EL REVERSO FANTÁSTICO
Tommy, sin parar de
andar, medita de nuevo. El jardín es tan espacioso que le permite dejar volar
los pensamientos reflexivos que ostentan una curiosidad indisoluble. Tanta
preciosidad, tanta hermosura no pueden dejarlo indiferente. Necesita pistas
para poder sentir sus pies aterrizados en una tierra arcillosa, fina como la
seda y húmeda, igual que el musgo que recubre las rocas cerca de una cala. Otra
vez, el sueño sigue su curso progresivo y se encuentra en una masía.
En esta circunstancia, una rueda de tractor está empotrada en la fachada del anverso, justo al lado de un portal, desgastado por el paso del tiempo que tiene una mirilla. Tommy se da cuenta del detalle. Quizás, haya residentes en el interior, aunque un silencio relajante reine toda la localidad. “Podría entrar”, piensa el chiquillo. La intriga le oprime las entrañas. Él no pretende comportarse como un infiltrado, pero todos los alrededores están mecidos por una tranquilidad que masajea los oídos y adormece un corazón inquieto, impulsado a descubrir el origen de una casa que parece extraída de un cuento de hadas. ¿Cómo no dejarse llevar por un gusanillo que lo chincha, que lo cizaña sin piedad para descubrir las interioridades de un caserón tan antiguo y moderno a la par?
Intenta llamar a la puerta. Una anilla de metal herrado repica contra la madera con toques intercalados por pausas breves. Nadie responde. No se oyen pasos, ni voces ni agitación alguna. Parece que nada pueda verificar que haya vida en el interior. Tommy sigue insistiendo hasta que, de golpe, interrumpe el repiqueteo por un sonido resoplante, que bufa como el viento encrespado, irritado, violentado por una alta presión. Gira la cabeza y el cuerpo y ve el jardín elevarse. Todo el terreno hierve por la calentura solar y acrecienta su nivel respecto al mar. El soplido se oye más cercano y más resonante. Tan impresionante resulta que el chiquillo cree que alguien le cuchichea al oído. En cambio, la percepción no es real. Nadie le dirige la palabra, pero el jardín crece como si quisiera tocar las nubes y las raíces, enredadas, trepadoras, tan salientes, repueblan el jardín de nuevas flores de colores rosáceos, malva y anaranjados. Un remolino eólico sacude a Tommy y lo ancla en el jardín.
Él mira hacia abajo y ve como las raíces se mueven como serpentinas enroscadas, formando una concha como de caracola. Todas están tomando un ritmo balanceante, que no declina, y quiere abrazar a Tommy como miembro perteneciente a un nuevo hogar. El aliento que desprenden las raíces es muy aromático. Un aroma a tierra bautizada por una lluvia chispeante perfuma los orificios nasales. Tommy se quedaría casi rendido por tal olor. Los soplidos fuertes, precipitados, abalanzados, siguen su fluir para comunicar algo. Una bruma espumosa va formándose en el tronco de las raíces, cada vez más deformadas. Son pequeños cuerpos blanquecinos que dibujan formas no declaradas. Un derretir va creando nuevas imágenes, de entrada, poco clarificadoras. La masa, en principio, nada identificable, empieza a delatar una cabeza cónica, con pelos alborotados en forma de cresta. Seguidamente, una silueta abultada, sobresaliente, pero poco crecida resurge con un tono enverdecido, muy similar a las hojas de un abeto. Tommy está sorprendido, ya que la criatura que, en primera instancia, es ridícula va dibujando un rostro sacado de fábula. Ojos turquesa y una comisura de labios carnosa insinúa una sonrisa de complicidad...
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