CRUCES SANGRANTES
Tommy y Blackie ven,
en una distancia más accesible, un platillo que dispara bengalas chispeantes y,
con un fulgor trepidante, tiene intención de encaminarse hacia el felino. Es el
apocalipsis de una nueva era en la que el símbolo de la guerra (Ares) y el
símbolo de la muerte (Tánatos) vienen con la intención de disputarse un duelo,
con armas propias de la época de juglares y trovadores en una edad medieval.
Los caballeros andantes procuraban, con un éxodo practicado de manera
constante, llevar un arcón lleno de arcos, lanzas y flechas. Cupido y su arco
flechado es el vivo ejemplo de una mitología romana en que el erotismo y el
deseo carnal a través de conductas pasionales, integradas por la voluptuosidad
y la lascivia, eran precedentes predominantes.
Eros, en cambio,
durante la mitología griega, era el padre maestro de un amor que podía
consumarse de manera expresiva y dejar exteriorizar un torrente de
promiscuidad. Básicamente, el poder de la atracción provocaba en las féminas,
practicantes de un puritanismo solemne, las ganas de romper con la gloria de
una virginidad que se concebía como algo incólume, venerado, exaltado por la
sociedad de masas en un entorno ya incluido por prejuicios y tabúes.
Sin embargo, durante
siglos posteriores, la vívida simbología de estos Dioses se ha ido degenerando
y ha pervertido la concepción del amor, convirtiéndolo en un acto de
intercambio de placeres superficiales, que sacian un apetito puramente
fisiológico. Las infidelidades, las deslealtades y la traición han creado la
necesidad de utilizar, a través de una época contemporánea, el abalanzamiento,
el ataque, la agresión más salvaje, utilizando el cuerpo como escudo o arma de
trascendencia letal.
En realidad, Tánatos
y Ares vienen con este propósito. Están convencidos que Nueva Maryland debe ser
ocupada por seres que proclamen una amnistía abierta, en la que la raza y
condición tengan una escala máxima de autoridad. No obstante, el enfrentamiento
creado tendrá que dejar un rastro, una cicatriz, una imprenta que marcará una
trayectoria histórica imperecedera e inolvidable.
Blackie se ha
recreado en pensar en el proceso mecanizado que guerra y muerte tienen en
común. Él tiene que estar al acecho, muy vigilante porque bien seguro querrán
arrebatarle los poderes de Venus que, ya antes de ser gestado, le había
otorgado y encomendado para un fin benefactor.
Tánatos, durante su
existencia temporal, era una figura endemoniada pero no ejercía la violencia.
Actualmente, en cambio, gracias a una plaga de roedores displicentes, enojados
y consumidos por una conexión injusta frente al mundo que ocupan, han querido
extrapolar esa cualidad a Tánatos, a partir de la aprobación incondicional de
Urano.
Ahora ya no hay
marcha atrás. Un estandarte rectangular que contiene un distintivo de cráneo
cadavérico, con dos huesos que simbolizan la cruz de una muerte inevitable, se
acerca muy velozmente. La nave que Tánatos y Ares utilizan hace que sobresalga
el gran emblema universal, en el que un fallecimiento exhortativo cumplirá su
labor después de un encaramiento bélico con armamento no balístico.
Blackie ve que la
llegada es cada vez más precipitada. Siente su corazón oprimido por una
inquietud que no mitiga, aunque cabe reconocer que el coraje va siendo su
compañero fiel, el cual queda cada vez más acrecentado. Parece mentira como se
invierten los papeles que caracterizan los principales protagonistas. Tommy, en
cambio, no sabe hacia dónde mirar. Zoe está en la cama, pachucha, con un
semblante de queja por una enfermedad que no erradicará hasta que los dos
poderosos y monstruosos Dioses se enfrenten en un abalanzamiento insensible y
desmedido. La llave de oro ha quedado pegada en las yemas de las patas de
Blackie. Él, en posición vertical, totalmente derecho y recto, se encuentra
preparado para una pelea que no va a ser sencilla de presenciar...
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