jueves, 14 de mayo de 2026

EL FUEGO DEL SINIESTRO

 



EL FUEGO DEL SINIESTRO


Blackie se acomoda en su camita algo bien acolchada y arropada y se queda compungido con los ojos bien cerrados. De su chakra frontal circulan pequeños cuerpos microscópicos, pero con un rastro de luz tan inconfundible que inducen que Tommy abra la boca de una manera casi imposible de emular. A través de los ventanales, el cielo se ensombrece por unas nubes borrascosas, casi carbonizadas que causan repelencia.

Tommy, con su mirada, va resiguiendo la transformación tan inviable de un clima originalmente soleado. Toda la capa de ozono está congestionada por unos cuerpos gaseosos, de una solidez que abruma. El niño empieza a asustarse. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué anochece de golpe y porrazo? Cada vez más y más el firmamento carga con el peso de un color negro que retumba sin control. En un abrir y cerrar de ojos, un rayo estremecedor se estrella contra el suelo arenoso, lleno de gravilla y piedras que lo revisten con presunción. Tommy no puede apenas movilizarse. Siente que el mundo va a desvanecerse para siempre. Un rayo electrificante, de repente, resquebraja la superficie y ésta queda gradualmente dividida por una partición, en la que todas las partículas que la componen se desmenuzan, deforman su tamaño y se convierten en pura ceniza.

–¡Dios! –exclama Tommy –Blackie sigue como adormecido. De la frente van desfilando estrellas que alumbran la vivienda, pero el exterior sigue inmerso por una obscuridad intimidatoria. El suelo tiembla, como si el rayo hubiera causado un fenómeno sísmico. Tommy piensa en sus padres y las ocupaciones como trabajadores autónomos. ¿Qué habrá sido de ellos? Da la impresión de que la aldea, por una razón desconocida, se está derrocando. ¿Un cataclismo o un terremoto podrían ser la causa? Tommy siente como la cabeza arde sin piedad por una sarta de pensamientos que trascienden toda lógica humana. Su cuerpo se apelmaza y queda empotrado contra la pared de acceso al cobertizo. Una idea espeluznante, terrorífica amenaza con repetirle que sus padres han fallecido por causas que ocultan una verdad comprobable.

El cobertizo, en el que se equipa de una serie de materiales moldeables de diseño artesanal, quizás ha quedado hecho trizas y la presencia de sus padres añicos. Blackie, por su parte, sigue enfrascado en un sueño que parece muy reparador, como sumido bajo un estado de sugestión hipnótica. Todo el rostro ha quedado absorto ante los violentos ataques retumbantes que afectan el entorno. Sigue desentendido, indiferente, víctima de una sordez repentina. Tommy no sabe cómo actuar. El niño sabe que su casa pende de un hilo, ya que se sostiene por una fortuna pasajera al ser testigo del panorama que ofrece el exterior. El suelo está demolido, sin gravedad para poder andar libremente. Tommy piensa en él y en Blackie como los únicos supervivientes de aquella localidad y quiere escapar del inmueble para acceder al retirado escondite que construyó para su mascota como cabaña segura, reforzada con mecanismos de cierre y ahuyentarse de cualquier altercado, provocado por presencias que puedan degradar el estado de salud de Blackie.

Muy lentamente, Tommy gira el pomo de la puerta de madera para comprobar la profundidad del acantilado que existe frente a sus ojos. La sorpresa que recibe es extremadamente inevitable. Sin premeditarlo, el niño puede apreciar un pozo subterráneo con entes luminosos, difíciles de discernir por la distancia que los separa. Parecen luciérnagas por el hecho de emitir radiaciones con un estelar encanto. Tommy quiere avanzar, pero un paso en falso podría repercutir su vida hasta el extremo de condenarlo a una muerte súbita. Por otro lado, él siente que un impulso inércico lo obliga a ir hacia adelante para llegar al extremo contrario donde una arboleda de robles había tenido existencia propia. Una corazonada agita el corazón de Tommy con tenacidad... 

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