UN VIAJE EN SUEÑOS
Mientras se
sume ante una pregunta retórica e impersonal siente como, a través del muro,
Tommy procura manifestarse. El niño intenta compenetrarse apresuradamente con
su mascota con pequeños toquecitos en la pared. Primero parlotea mentalmente
para que todo el ingenioso engranaje de Blackie pueda recoger su reclamo
verbal. Después, al ver que no hay ninguna respuesta concordante, intenta
dilatar sus órganos sensoriales y el nivel de concentración para adentrarse en
el cerebro del gato. Necesita que lo ayude a esclarecer el motivo de un objeto
que tiene unos rasgos funcionales atados a la música: el pentagrama, sin ningún
espacio escrito, debe poseer un lenguaje de culto que, especialmente, Blackie
pueda traducir y adaptarlo a la lengua nativa. El gatito lo atiende sin
demasiada receptividad. Parece que hay alteraciones de sonido que se disputan,
interfiriendo ante la posibilidad de un intercambio dialéctico. Tommy insiste,
pues está afectado por una ignorancia que no desiste ni lo deja relajarse. De
golpe, rescata de nuevo el pentagrama y lo encaja contra el muro para que
Blackie pueda captar alguna señal receptora. Siguen, pero, sin poder comunicarse
y el niño predice que el silencio no puede extenderse en el tiempo, ya que los
roedores no se andarán con contemplaciones.
Los días transcurren perezosos, sin aliento ni motivación alguna. De hecho, los encarcelados han perdido la noción. A efectos reales, sólo un eterno intervalo temporal persiste sin ninguna intención de retiro. Todo tiene el mismo color, un color beige teñido que acoraza un tono espumoso de niebla que ya no amaina. Tommy echa cabezadas que lo inducen a soñar despierto. Cree tener visiones, viajes astrales, en los que su cuerpo se desploma por un cordón de plata frente a un alma avergonzada, que lanza manchones de toxinas que no defecan ni se combaten con ninguna fórmula remediable. En una ocasión, después de haber comido una tajada de carne para él rancia e insípida, en la que las náuseas le revolvían el estómago por el mero hecho de pertenecer a compañeros de una aldea comunitaria, recuerda, al despertar, una visita hacia el Olimpo de los Dioses.
Puede describir cada acto con un acierto corroborable. Él era un ángel que tenía un ala desgarrada. En aquella época medieval en la Tierra las familias vivían en torres y murallas de piedra maciza, en especial los grupos dinásticos. No obstante, Tommy conocía una familia que arrendaba una casa cedida por un señor feudal; un terrateniente gallardo, apuesto pero mordaz, avaro, con una pedantería difícil de alcanzar. Todos parecían felices, encantados con sus labores, implicados en las cosechas y las plantaciones de esquejes, tallos, raíces y brotes de plantas frutales. El niño era testigo de la calidad y la sencillez de vida que llevaban a cabo. Desgraciadamente, una tormenta provocada por un tifón arrasó todo el gran patrimonio de riquezas primarias, necesarias para subsistir. Tommy debía intervenir. Como mensajero, su misión era comunicar a las deidades cualquier suceso funesto. Sin embargo, cuando intentaba alzar el vuelo, el ala izquierda no le respondía con un despliegue absoluto. La sentía agarrotada, como si una pequeña rotura impidiera la posibilidad de desplazamiento. Lo curioso del caso es que era una figura angelical visible. Tenía una presencia humanizada y cualquier ser podía entrever su anómala situación. Repentinamente, una golondrina que se hacía llamar Purificación circulaba en sentido contrario y vio a Tommy en apuros. Él quería arrancar a toda prisa, pero no lo conseguía. El ave, misericordiosa, le dijo que se sentase encima de ella, como si estuviera cabalgando en el aire...
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