo, cada segmento, cada recorrido tenía ese lastre apergaminado, espolvoreado, forrado de un tejido del que ya no podía reconocer el colorido original. Mis andares dentro de la casa no eran reales. Estaban emperifollados por toneladas de maquillaje que acababan construyendo máscaras que ya no podían vislumbrar mi verdadera silueta. Mi mentón decaído, las pupilas contraídas, los pómulos contracturados por una rigidez impropia de una niña con ganas de volar hacia mundos sobrios; la boca, encapsulada y ahogada por un llanto apocado, tartamudeado, intermitente, sonámbulo.
¡Cuantos años han pasado y todavía recuerdo la casa hechizada por un conjuro en el que nada de lo que ocurría tenía cordura, lucidez y resplandor! Todo en un conjunto se había convertido en una ponzoña, un alimento que provocaba toxicidad en el alma y ya no podía enmendarse.
Mi cámara de reposo fue reformada: muebles tapizados por una madera prensada y empotrados en una pared de un grosor saliente; muchas estanterías de libros que en mi niñez me habían ayudado a culturizarme y a desarrollar un saber universal que avivaba mis ganas de continuar espectadora de un mundo hipotéticamente feliz; lámparas de pie que iluminaban un escritorio en el que a veces mi biografía dejaba resaltar; más bien un diario personal, en el que todas las sobras de inquietudes y migajas desconsoladas de una desazón inmunda se solapaban ante una pluma estilográfica temblorosa, vacilante.
La soledad era mi aliada, pero también mi enemiga en un templo sacrílego,
del que ya se había profanado la honradez y la predisposición al trato humano
más humilde y noble. No obstante, la reclamaba. Era mi compañera abstracta,
etérea, inmortal. Alguien anónimo, con un rostro intocable, invisible, impalpable,
que nunca traicionaba mis intimidades y mis terribles pesares. Una compañera
que me ayudaba a pasar desapercibida ante un templo de hogar que había
inoculado el derecho a confesar a viva voz mi más terrorífica desidia.
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