EL ECO DEL DESIERTO
Tommy
exprime con mucha concentración el mantra que promulga para generar en Blackie
la incorporación a la realidad consciente y poder, así, recuperar el estado
original de Nueva Maryland.
Ante el
asombro de Tommy, mientras está agachado delante de su compatriota, un remolino
en forma de espiral se va formando en el epicentro del que había sido el jardín
de la casa. Pequeños tirabuzones se
entrecruzan y forman una geometría llena de curvaturas escalonadas que crecen
progresivamente hacia el vasto firmamento. Tommy, rápidamente discurre que las
palabras que ha pronunciado de manera insonora han creado en Blackie un nuevo
horizonte de esperanza. El niño vuelve a acercarse a la ventana. Efectivamente,
una tempestad luminosa ha revolucionado el paraíso perdido: Una población
arrasada y fulminada, como localidad reconocida geográficamente, ahora se
encuentra resurgida por haces de luz trenzados y oblicuos, que señalan un
horizonte imperceptible por un lugar sombrío, estéril, en el que las
probabilidades ante el nacimiento de nuevas identidades parecen no
contemplables. La escala espiral se mantiene sin apaciguar su fogosidad
luminiscente, como decidida a enviar una señal frente a los dos únicos
residentes en Nueva Maryland. El aspecto que presenta es inocuo, armónico, nada
repudiable. Tommy va moviendo los ojos hacia la presunta figura misteriosa y
también hacia Blackie. En un segundo inesperado, cuando el niño sigue
intentando el despertar del gatito, el color de la piel adopta un tono platino,
casi abrillantado por un efecto de purpurina. Unos nimios copitos reflectantes,
totalmente incoloros, reaniman a Blackie y lo ayudan a regresar hacia su
consciencia.
De entrada,
no da crédito a lo que ve. Se pregunta por qué la tierra está desértica,
aislada de seres con vida. Pero lo más chocante es que la superficie plana
donde han anclado los pies haya quedado desmenuzada y llena de grietas y rajas,
las cuales han provocado un desencaje irreparable. Blackie, todavía afectado
por un sueño muy hondo, como anestesiada pregunta a Tommy qué ha ocurrido. El
niño le asegura que han quedado solos, al menos en el pueblecito. Todo está
destruido; vegetación, animales, astros y humanos. Blackie piensa con
detenimiento y llega a una conclusión:
–Tommy, estas líneas curvas, caracolas que
confluyen hacia un punto infinito lúgubre son una revelación clara de que estoy
bajo el mandato de un arquetipo roedor tirano y déspota. Con su valentía y
agallas podrá engullir todo mi cuerpo en un santiamén. Su propósito, en el
fondo, es desechar a todos los felinos que no tenemos posesión de un
temperamento osado y, así, esparcir su especie, acrecentarla, retroalimentarla
e imponer su voluntad mediante una fortaleza física nada arrebatadora.
–Blackie,
querido –contrarresta Tommy –no puedo concebir al cien por cien lo que dices. Tú
tienes un bagaje enigmático, complejo e indefinido, pero en nuestra familia
hemos visto que hay rasgos de un ser prodigio. Te elevas a una altitud
incalculable dejando de valerte de la fuerza de la gravedad, tu cola se enciende
como si el fuego estuviera prendiendo con descaro, predices el futuro y
anticipas la llegada de un verdugo roedor que te predestina a morir asesinado.
¿Es poco para ti? Yo, personalmente, considero que debería entrenarte.
–Pero ¿cómo? –pregunta Blackie –Tenemos que
huir de esta casa. De momento no se ha derrocado porque mi presencia ancla los
cimientos.
Blackie intenta recostarse de nuevo pero una fuerza eólica, casi huracanada lo levanta con furor, golpeándose contra el suelo. Él prueba de ponerse de pie y sostenerse con el supuesto soporte de las patas. Con poca traza, las patitas parecen debilitarse ante la presión que el gato intenta ejercer para equilibrarse. Tommy nota el tembleque y se acerca para que, con sus manos masajeándolas, puedan recobrar vida. Varias frotaciones con las palmas de arriba a abajo hace que Blackie se siente más aliviado. El dolor articular no se apodera tanto de él, dejándolo sosegado. Blackie sabe que el hechizo no ha hecho más que empezar...
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