ROLES INVERTIDOS
El gato ya
tiene dos patitas que prácticamente se desunen del techo. Gracias, pero al
reactor que resalta su cola, queda suspendido en el aire a pesar de haber
divergido su cuerpo de la plataforma superior de la vivienda.
–Mi querido
gatito, me provoca congoja tener que declarar ante mis padres que puedes hablar
como nosotros, los humanos. Me gustaría expresarme con libertad frente a ellos,
pero creo que por alguna explicación implícita yo soy el elegido con el que
decides aliarte para ejecutar una misión inexplorada.
Blackie,
con los ojos como dos órbitas asiente:
–Necesito que me ayudes a encubrirme de estos
bosques. Debo proteger mi escapatoria. Soy un recién nacido sin amparo, sin
recursos ni ninguna operación estratégica para no diluirme en la nada y poder
sobrevivir ante las inclemencias de un mundo atroz y vil. Estoy acorralado. Sé
que tú, Tommy, eres afectuoso y considerado. Me has traído para convertirme en
un símbolo de envidia no vanidosa y un prototipo de aclamo social.
–Blackie,
Blackie, tranquilo –lo corta Tommy –debes relajarte –¿qué es lo que más temes?
–Que, a pesar de ser en esencia recio,
resistente energéticamente, mi carácter es demasiado influenciable y flácido.
No puedo adivinar la razón por la cual carezco de audacia antes los grandes
atacantes diseminados a lo largo del condado. Pero una cosa debo asegurarte, ¿Te acuerdas de
la plaga de ratones que se encuentran dentro del corredor que conduce hacia la
arboleda de robles?
–Por
supuesto, los acabas de nombrar –dice Tommy.
Y Blackie
sigue con el relato:
–Pues hay
un Rey que ha sido votado por consenso colectivo. Un ratón bigotudo, con un
ceño fruncido, un ser repugnante, aversivo, de temperamento avinagrado. Ha sido
proclamado oficialmente como el director de la colonia de esta clase de
roedores. Tiene un poder insuperable para legislar. Da órdenes y consignas al
resto de miembros con austeridad y no tiene escrúpulos, ya que, a la más mínima
que se entera de la existencia de felinos acabados de nacer, procura que su
comando sea llevado a cabo por el grupo de ratones súbitos.
–Pero no comprendo –contesta Tommy –¿De dónde
recibes esa información? ¿Quién te ha contado esta historia? Un ratón que
parece ser el patriarca, ¿cómo reúne su valor para envalentonarse contra
vosotros los gatos, sus asiduos rivales? Por lo que yo tengo entendido son
escurridizos, resbalan con facilidad dentro de cualquier hoyo para no ser trizados
por agresores sin entrañas. ¿Y ahora tú descubres que tienen la habilidad de
cazar? ¿Cómo lo explicas?
–Es
complicado de contar. Muchos interrogantes para mí. De momento, te suplico que
seas tú quién subas por la escalera para desclavarme del todo del techo. Te
prometo que no saldrás malherido. No tengo artillería ni poderes cósmicos para
dañar ni herir el cuerpo de ningún ser, humano o no. Como fin compensatorio,
estoy dispuesto a ser una mascota condescendiente, supeditado ante tus deseos y
tentaciones. No me opondré a nada siempre y cuando esté emplazado en tu hogar.
No destrozaré nada, no emitiré gestos de sublevación ni utilizaré el cuerpo
como arma para producir resultados nocivos: actos vandálicos o agresiones
físicas como arañazos, rasguños o heridas más graves. Estarás siempre ileso, ya
que soy manso en esencia.
–Mi gran
problema –dice Blackie entristecido –es la falta de intrepidez frente a los
contratiempos. Por eso, el contacto con el medio ambiente me acogota y hace chirriar
mis dientes y encoger mis uñas retráctiles. Con tu corazón benévolo, Tommy, vas
a respetar mi voluntad y no serás imprudente ni traidor como lo haría cualquier
animal dotado de fortalecimiento.
–Blackie,
yo te quiero –contesta Tommy –Después de oírte hablar estoy seguro de que
nuestro encuentro es una llamada del destino, siempre imprevisible,
sorprendente y nada casual.
–No te quepa la menor duda –afirma Blackie
–tenemos muchas cosas en común. La única diferencia que nos distingue
enormemente es que tú eres audaz, pertinaz y decidido a conseguir cualquier
propósito, aunque haya barreras que procuren bloquearte el paso en la senda
emprendida.
Tommy, sin
proponérselo, indaga en su mente como aislar a Blackie de los depredadores
carroñeros que se disponen a una devorado integral frente a frágiles ejemplares
vivos. Automáticamente, casi impelido por una inercia inexplicable, empieza a
elevarse por la escalera vertical en la que su mascota desata su cuerpo del
techo y cae plomizo en los brazos lánguidos. Blackie le mira a los ojos con
tenacidad:
–Gracias,
amigo mío. Hagas lo que hagas a partir de ahora te brindo la confianza para
decidir mi futuro a tu conveniencia. Te adjudico el poder para que me
encuentres aquel lugar acogedor, plácido y habitable y, así, dejar de sentirme
un forajido empedernido.
–No digas bobadas. Tú no eres cobarde.
Simplemente Dios no ha reforzado en ti el don de poder vapulear ni forcejear
con seres aparentemente más resistentes.
–No, Tommy –le corta Blackie – me he
equivocado de raza, localidad, familia y personalidad. Sé que, en mi planeta,
cuyo nombre no recuerdo porque sólo tengo escasos días, no existe la
competitividad, los delitos ni el castigo penitenciario. Lo llevo escrito en
las venas de mi sangre. Poseo un dispositivo que me acerca a mis orígenes, un
disco radial fusionado en el corazón que provoca que reciba señales de
frecuencia radio espaciales, que me han conducido casi por atisbo a mi nueva
residencia, antes de convertirme en un ser carnal nada feroz ni malévolo.
También tengo un chip en mi cerebro, un detector que plasma fotográficamente un
plano general de los rasgos y figuras vivas que orbitan alrededor. Noto las
vibraciones con una sensibilidad inimaginable.
–Guau, es increíble, Blackie. Yo sabía que
debía separarte de la madre que se puso de parto para ofrecerte la vida porque
eras ingenioso, curioso y especial.
–No hace
falta que embellezcas mi imagen con estos comentarios un tanto pomposos –ríe
Blackie –puede que tenga una pizca de peculiaridad y desmarcamiento si tenemos
en cuenta al resto de mortales, pero ese terror ante un mundo atacante me hace
sentir desfallecido e inservible. Como puedes ver, el valor para jactarme de mí
mismo no tiene cabida alguna.
Tommy,
mientras su compañero felino está produciendo sonidos que sólo el niño puedo
reiterar le propone un trato: –¿Por qué no vienes conmigo en lo alto de un
aposento en el que he edificado un hogar de tablones de madera recios para
ayudarte en tu etapa de desarrollo y crecimiento? La puerta tiene un blindaje
que no da lugar al derribo y la cerradura es suficiente hermética para no dar
entrada a ningún ser intrusivo. ¿Qué me dices?
–Me da miedo salir al jardín, aunque me lleves
en brazos. Sé que los peligros me acosarán sin miramientos. Estoy expuesto a
ser enviado de nuevo a mi planeta si el Rey Roedor Todopoderoso adivina mi
paradero. Creo que es mucho más recomendable que me quede en mi canastilla,
cerca del leñero.
Un silencio sepulcral invade la porción de espacio en el que los dos residentes dialogaban. Los padres están en el cobertizo, después de ver que Tommy siente que debe acoger al invitado de honor, Blackie. La emisión del sonido que provoca un entendimiento idiomático entre ambos se intercepta por interferencias intermitentes...
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