LA URGENCIA DE UN RESPIRO
El niño
presiente que, si cruza el abismo, utilizando los poderes magistrales de
Blackie, sus vidas dejaran de peligrar. Sin embargo, cuando procura elevar una
pierna para dar una zancada, un chirrido estrepitoso lo detiene en el acto,
obligándolo a retractarse de la acción, en primera instancia, realizable. El
chirrido provoca arcadas en Tommy porque percibe que surge de unas tétricas
profundidades métricamente incalculables. ¿Cómo es posible que dicho ruido sea
tan repulsivo? Tommy lo relaciona con una puerta oxidada que necesita lubrificante
para que las bisagras puedan ceder ante el movimiento de abertura. Por
desgracia, el chirrido, poco distinguible, se entremezcla con otros sonidos producidos
por el eco de los animales que se encuentran en cautiverio. Tommy afina el oído
con precisión, ya que con todas sus fuerzas desea reconocer la procedencia de
las entidades acorraladas que él acaba deduciendo piden auxilio. Voces ahogadas
siguen emitiendo aullidos, graznidos, rugidos, mugidos reivindicativos y poco
agradables de escuchar. Todo el paraje alardea con presuntas víctimas mortales
que han abandonado su materia ante un brusco levantamiento estratosférico, que
ha provocado una mortandad inevitable. Tommy cada vez tiene más claro que está
sólo, desamparado ante una situación trágica en la que Blackie, su mascota,
después de mostrar con pruebas fehacientes sus habilidades extrasensoriales,
podría encontrar una salida de emergencia ante el atolladero que los mantiene
penitentes. Apoyado en el umbral de la puerta, nuestro protagonista humano
sigue preguntándose cómo la casa de los padres sigue edificada y no conducida a
un derribo improcedente. Blackie, inundado por un sueño pasional, va
zarandeando su cuerpo con pequeños movimientos suaves y delicados. Tommy no se
atreve a despertarlo, pero se da cuenta de que el cronómetro no se detiene y,
con su paso precipitado, les marca un límite fronterizo que deben cumplir si no
desean abandonar su armazón físico. El tiempo transcurre con una velocidad
imparable, aunque con disimulo. De hecho, Tommy ha perdido la noción del ritmo
temporal. El reloj de la pared que cuelga encima del reducido bufete de la sala
del comedor ha detenido su curso igual que el reloj de pulsera que el niño luce
en su muñeca derecha. El tránsito ha descuidado su avance imperecedero y Tommy
cada vez tiene más claro que debe actuar con precaución y responsabilidad para
hacer perdurar su vida de manera ilesa.
Blackie es
un enviado especial en la tierra con alguna misión implacable que implica, sin
duda, la inmaculada integridad de Tommy. El niño, no obstante, tiene una deuda
con su mascota imposible de quebrantar. Los dos seres solitarios, con mucha
certeza, han generado una simbiosis. Recíprocamente, se necesitan y se
solventan por un intercambio de intereses, en esencia, altruistas y
benevolentes. Como consecuencia, el gatito no debe morir de sed e inanición ni
tampoco puede ser arrastrado por un derrumbamiento que no tenga una explicación
coherente. Tommy siente que está siendo esclavo de una pesadilla prolongada y
que todo lo que sucede es producto de un espejismo. Su percepción visual parece
controlada por un felino, que le contagia la inmunidad frente a cualquier
siniestro natural o contratiempo intencionado.
Blackie tiene una respiración acompasada, marcada por una inspiración renovada a pesar de que la atmósfera haya quedado desprovista de dióxido de carbono y oxígeno. Tommy, insólitamente, también es capaz de inhalar y exhalar sin dificultad mientras su felino, inconsciente por un descanso plácido, continúa ubicado en un espacio confortable. El niño se va aproximando al gato con mucha serenidad, guardando una compostura que no altera el bienestar de Blackie en aquel estado de ensoñación que lo encubre...
No hay comentarios:
Publicar un comentario