NUDOS POR DESATAR
Delante de sus narices tiene un trozo de papel encartonado que casi resulta repulsivo tocarlo. El reverso presenta un color gris rematado por unas manchas de un negro chillón, escandaloso. ¿Cómo atreverse a deshacer el nudo que sostiene un cordel que amarra un mensaje enigmático? Tommy está desesperado. Se encuentra como situado entre dos mares; un dilema que presenta dos pensamientos que casi se solapan por una ambivalencia inevitable. El niño basa todas sus conclusiones en una apariencia hosca y repelente.
Pero a estas alturas, el muchachillo debería saber que lo que se presenta solamente como una imagen estática o simplemente muda frente a cualquier fenómeno sorpresa ahora ya no es creíble. La credibilidad reside en la utilidad de dicha imagen y no en el continente más superfluo. Blackie es un ejemplo estelar. Un gato recién nacido, ahora de pocos meses de vida, que ha embrujado la mirada de una familia sencilla, modesta, de costumbres cotidianas. Paradójicamente, el gato es incapaz de poder resaltar sus habilidades más personales: cazar, arañar, perseguir al enemigo o erizarse como mecanismo defensivo. Toda una referencia en la que el coraje se encuentra recostado y necesita una gran pala para excavar y dejar soltar esa tierra con todos los gránulos que cubren el caparazón hermético. Por el contrario, tiene poderes que parecen dejar sobresalir un surrealismo inviable, como surgido de una creencia ilusoria.
Tommy se detiene a reflexionar sobre las capas que a todos los seres nos recubren; aquellos disfraces que siempre pretenden conformar una personalidad que convence y se impone ante una mirada turbia, llena de neblina que niega la realidad más latente.” ¡Dios, ayúdame!”, se repite el niño con un tono de queja desgarrador. “Blackie no se pronuncia y yo solo, en mi celda, con toda una serie de secretos que no sé qué insinúan ni porque asoman frente a una puerta de rejas que no me permite escabullirme en estampida con mi mascota”. “¿Qué debo hacer?” “¿Abro o no abro ese papel roñoso, como si de una pieza de anticuario se tratara?”
Su cabeza es como un ventilador que rota colgado de un techo imaginario. De hecho, es como una turbina que gira y gira sin cesión ni descanso. La mano se decanta a coger el pergamino. Tiene una textura áspera, como los documentos que utilizaban los grandes sabios monjes en claustros para escribir información literaria o sagrada. En la Edad Media existía una propensión a la hora de compilar este tipo de textos que eran instructivos, educacionales y despertaban un interés masivo en la sociedad del momento. “¡Edad Media!” exclama Tommy.
Su sueño se remonta en una época en que todo era redactado con estilográfica y pieles de animales que la producción ganadera extraía para reusarlas como manuales y culturizar el pueblo a través del adentramiento a la historia del mundo. Ahora el niño ve, con mucha nitidez, que hay una interconexión que parece empeñarse en poner en balance una serie de hechos reveladores; hechos que quieren difundir una evidencia que Tommy no espera ni por asombro descubrir. Sus manos parecen tentáculos, ya que los dedos van desuniendo un papel consumido por siglos de existencia, como los cefalópodos en el mar, palpando, rodeando, maniobrando sin rendirse. Tommy suda, se sofoca, respira con pequeños síncopes. Su corazón durante unos segundos no prosigue con un latir despreocupado. El sudor que siente riega las sienes de la frente, las axilas, el torso y las manos. Le va regando el cuerpo con un temor desmedido. Aún en ese caso, él continua con la tarea de leer o poder, al menos, comprender con algún dibujo qué demonios encierra el papel con tanto disimulo.
El cordel se desprende y cae desplomado ante unos pies que siente casi de puntillas, casi no sostenidos en un suelo empedrado. El embalado se abre ante los ojos en los que Tommy tiene la oportunidad de ver un jeroglífico; una especie de diseño visual parecido a un arcón enorme con pequeños asteriscos. Prácticamente, ese depósito está poblado de señales tipográficas que suelen estar incluidas en recetas, dietarios, libros de instrucciones o contratos distribuidos por cláusulas, apartados que determinan condiciones a obedecer o para tener en cuenta, como un glosario abierto frente a cualquier lector. Tommy observa el dibujo. Está rotulado con tinta negra gruesa, pero no está impresa, más bien modelada de manera manual con un toque impresionista. Tommy intenta ver el encabezado y el pie de página para conseguir nuevas pistas: SANOS Y SALVOS, con unas letras mayúsculas bastante desdibujadas...
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