AIRE FRESCO
Al niño le
da la impresión de que alguien, como sometido ante un impuesto juramento por un
arma que lo apunta directamente a la coronilla, se ha visto emergido a escribir
temblorosamente esta clave indescifrable a simple vista. ¿Se refiere a que él y
Blackie deben preparar un plan muy deliberado para abandonar la prisión? ¿O se
refiere a los roedores que van a salir aireados y serán los únicos colonos de
unas tierras que tenían pluralidad y diversidad propias? O quizás
haya alguna clave impensable que atañe a ambas personalidades. SANOS Y SALVOS, pero ¿quiénes? Con
signos tipográficos Tommy no puede adivinar qué hay que resolver, aunque
presiente que en estos símbolos se encuentra algún mensaje que asegura una
salvación inminente. El niño y el gato están igual que un perro amordazado; no
pueden pedir socorro, no tienen derecho a ningún gesto de sedición frente a un
gobierno de roedores radicalista, inmoral y exclusivista. Sus bocas han quedado
selladas con esparadrapo o una cinta adhesiva que impide el movimiento labial y
lingual. Al menos, esta es la situación que siente Tommy en su garganta; unas cuerdas
vocales que no emiten fonemas de reprimenda ante una conducta torturante. Pero
ahora el clima de desesperanza parece que quiere empezar a ventilar nuevos arco
iris de consuelo y confort. No sabe cómo, pero tantas consignas querrán
llevarlo a un camino, un tramo de recorrido nada fácil, pero con un final
afortunado. Tommy esconde el talismán en el bolsillo. Por suerte, el girasol y
el pergamino son ergonómicos, se adaptan ante cualquier espacio de dimensiones
variables. En el preciso momento, los pasos del Rey hacen sobresaltar el pensar
ininterrumpido de Tommy. Se acerca a ambas celdas y les dice:
–Quedan dos semanas para completar vuestro
deber a engordaros debidamente. Blackie está redondo como un globo, pero muy
fofo.
Seguidamente, con la
llave entra dentro del cuarto del gatito y lo aprieta con los dedos:
–Demasiado
inconsistente. Debemos enderezar esa piel y ponerla dura como una roca de
arrecife. Todavía no ha llegado tu turno, muchachillo, pero no te impacientes
que contigo se termina la continuidad generacional.
Blackie, por su parte, ni responde ni se
retrae. Parece realmente drogado por algún psicótropo. Su mente no observa la
localidad en la que se encuentra asentado. Tommy oye al Rey cómo inspecciona
cada recodo de la habitación. Nada de nada.
El gato sigue trajeado con un harapo semejante a una almilla con rayas
horizontales de una separación poco diferida. “Todo está en orden”, piensa el Rey. Lo sorprendente del caso es que
no se encamina hacia la celda de Tommy. Es como si el niño no fuese el punto
focal de mira. De un tirón violento, el Rey cierra la puerta y se marcha
silbando mientras Tommy lo observa murmurando con el vigilante del corredor. El
niño suspira con ligereza después de la gran tensión experimentada. Vuelve a
oscuras a extraer el objeto con el pergamino y sigue meticulosamente cada
asterisco con la vista para poder ser más efectivo en la búsqueda de la
revelación tan incierta. Azorado, se deja caer en la única silla que le sirve
de diván para conciliar el sueño y se queda completamente dormido.
En un jardín prohibido, lleno de criaturas
infectantes, Tommy se ve transportado a una masía que curiosamente tiene vistas al mar. La residencia exhibe un molino de viento
y varios corrales en los que animales intentan descansar dulcemente. El niño
anda a través del jardín y tiene la sensación de que el final es insospechable.
El andar es eterno, el jardín tan vasto que parece casi un bosquejo con
senderos ilimitados. La casa, toda de madera de pino barnizada con un tejado
azulado de un toque añil y unas vigas al lado de la entrada, pendientes de ser
reemplazadas por unas tejas que parecen surcadas, dejan huecos entreabiertos en
los que el agua, procedente de un chaparrón impredecible, podría inundar el recinto.
Tommy se siente aliviado después de un escaso pero tentador refrigerio. Él no
recuerda cuando ni donde ha comido. Todo, de sopetón, es una cinta de
diapositivas en que el rodete va dejando plasmar imágenes regidas bajo un orden
cronológico. Sigue avanzado y ve cómo las raíces de los pequeños matorrales,
que alinean el paso, se abren igual que bocas hambrientas para que las ramas
puedan asomar las formas desaliñadas. Todo es poco frecuente, pero
Tommy cada vez siente más de cerca que pisa con firmeza, que está aposentado en
un suelo macizo que no lo abandona. El sueño estalla en escenarios que se
superponen. Tanto se pueden apreciar animales en establos, corrales como los
mismos especímenes pastando y correteando en las cumbres de una zona totalmente
rudimentaria, con un destino que da la impresión de que no se detiene. Tommy ve
el jardín, no obstante, bien podado, límpido, casi incólume. Todas las plantas
tienen flores que, ante una borrachera soleada, procuran utilizar su
esplendidez para posar despiertas e ígneas de satisfacción. Lo que le
desconcierta, cabe decir, es que están inmóviles, a pesar de la brisa marina
que llega, un poco retardada por una distancia prudencial entre mar y tierra.
En una escena que Tommy no puede controlar está frente a un abrevadero, en el que el ganado apaga su intensa sed. Él se observa en una terraza con tres mesas circunferenciales, pintadas de un esmalte blanco, que contiene cestitos de mimbre como centro decorativo. Cuánto más cerca se encuentra del espacio que ocupa, más capaz es de redefinir objetos. Sin pensarlo, un batido de frutas, probablemente de verano, se podría decir por el color, lo aguarda para que con una cañita pueda absorber el líquido dulzón que contiene. El vaso es redondo y bajito, con cristales apedazados, muy entonados, de colores llamativos. Tommy nota el sabor de granada, de piña, de un albaricoque que parece caramelizado y de un melocotón edulcorado por un exceso de fructosa que entumece los sentidos por un deleite inexplicable. Tommy continúa bebiendo a plena luz del día en la que graznidos de aves parecen rodear el lugar con un aleteo irrefrenable. Está descansado, renovado y no sabe por qué. El sol provoca que en su piel nazcan nuevos pigmentos debido al barrido calorífico que se atreve a emanar. Sin embargo, a pesar de que la potencia en la que se calienta el entorno es notable, Tommy no es víctima de una insolación. Siendo blanco, hipo sensible a la exposición de los rayos, en el sueño las capas de la piel no se sulfuran ni llegan a propiciar zonas enrojecidas. De nuevo, en una estrecha distancia vuelve a ser el anfitrión de un jardín en un sueño exótico. La marea desde lo lejos se agita con furia mientras que mamíferos, tan afables como las ballenas, van y vienen inducidos por el compás de una acariciante melodía. Tommy observa el jardín cómo intenta disparar hierbajos, maleza que no es bienvenida en un lugar tan recogido y cálido. Por el contrario, cada vez que sus ojos se proyectan hacia las malas hierbas es como si una escoba hubiera arrastrado todos los vegetales que intoxican e impiden el tránsito de una maravilloso florecer. El sueño viene acompañado por un conservador del medio ambiente; un jardinero arroja pesticidas en las esquinitas en las que nacen los minúsculos brotes herbales para prevenir el aparecer intrusivo de orugas, garrapatas, ácaros y pulgones: grandes amenazas para un embellecedor paraje. Tommy no le dirige la palabra al hombre, que se entretiene a esparcir veneno para no fomentar la aparición de plagas de bichos. Más bien, se agacha para pasar desaparecido, a pesar de querer hacerle varias preguntas, en especial, en qué localidad ha ido a parar. Pero, por su seguridad, decide no alertar la atención de seres vivientes que desconoce. El niño predice que deberá ser el explorador furtivo, como un cazador que, impertinente, se adentra en un área no autorizada. Pero ¿Cuál será el plan?
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