MAGIA GENUINA
Un
espejismo ocurre mientras la madre le marca una cruz de forma simbólica, ya que
empieza a notar un impulso extraño en el animal. Una respuesta somatizada se
alza a través de un vello que transmuta su color. Siendo blanco y negro en
rasgos generales su piel se transforma en un brillo plateado; una brillantez
metalizada recorre el cuerpo de pies a cabeza. Un haz de luz le enrolla la
parte de la coronilla hasta que se despliega un destello con forma de asteroide,
que provoca una expresión de estupor entre los presentes.
Blackie
ladea la cabeza con la intención de reclamar el contacto con el suelo macerado.
Tommy exige a la madre que lo libere de la sujeción de las manos, que ya basta
de tanto parafrasear. Una vez está en la superficie inferior, el cuerpo del
felino vuelve a su estado natural pero el iris de los ojos tiene un
resaltamiento muy amarillento, como si la vista tuviera la capacidad de
perforar cualquier artilugio opaco y abrillantarlo, dejándolo reluciente.
Tommy, por otro lado, está cavilando alternativas para poner a prueba la facultad que el gato exhibe sin interrupción. Sube las escaleras hasta llegar a una ventanilla que utiliza como desván para coleccionar todos aquellos enseres que, cuando era más jovencito, utilizaba como herramientas de juego. Todo aquello que lo ayudó a crecer, desarrollarse y a interactuar con la sociedad lo tiene precintado dentro de un compartimento trastero para rendir tributo a una infancia desinhibida y elementalmente feliz. Penetra dentro del cuarto y al fondo de los baúles de hierro forjado, con la tapa bien levantada, empieza a rebuscar con ahínco. Como si un imán lo atrajera a ser hábil y mañoso en la búsqueda, comienza a localizar muchos juguetes que tienen la propiedad sinérgica de rotar, botar, arrugarse, volverse elásticos y elevarse flotando en el espacio ingrávido. Encuentra patinetes, discos voladores, peonzas, molinillos de viento, serpentinas y dianas con dardos que creía tener inaccesibles. De golpe, recorre con una ojeada fugaz la extensión del recinto y ve bolsas de basura a unos treinta centímetros que están gastadas, descoloridas y polvorientas. A pesar de ello, son perfectamente usables y Tommy va recogiendo cada objeto lúdico y lo introduce cuidadosamente en la bolsa, llena de pliegues y ínfimos cortes provocados por el roce del movimiento dominado por una cierta inercia hasta cerrar el trastero. Quizás los padres no saben cuál es la esencial idea de Tommy y lo amonestan, pero Tommy quiere romper con la incertidumbre que le azota y corroe las entrañas sin compasión. Desea comprobar si Blackie es capaz, con su focalización ocular, de provocar una reanimación en cuerpos de naturaleza inanimada. Nunca había percibido la extraña sensación de que seres de la fauna más selvática pudieran poseer la peculiaridad de concentrar todo su instinto en reanimar cuerpos geométricos, completamente inmóviles frente a alguna muestra de vida.
Tommy siempre ha fantaseado con la idea de que los animales nacen bajo un ciclo evolutivo mucho más remarcado. Su potencial sensorial es protuberante, ya que sobresale ante cualquier estudio estadístico que haya ponderado a los humanos. Con todo el empeño a encontrar una explicación ante un acontecimiento asombroso, que provocaría un efecto social sensacionalista en caso de difundirse públicamente, Tommy quiere desenmarañar dicha realidad que tanto él como los padres han podido testificar.
Muy emocionado, transporta un paquete con los instrumentos de recreo, entretenimiento y distracción y se presenta ante el comedor mientras la madre recoge los cacharros de vajilla y cristalería, para proceder a exterminar cualquier rastro de suciedad. Blackie mantiene una postura de recogimiento, de introspección, casi parece que esté entrando en trance debido al aspecto meditativo que deja mostrar. Tommy se encara hacia él extrayendo cada juguete de la bolsa y empieza a provocar que la peonza haga rotaciones dentro de su propio eje. Tommy no desiste. En cualquier instante Blackie reseguirá con los ojos, parecidos a dos velas encendidas, la brusquedad circular que el objeto dispara.
De momento, Blackie parece no impacientarse. Sus ojos están regidos por un color que alumbra toda la sala. En caso de anochecer, no sería necesario el consumo de electricidad porque todo el gran espacio hueco y aquél ocupado por objetos sólidos destellea con un foco de luz, que se asemeja al reflejo producido con el encendido de una linterna. Tommy, acto seguido, extrae un disco volador y lo lanza al aire en dirección al techo con un brío voluntario para que Blackie escape tras él.
Sin proponérselo ni preverlo, el niño visualiza una escena que lo deja realmente boquiabierto. Blackie se exacerba hasta tal extremo que se golpea agresivamente contra las patas de las sillas con la intención de ahuyentarse. Quiere salir disparado, está francamente prisionero de un pánico que no puede refrenar. No soporta el artefacto que vuela y parece engrandecerse en el espacio vacío. El disco volador es la gota que colma el vaso para hacer desbordar su repulsión y, a la vez, el gran temor hacia una dirección tan poco controlable que el juguete decide tomar. Todo el cuerpo dúctil, manejable, como si fuera una bola sedosa blanducha, endeble, frágil y diminuta se transforma en una masa corporal, en la que Tommy reconoce un desarrollo desproporcionado...
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