jueves, 14 de mayo de 2026

ARMONÍA FLORAL

 



ARMONÍA FLORAL


Asoma la cabeza entre los barrotes y no alcanza a vislumbrar ningún agente que pueda controlar los movimientos de los presos. La obscuridad que arremete los enjaulados parece carente de vigilancia con lo cual Tommy, con un tono cuchicheante, intenta comentarle a Blackie las novedades. El gato está ensoñado, ni dormido ni despierto, parece rendido ante el convencimiento de que va a ser el producto alimenticio de los roedores, interesados en la extinción de la familia felina.

Tommy no puede dormir. Piensa de nuevo en el pentagrama: la música, un idioma intermedio entre las palabras y el silencio, el tránsito y la inactividad, el día soleado y la noche estrellada… Piensa en su padre y la comparación con los pájaros librados del cautiverio y en el sueño en el que, como ángel, tenía un ala lesionada. Todo ello, comprimido, como una antología de piezas que revelan un código comunicativo, no antes concluido, conducen el niño a pensar que va a ser el poseedor de la llave que los desencerrará de un subterráneo que atonta los sentidos y obtura la mente, no permitiendo los pensamientos fluir. Blackie, no resurge, sigue en un ingrato estado cada día más inflado por los alimentos tan hipercalóricos que consume. De repente, algo sobresalta a Tommy: la libertad de las especies; lenguaje, música, vuelo, naturaleza, animales, mareas, todo está adjunto a la libertad. Una libertad completamente robada, atracada por un grupo de corruptos roedores que traman el acometer de un crimen sin ninguna justificación racional. Son el anticristo de la anarquía popular, de la aceptación de las masas y la conciliación de una variedad étnica y racial análogas. Tommy espera impaciente la llegada de una alarma, sonido, imagen, figura, esquema, para que queden plasmados en el objeto que parece de culto sagrado.

El desglose empieza cuando el capullo se ensancha espectacularmente. Los pétalos parecen alas de mariposa doblemente aumentados. Son de un color avioletado, con pequeños lunares bañados de un tono frambuesa muy intenso. ¡Guau! –exclama Tommy. No se hubiera imaginado ni por adivinanza que el capullo se pronunciase. Él deseaba un milagro, un fenómeno paralelo a la realidad para poder acabar de valerse de suposiciones totalmente lanzadas al azar. En cambio, este episodio es palpable, alcanzable, visualmente nada inconfundible. Pero ¿Cuál será el siguiente paso? Tommy sabe con creces que necesita una pequeña insinuación que pueda tener una connotación semántica entendible para ser puesta en ejecución. La flor sigue creciendo vertiginosamente hasta ver los sépalos, los pistilos y el bulbo, que quedan escondidos por un apreciable tallo. Tommy puede reconocer la flor: “un girasol”, se dice a sí mismo, pero transformado en cromatismos. No está amoratado por un sol bronceador, que dejaría relucir un amarillo de un canario refilante o unas margaritas que posan sonrientes ante un tostado atardecer. 

El girasol le recuerda al cielo que, como ángel en su reciente viaje astral, cruzaba con una marcha remolona todos los campos que estampaban cuerpos amarillentos parecidos a trazos y borrones desde una altitud considerable. Tommy se da cuenta de que los girasoles son flores frutales que dependen del sol: la luz principal de subsistencia para todas las especies que crecen en tierra fértil y rica en estratos minerales. Una luz que permite que la fotosíntesis pueda hacer mantener los seres con vida, alternando una respiración que los restablece. Sin embargo, ¿Qué relación hay con los poderes de Blackie? 

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