jueves, 14 de mayo de 2026

PRESENTE LETAL




PRESENTE LETAL


Tommy, de chiquitín, había sido un negado para la música. Tenía buen oído, ya que sabía reconocer una saeta y un simple canto gregoriano. Él, sin identificarse como feligrés, acudía los domingos a bendecir el santuario más próximo a la población condal de Nueva Maryland para cantar con el resto de los devotos en la ceremonia episcopal. Sin embargo, cada vez que se enfrentaba a una puesta en escena para iniciar un recital de canciones, sus manos quedaban encorsetadas. No tenía la facilidad para localizar el desfile de notas y componer una melodía decente. Memorizaba las piezas, pero el padre era el intérprete instrumental que desataba su fulgor pasional por una compenetración particular con los enseres especializados en el campo musical. Aun así, se había creado y crecido con la meta de valorar las artes. Sus padres, alfareros de profesión y agricultores, tenían las manos sesgadas de callosidades y duricias que no se disponían a reducir. La fabricación en cualquier gremio de artesanos estaba muy revalorizada en los pueblos retirados de las capitales de cada estado norteamericano. Las manos podían avivar, con bases muy perfiladas un diseño pulcro, cualquier cuerpo que, en estado primitivo, no rebosaba vida. Tommy siempre había etiquetado a sus padres como artistas míticos, aunque no dotasen de una celebridad consagrada. Pero, en el fondo, lo eran y muchísimo. 

El trabajo era mecánico, pero los acabados, con sus retoques finales anivelados, balanceados en proporciones, tenían una gracia despampanante. Tommy, en este momento, recuerda con un valle de lágrimas en los ojos, rociado con gotas de agua gruesas, que calan el terreno más árido soñado jamás, la importancia de tener educadores talentosos. Sus padres lo incentivaban a valorar constructivamente la música porque ésta podía ayudarlo a subsanar hirientes estigmas ligados a algún suceso tortuoso, el cual podía diferir de una vida costumbrista. Sin cesar, la mente sin dejar de saturarse ante un listado de proyecciones escenificadas con una sobrante claridad, Tommy deja el pentagrama encima de la sillita atrotinada, con unas patas mal sostenidas y un espaldero lleno de fisuras. Lo mira sin poderse apartar de una máxima suspicacia.

En aquel momento de reflexión intensa, oye en la celda contigua como resuena la puerta de metal por la apertura brusca de uno de los vigilantes que empieza a repartir raciones de comida a Blackie: tripas de gacela salvaje, pechuga de león, patas de guepardo y cabezas que han sido cocinadas a fuego lento, limpias y esterilizadas frente a cualquier impureza tienen que ser transportadas al estómago del gato. Toda la carne está bien troceada, a taquitos, para que el animal despierte un apetito acentuado y pueda arrasar hasta el último lastre de comida sin rechistar. Tommy pega el oído contra el muro que separa los dos dormitorios y escucha como los platos se estrellan contra el suelo, servidos con una frialdad y una ira a la vez sofocantes. El guardia le advierte que no haga trampas. Cualquier intento de arrinconar alimentos, procurando que sean amontonados con las deposiciones para simular una obediencia implacable, sería descubierto. Cada día un roedor que se encarga de la higiene del recinto escudriña y chequea los rincones de los compartimentos, que los sentenciados a una condena penal ocupan. Blackie siente su cuerpo enfriarse en demasía. No puede asumir la batalla que está lidiando contra sus mayores rivales ni mucho menos que, en toda la pugna por conseguir un gobierno auto determinante, inducido por roedores como única y exclusiva especie, tenga cabida con un final triunfante y victorioso. 

Pero ¿Qué puede hacer?

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