SOLES FUGACES
En este instante, los dos se ven detenidos, amanillados e imputados por un delito que no han provocado jamás. Pero las circunstancias de la vida no son siempre estables ni correspondidas fielmente a pesar de una actitud calificada como intachable.
A través de
la cinta corredora, Tommy y Blackie cruzan un tramo precedidos por su Majestad
y rodeados por la escolta, que está pendiente ante cualquier desdén o queja
formulados. Blackie se acurruca contra el plexo de Tommy. Tiene las patitas
flexionadas y la cabeza gacha. Prácticamente le es imposible mirar el panorama
que tiene ante sus ojos. Un suplicio, un tormento indescriptible los esperan
impacientes al otro lado. Llegan a la compuerta que se abre pulsando un piloto
automático el cual conecta con una cabina móvil; parece una caja fuerte, toda
de un blindaje que asegura que los pasajeros no puedan escapar. En realidad,
pero, se asemeja a un ascensor que, en línea recta, desciende lentamente hasta
llegar a las instalaciones de sacrificio y castigo. ¿Cómo se entiende que unos
seres insignificantes que no pueden realizar manualidades con destreza hayan podido
fundar el recinto? En este extraño contexto, sin embargo, parece concebible
cualquier utopía. Tommy, mientras baja tímidamente de la cabina piensa sobre la
creación del magnificado recinto, tan bien fabricado, con una precisión de
ingeniería difícil de emular. Algún equipo de personas debe haber participado
en una construcción tan bien automatizada. Todo da la impresión de estar
controlado bajo un programa informático. Cada pulsión, cada toma de contacto
con diferentes puertas tiene un mecanismo teledirigido por controladores. El
cerebro humano sería el único capaz en el mundo de poder realizar un proyecto
arquitectónico para que, a través de un estudio calculado métricamente en
función de la superficie, diera lugar a tal producto final. Tommy se hace demasiadas
preguntas después de saber que va a ser quemado. Su cabeza parece una pletina,
que, gracias a un proceso magnetofónico, es capaz de rebobinar y avanzar con
agilidad. Todos los recuerdos, reminiscencias ancestrales, que han quedado
fraccionados, tienden a reproducir en Tommy un sentimiento impulsivo de
nostalgia; un pasado que echa de menos junto a sus progenitores y compañeros
del condado con los que establecía una interacción regular. Ahora sólo le queda
el consuelo de pensar que ha elegido a Blackie, un ser impoluto, nítido de
belleza, totalmente excluyente ante una guerra declarada por un Rey impostor.
Un Rey que no se apiada del desgarrador dolor que sienten Tommy y el gatito por
tener que verse vencidos, derrotados y expuestos a una defunción agonizante, en
la que las llamaradas de un recipiente ahuecado irán corroyendo sus delicados y
pusilánimes cuerpos.
Tommy deja volar su imaginación y rememora aquellos años en los que Nueva Maryland era un paraíso bucólico, lleno de concordia, totalmente adaptado a las leyes de la naturaleza, en las que todas las especies congregaban para celebrar su presencia como miembros representantes del poblado. Se sucedían muchas aventuras, anécdotas casi traviesas, picarescas en las que el niño parecía ser el príncipe de una selva de animales agradecidos y conmocionados por el respeto proyectado por alguien de corta edad. ¡Qué lástima de imágenes, de ilustraciones con colores y formas desvanecidas en la nada más gimiente! ¡Cuánta desolación y dramatismo incluidos en un presente ilimitado, que persevera con dureza unas circunstancias desencajadas en relación con la realidad de los viejos tiempos!...
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