ARMONÍA FLORAL
Asoma la
cabeza entre los barrotes y no alcanza a vislumbrar ningún agente que pueda
controlar los movimientos de los presos. La obscuridad que arremete los
enjaulados parece carente de vigilancia con lo cual Tommy, con un tono
cuchicheante, intenta comentarle a Blackie las novedades. El gato está
ensoñado, ni dormido ni despierto, parece rendido ante el convencimiento de que
va a ser el producto alimenticio de los roedores, interesados en la extinción
de la familia felina.
Tommy no
puede dormir. Piensa de nuevo en el pentagrama: la música, un idioma intermedio
entre las palabras y el silencio, el tránsito y la inactividad, el día soleado
y la noche estrellada… Piensa en su padre y la comparación con los pájaros
librados del cautiverio y en el sueño en el que, como ángel, tenía un ala
lesionada. Todo ello, comprimido, como una antología de piezas que revelan un
código comunicativo, no antes concluido, conducen el niño a pensar que va a ser
el poseedor de la llave que los desencerrará de un subterráneo que atonta los
sentidos y obtura la mente, no permitiendo los pensamientos fluir. Blackie, no
resurge, sigue en un ingrato estado cada día más inflado por los alimentos tan
hipercalóricos que consume. De repente, algo sobresalta a Tommy: la libertad de
las especies; lenguaje, música, vuelo, naturaleza, animales, mareas, todo está
adjunto a la libertad. Una libertad completamente robada, atracada por un grupo
de corruptos roedores que traman el acometer de un crimen sin ninguna
justificación racional. Son el anticristo de la anarquía popular, de la
aceptación de las masas y la conciliación de una variedad étnica y racial
análogas. Tommy espera impaciente la llegada de una alarma, sonido, imagen,
figura, esquema, para que queden plasmados en el objeto que parece de culto
sagrado.
El desglose empieza cuando el capullo se ensancha espectacularmente. Los pétalos parecen alas de mariposa doblemente aumentados. Son de un color avioletado, con pequeños lunares bañados de un tono frambuesa muy intenso. ¡Guau! –exclama Tommy. No se hubiera imaginado ni por adivinanza que el capullo se pronunciase. Él deseaba un milagro, un fenómeno paralelo a la realidad para poder acabar de valerse de suposiciones totalmente lanzadas al azar. En cambio, este episodio es palpable, alcanzable, visualmente nada inconfundible. Pero ¿Cuál será el siguiente paso? Tommy sabe con creces que necesita una pequeña insinuación que pueda tener una connotación semántica entendible para ser puesta en ejecución. La flor sigue creciendo vertiginosamente hasta ver los sépalos, los pistilos y el bulbo, que quedan escondidos por un apreciable tallo. Tommy puede reconocer la flor: “un girasol”, se dice a sí mismo, pero transformado en cromatismos. No está amoratado por un sol bronceador, que dejaría relucir un amarillo de un canario refilante o unas margaritas que posan sonrientes ante un tostado atardecer.
El girasol le recuerda al cielo que, como ángel en su reciente viaje astral, cruzaba con una marcha remolona todos los campos que estampaban cuerpos amarillentos parecidos a trazos y borrones desde una altitud considerable. Tommy se da cuenta de que los girasoles son flores frutales que dependen del sol: la luz principal de subsistencia para todas las especies que crecen en tierra fértil y rica en estratos minerales. Una luz que permite que la fotosíntesis pueda hacer mantener los seres con vida, alternando una respiración que los restablece. Sin embargo, ¿Qué relación hay con los poderes de Blackie?
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