LA DUALIDAD DEL MAL
Como dos copas que
han quedado desprovistas de consistencia y hermetismo traspasan esta pared tan
temible para un Tommy que se siente indeciso. El chiquillo abre los ojos y
siente su cuerpo palpitar y el pulso totalmente regulado. Se palpa las sienes
del cráneo, las muñecas, la yugular, el plexo solar, el diafragma abdominal y
repica con las piernas un suelo que no se desintegra ni se resquebraja. Por
fin, los dos están en la casa y Blackie es quién rompe el hielo ante el Alcaide
y su esposa, que pleitean qué hacer con una llave de la cual desconocen su
utilidad.
Midas se siente
físicamente desfallecido. Tiene unas ansias incontrolables por comer. Al fondo
del estrecho pasillo, que separa cuatro accesos a dos dormitorios, su hija
estalla a gritos. Está emborrachada por un dolor fiero, desgarrador,
atropellante. Blackie se presenta frente al Alcaide con una voz ronca, casi
como una carraspera:
–Supongo que nos recuerdas. Él es mi padre
adoptivo, Tommy, y yo soy el hijo de Urano; dos presos que hemos residido en
Nueva Maryland hasta la aparición de la bendita Venus que, por gratificación,
nos ha permitido una escapada de unas rejas que nos consumían y pudrían
cualquier oportunidad para contactar, de nuevo, con el diseño arquitectónico de
un mundo monopolizado por la mano del hombre.
El Alcaide,
emocionado, celebra la llegada de estos dos seres que representan para él y su
hija una tabla salvavidas.
–Ahora no hay tiempo
para demorarnos –dice Blackie – Necesito coger la llave de oro. Sé que por
derecho te pertenece, pero ella, según Venus y sus augurios predictivos, es
totalmente imprescindible para desobstruir las compuertas que encierran a toda
la fauna de Nueva Maryland.
Acto seguido,
Blackie se dirige a la habitación de Zoe para poder desatarla de un sufrimiento
que la corroe y debilita. En seguida, nada más verla, sabe que ha sido víctima
de un maleficio. Ares y Tánatos han negociado de manera clandestina la
posibilidad de levantar una sentencia malevolente contra el Alcaide usando como
rehén a la niña. Debe conseguir el propósito de reconducir un cauce, desbordado
por un camino en el que el bienestar de las especies no es realizable, no
admite condiciones para los dos Dioses que se debaten entre la adversidad y la
violencia.
De inmediato,
levanta la llave y la deja como un péndulo colgante o como las burbujas de
jabón, que van calando un espacio vaciado de cuerpos sólidos, para poder sanar
a la pequeña de una enfermedad fundada por dos diabólicas deidades. Parece una
paradoja, una contradicción. ¿Es posible que los Dioses tengan un espíritu
hiriente, descaradamente sórdido y ensañado? En las religiones abrahámicas,
Satanás o Satán era conocido como el embaucador, la fuerza que tentaba y
arrastraba a las frágiles mentes a desviarse de cualquier senda, de entrada,
bien encauzada. En una situación tan
estrechamente ligada ante un juego de rivalidad entre Dioses, que los clasifica
de dotes mágicos y habilidades curativas y purificadoras, Blackie deberá
mostrar el coraje, ahora más que nunca, para subsanar un ser que casi delira
por un castigo impuesto de manera pérfida. El gato no padece ni la menor duda
de que existe un pronunciamiento de palabras que han maldecido al Rey Midas,
desde que se proclamó en su momento alquimista de un mundo imperfecto y
decantado a la corrupción y la nocividad más drásticas. Nunca, de hecho, ha tenido
una relación propiamente mundana, llena de complicidad y avenencia. Más bien,
ha sido el cabo perfecto para despertar gestos de envidia, detestación y mucho
desprecio entre Dioses que, en sus vidas, reúnen finalidades más sencillas,
menos cargadas de componentes que puedan ser ostentadores y cautivadores a
corto plazo.
–Estamos todos expuestos a un peligro mortal
–afirma Blackie dirigiéndose hacia la ventana de la habitación de Zoe. Hay un
dispositivo de artillería que bombea balas de fuego a mucha distancia, aunque
el problema se acrecienta por el hecho de que Ares y Tánatos van a realizar una
querella frente a nosotros.
–Pero ¿Cómo dices? –pregunta Midas sorprendido
–yo no pacté con Urano ser un infiltrado para tener que ver una batalla
sangrienta conducida por Dioses que no pueden gobernar el Olimpo en son de paz
y un entendimiento unívoco.
–Es cierto –afirma Blackie –pero en este pacto
Ares y Tánatos quedaban descartados de potestad. Sin embargo, siempre han
querido desposeer a Urano del trono que ha ocupado como monarca celestial y
terrenal. La guerra ha sido el ingrediente vital para abrir un enfrentamiento
entre la benignidad y la maldad más cruda. Justamente, es siempre lo que he
intentado decir a mi cuidador adoptivo Tommy: bien y mal, son como una escisión,
pero, en realidad, son un cordón muy tibante y de margen corto, que separa la
interrelación que se ha engendrado entre ambos desde que el mundo tiene un
estado definitorio y demostrable. No tenemos mucho tiempo que perder – prosigue
Blackie –la llave de oro no realiza el efecto deseado porque debe producirse
una muerte primeriza. como he dicho, benignidad y malignidad andan cogidas de
la mano. Son como una percha que sostiene unos principios moralistas que tanto
se repelen como se adoran. Pueden fracturarse o pueden unificarse para un
propósito que incluya un beneficio mutuo.
El Alcaide, muy
asustado por un avecinar poco dominado y concebido, le exige a Blackie que use
la llave de oro como arma blanca para aliviar la carga enfermiza tan penitente
de su hija Zoe.
–Lo intento, créeme –dice Blackie –estoy
dejando pender el artilugio para que un relámpago radioactivo quede penetrado
en los bronquios y vaya circulando hasta llegar a conseguir un resurgimiento
sanador. Sin embargo, los pulmones están taponados e infectados. La llave no
está cumpliendo con el deber de eficacia probada porque tenemos a la vista una
llegada de Dioses, que tramarán una pelea a mano armada.
Todo, de repente, está sumido ante una opacidad denigrante. Afuera, un retumbamiento, que casi ensordece va acercándose hacia la casa del Alcaide...
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